Bikram: Yogi, Guru, Predator 
EE.UU., 2019, 86′
Dirigida por Eva Orner

El juego de las máscaras

Por Ludmila Ferreri

Hay dos películas conviviendo en el interior de Bikram: Yogi, Guru, Predator. Una de ellas es banal, vaga, sensacionalista, como si se tratara de un informe de Martin Cicioli, como si fuera una de esas notas especiales en las que los noticieros investigan un tema pero no hacen más que intercalar entrevistas varias con material de archivo y algún que otro reenactment. Eso es lo menos interesante que puede ofrecer. Y acaso lo mejor que tienen las películas de entrevistas es cuando pueden revelar un costado inquietante del entrevistado, que deja entrever una cara detrás de la máscara (pensemos en Jim & Andy: The Great Beyond, película que reseñamos en su momento en este link) o pensando en series en casos como Evil Genius (reseñada aquí) o Wild Wild Country (reseñada aquí). Ni hablar de películas como Shoah (Claude Lanzmann, 1985). Pero no es el caso de el film que nos toca hoy.

Por el contrario, hay una segunda película, acaso involuntaria, que emerge de los mismos materiales de archivo y que verdaderamente es reveladora del artificio de la máscara. Esa segunda película no es la de la denuncia más o menos obvia, más o menos previsible, de un depredador sexual, un psicópata y un mitómano a todas luces. De hecho los testimonios al respecto complementan muy poco a lo que el mismo archivo narra con medios más sofisticados, precisamente porque la humanidad tiene esas cosas: siempre permite entrever algo más detrás de los gestos, de las acciones, de las formas públicas. Algo de esa sutil revelación que funciona por medio de revelaciones intermitentes me recordaba a un gran texto de Erving Goffman. En su libro La presentación de la persona en la vida cotidiana el sociólogo canadiense deplegaba toda una serie de formas de lo teatral para analizar la construcción de la mascarada que supone la presentación del personaje que hacemos y actuamos ante los demás. Bueno, lo interesante de esta otra película que muestra Bikram: Yogi, Guru, Predator es que todo lo que es escenario (stage) resume mucho mejor todo lo que se esconde detrás de las cortinas (backstage) antes que las entrevistas -cuya única función en la película es la revelación de lo escondido- lo hagan.

Ejercicio de disociación casi esquizofrénica, la película nos obliga a tolerar la previsible vulgaridad del film de denuncia (fíjense por contraste como una película perturbadora como Leaving Neverland, el film sobre las denuncias de abusos por parte de Michael Jackson sobre menores de edad, película sobre la que hablamos en este link, logra que la denuncia no se convierta en una superficie limpia y depurada sino en un pantano complejo y doloroso de abordar, repleto de aristas y lleno de matices) solo para poder acceder a las imágenes de archivo, que son portadoras de la potencia de lo real, que no es otra cosa que un gran juego de máscaras, donde no solo el protagonista -un gran manipulador- simula cosas sino que sus víctimas también presentan matices, costados inquietantes (que van de la entrega irrestricta a los designios de un sádico a el gusto por el maltrato o incluso a la tentación masoquista: valga una nota al pie…indaguen las leyendas urbanas sobre ciertos profesores de actuación en Argentina, portadores de grandes apellidos, y sus métodos de preparación de actores, métodos que incluyen la humillación, el toqueteo, el desnudismo, la manipulación emocional…no es algo tan extraño como pensamos).

Bueno, en el orden de la disociación lo más interesante emerge en el inicio, cuando las máscaras se mantienen pero a su vez expanden todo aquello que va a ser potencialmente puesto en duda: los orígenes míticos, el componente de leyenda de la formación como yogui, el salto a la fama tras la emigración a EE.UU. Todas y cada una de esas historias reconocen antes a un superhéroe (como si se tratara de una origin story) antes que a una persona. Es el mismo exceso el que habla sobre la mentira de quien lo narra -es un gran acierto que sea una narración en primera persona la que arma ese gran relato imposible-, por lo tanto el exceso hace backstage al relato en stage. Ahí hay algo que me recordaba a la gran Autobiografía de Nicolae Ceausescu (Andrej Ujica, 2010), que lograba, mediante el uso de los recursos del discurso público, el acceso a la vida privada. Y es que el discurso público habla por medio de sus intersticios, de sus excesos. No habla por medio de la transparencia. Por eso ese aspecto es el que da lustre a una película que, a partir de un determinado punto focaliza su eje excesivamente en las denuncias. Y convierte a todo ese display psicopático del gurú en cuestión en una tonta, torpe y elemental denuncia contra un sujeto que, desde el minuto cero, se condenaba a si mismo. Cuando esta película emerge y se impone Bikram: Yogi, Guru, Predator dejó de importarnos, porque sus imágenes dejan de pertenecer al terreno del cine y comienzan a ser parte del terreno del amarillismo más rampante.

El suplemento oscuro que emerge de lo real, como alguna vez sugirió Bazin, sigue siendo más espeso y cautivante por su artificio que la pretensión de las excavadoras, que todo lo destruyen.


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