Burning (Buh-ning) 
Corea del Sur, 2018, 148′
Dirigida por Lee Chang-Dong
Con Yoo Ah In,  Steven Yeun,  Jun Jong-seo,  Gang Dong-won,  Seung Geun Moon

Paraíso

Por Marcos Rodriguez

En un relato corto de Balzac encuentro una escena en la que dos pintores discuten sobre pintura y hablan extasiados de los cuadros de Tiziano. Varios siglos y varias revoluciones estéticas nos separan de Tiziano y dudo que alguien hoy en día sostenga una conversación similar sobre su pintura. Sin embargo, recuerdo haber leído varias escenas en relatos del siglo XIX en los que se habla de Tiziano en términos parecidos: ni siquiera para hablar de tal o cual cuadro, sino simplemente para expresar una profunda admiración por su habilidad para representar la luz y, sobre todo, los efectos de la luz sobre las superficies de las cosas. No es cuestión de admirar tal o cual composición, de juzgarlas mejor o peor ejecutadas, sino de rendirse ante la evidencia de una habilidad adquirida (aunque sospechada de cierta genialidad sobrenatural) para manejar los medios técnicos de un arte específico: lograr que un poco de aceite, tintura y tela reproduzcan la luz.

Hay ciertos directores de cine que han alcanzado, sostengo, un estatuto similar. Me pasa sobre todo con determinados directores asiáticos: no sé de qué se va a tratar la nueva película de Hou Hsiao Hsien, Tsai Ming-liang, Jia Zhang-ke, Apichatpong Weerasethakul o Lee Chang-dong, pero voy a ver sus películas con la convicción de que, más allá de los aciertos o fallas que puedan aparecer circunstancialmente, voy a encontrar por lo menos una secuencia que me va a hacer explotar la cabeza. La maestría de estos directores es particularmente evidente en la medida en que trabajan con elementos relativamente simples: un ritmo, un solo plano, una cadencia. Hay directores brillantes que sorprenden: la genialidad de un Welles, un Bava o un Tarantino tiene siempre un elemento de innovación. Hay directores que parecen querer alejarse de la destreza (por lo menos, de la clase llamativa de destreza) y construyen una obra maestra atrás de la otra: de Bresson a Bequer, sin salir de Francia ni de la B, y tantos más. Estos directores, no: trabajan los medios específicos del cine y les exprimen la quintaesencia. Paul Thomas Anderson es otro director que entró en esta categoría en sus últimas películas.

Todo esto para hablar de Burning la (hasta ahora) última película de Lee Chang-dong, que estuvo dando vueltas por festivales el año pasado y que ahora ya se puede ver por medios digitales legales, aunque siempre haya puristas que digan que una película así solo se puede disfrutar verdaderamente si se la ve proyectada en fílmico granuloso, sentados en una butaca incómoda y rodeados de gente con ataques de tos. Cada quien la verá (si quiere) como puede, pero por una vez puede ser que los puristas tengan algo de razón: en una película así, en la que el medio plástico es todo, probablemente las condiciones mejores sean las ideales para disfrutar de las cualidades inasibles que a lo mejor se nos escapan si la vemos mal. Dicho esto, yo la vi en el televisor de mi casa (que está empezando a desarrollar una mancha verde en el sector superior derecho de la pantalla) y me gustó.

Lo difícil de escribir sobre una película de Lee Chang-dong es encontrar algún lugar desde donde poder decir algo medianamente relevante. Es fácil para un crítico (para cualquier cinéfilo, en realidad) apoltronarse en su conocimiento y sentarse a evaluar qué lugar ocupa la nueva película del director coreano dentro de su filmografía, por ejemplo. Que tal película fue mejor o peor, que esta está más lograda, que repite estos temas o aquellos, como si la carrera de un director fuera una competencia para intentar producir cada vez una película más genial que la anterior. Como si la maestría absoluta de películas como Poetry Oasis fuera algo que uno pudiera exigir como una constante. Cine que está más allá de todo cine. Nunca es razonable pretender que el milagro sea un estándar.

Por otro lado, es evidente que Burning no es la mejor película de Lee Chang-dong. No tiene el impacto, incluye secuencias que no tienen el ritmo, por momentos parece anegarse en una cierta sociología de tesis. Y, sin embargo, contiene por lo menos dos (posiblemente más) secuencias mágicas: un atardecer en tetas, las llamas del final, probablemente algunos planos de Seúl y de un par de masturbaciones. ¿Podemos con sinceridad emitir juicio como jurados del arte sobre las diferencias y compensaciones entre virtudes y defectos? ¿No hemos de reconocer que los defectos de Burning son precisamente aquellos que reducen la película a un mecanismo mal calculado (a eso que podría haber hecho más o menos cualquier artesano con experiencia), mientras que sus hallazgos son de otro orden?

¿Quiero decir con esto que hay directores sobre los que no cabe hablar mal? ¿Que para algunos no existen los defectos? Para nada. Burning no es la mejor película de Lee Chang-dong. Pero también es bueno recordar que hay algunos directores que juegan a otra cosa.

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