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Tiempo de lectura: 3 minutosCharlie Says

Ariel Esteban Ramos

Charlie Says 
EE.UU., 2018, 110′
Dirigida por Mary Harron
Con Hannah Murray, Sosie Bacon, Marianne Rendón, Suki Waterhouse,  Matt Smith, Carla Gugino, Merritt Wever, Kayli Carter, Odessa Young, Chace Crawford, Annabeth Gish, Bridger Zadina, Grace Van Dien, India Ennenga, Tracy Perez

El abismo

Por Ariel Esteban Ramos

Las figuras del lenguaje, las logradas al menos, suelen tener un significado denso. Hacen desbordar el caudal metafórico principal hacia recodos menos evidentes. Con la noción popular de “lavado de cerebro” en el filme Charlie says, parece ocurrir algo así: nos quedamos con la idea de que los cerebros que pueden lavarse son los que tienen heridas supurantes, cierta grela. Esta película de Mary Harron está centrada en tres de las así llamadas “Manson girls” que convivieron en el homónimo y tristemente famoso clan del Rancho Spahn, y cometieron algunos asesinatos por orden de su líder. Gran desafío, investigar la faceta menos sangrienta de un caso tan icónico. O al menos desde una perspectiva distinta, ahora que tras el estreno de la última película de Tarantino el tema vuelve a ponerse de moda, aunque sea tangencialmente.

La acción transcurre entre las clases en tiempo presente dentro de la prisión que les diera la entonces joven escritora canadiense Karlene Faith, convincentemente interpretada por Merritt Wever, y una reconstrucción cronológica centrada en el personaje de Leslie Van Houten (excelente Hannah Murray, conocida reciente de Game Of Thrones). Faith trabajó con las tres reclusas con la idea de que lograran (finalmente lo hicieron) salir de su alienación en el discurso delirante de Manson y tomar conciencia, para finalmente aceptar responsabilidad por lo que habían hecho. Hasta entonces, habían seguido funcionando como loritos, citando una Biblia psicodélica. La escena en que Faith las conoce es maravillosa: son tres asesinas, pero reciben a su maestra cantando a tres voces una melodía dulce, con la inocencia de un coro de colegio de monjas.

El inglés Matt Smith -a quien hay que reconocerle un gran trabajo para lograr un acento norteamericano sin fisuras- logra una caracterización física sorprendente de Manson. Su límite es la mirada: cualquiera que haya visto algún video del Charlie real percibirá claramente un aura a la vez atractiva, oscura e inconfundible. Ese aspecto cuasi mágico no logra (¿ni puede?) aflorar en Smith, quizá un poco debido al guión y otro poco a la dirección. Pero en el fondo, esta debilidad resulta conveniente: vuelve verosímiles a otros tantos personajes que ven a Manson como un delirante, sin lograr entender qué podrá mantener atada a tanta gente a su tribu.

La manipulación de Manson, por tanto, se nos presenta como el gran enigma de la película, pero en lugar de reconstruirlo, el guión parece listar apenas un par de puntos claros, aunque narrativamente poco interesantes. El primero, los “daddy issues”. Los parlamentos de Manson hacen palanca permanentemente, aunque con un freudismo hippie de estudiante de psicología entusiasmado en el CBC, sobre el punto de apoyo de los temitas no resueltos con papá y sus traumas asociados. Como contraste, Harron pone en escena a una nueva candidata que responde a la verba enredosa de Manson con un simple “mi papá me enseñó no dejarme agredir por tipos como vos”, para dar media vuelta e irse. Un cerebro menos herido se presta menos al lavado.

Segundo: ¿cómo amasa Manson estos cerebros frágiles? Los muchachos de la comunidad, tan baqueteados como las chicas, traen nuevas reclutas todo el tiempo, que el jefe acepta en el redil al precio de la total sumisión de sus voluntades. Lo logra con la ayuda de ácido, agresiva y silvestre terapia-basura, así como largos sermones improvisados desbordantes de delirio conspirativo racial de tono religioso, reforzados por la creencia y el acatamiento colectivos. Charlie says: the Good Book says. La manipulación sexual de todo el harén Manson no es distinta de la que tantas veces ha aparecido en los medios sobre sectas religiosas del interior norteamericano. 

Desgraciadamente, la película falla en entregar lo que promete: una historia que nos permita identificarnos con los abismos personales que conducen a la renuncia de la individualidad. Si el efecto de vuelta a la realidad se logra en alguna medida, es apenas por la muy lenta progresión del rostro de Leslie en sus clases en prisión. Faith las enfrenta a un reportaje grabado a Sharon Tate, para conozcan algo de ella, para que puedan conectarse con la idea de que han asesinado a una persona concreta. Pero la reacción es confusa, de rechazo tibio… en fin, mal resuelta. Por eso, cuando la caída de la nube finalmente ocurre, la resolución termina siendo tan poco creíble como escasamente climática. Un par de lágrimas; Leslie dice lo que todos esperamos, la película termina.

El resultado habría sido aceptable en una producción berreta (las escenas de los robos y asesinatos se ven muy pobres, de hecho), pero esperábamos más de estas figuras, que, al menos a primera vista, han rendido mucho más ante la lente de otros directores. La pobre Mary Harron, que supo lidiar con un psicópata excepcional y ficcional como el de Bret Easton Ellis en Psicópata americano parece terminar fascinada con los psicópatas reales, de modo tan feroz que se abisma en el abismo que el psicópata arma enjundiosamente.

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