Clímax 
Francia, 2018, 95′
Dirigida por Gaspar Noé
Con Sofia Boutella,  Romain Guillermic,  Souheila Yacoub,  Kiddy Smile, Claude Gajan Maull,  Giselle Palmer,  Taylor Kastle,  Thea Carla Schott, Sharleen Temple,  Lea Vlamos,  Alaia Alsafir,  Kendall Mugler,  Lakdhar Dridi, Adrien Sissoko,  Mamadou Bathily

En el cielo, con diamantes

Por Ariel Esteban Ramos


Fama filmada por el Marqués de Sade con una steady cam”. Como todo hype, la línea de crítica que han elegido destacar en grandes caracteres para la promoción de Clímax es excesiva y desorientada. Estimo que sí, que al filósofo y Marqués le habrían encantado las mil variantes del POV de este experimento sociológico con visos de ritual, pero supongo que habrían aparecido múltiples diferencias de método. 

Una troupe de bailarines de fusión contemporánea se prepara intensamente para una gira por los EUA. Al terminar el ensayo, se relajan con una inocente picadita y un rico ponche frutal, como haría cualquier grupo artístico digno del nombre para bajar el mix de endorfinas y ácido láctico. Ninguno parece estar al tanto de que se trata de un clericó loco, de un rojo rubí, que los llevará al cielo con diamantes de la mano de Lucy. El filme podría llamarse también “el mal viaje”, en donde todo sucede tonta, tontamente. La pregunta entonces: ¿Cuál es el sentido, o los sentidos, de crear esta montaña rusa onírica, descontrolada?

La propuesta arranca con un televisor vintage en donde se suceden entrevistas a los bailarines. A ambos lados se apilan libros y películas que cualquiera podrá reconocer como un letrero luminoso que anuncia que en cualquier momento todo se irá de mambo: Freud, Nietzsche, Surrealismo, Cioran, Bakunin, Laberinto, Posesión, Locura, Placer, Suicidio. Bueno, en el mejor de los casos, todos se harán Emos. Pero no, el primer plano desolador, formalmente bellísimo, nos anticipa una hora de gestionar angustia, sin escapes a alguna catarsis posible. Llama la atención la ausencia de Sartre, una referencia francesa extemporánea y fuera de tono, pero ineludible para este formato. 

La perfección de esos cuerpos danzantes, con todas sus importantes diferencias, es hiriente. Se mueven con un ajuste tan milimétrico, se imponen visualmente con una fuerza tan arrolladora en la primera parte de la película que extreman un contraste horrendo con todo lo que sigue: la pérdida total del control y de sí mismos inducida por la ingesta del ácido. La excusa es tan trivial que casi molesta: alguien (supuestamente, nadie sabe quién) droga a todo el mundo y tienen el peor viaje de sus vidas. Más lineal que la trayectoria de John Wick matando rusos. La pregunta no se ha respondido, ¿para qué cuernos me hacen ver esto?

La danza por sí sola es un experimento sociológico tanto o quizá más poderoso que la práctica de la música. No importa el color, el origen, la cultura, el sexo o la elección sexual. Se trata de cuerpos, gestos, movimientos, sonido, forma. De reconocernos como iguales haciendo algo juntos. No por nada el arte se ha utilizado desde el último tramo del siglo XX cada vez más como un vehículo de promoción e integración. La gran bandera francesa que corona la mesa del DJ parece ser una declaración de principios. El arte nos provee, entre otras cosas, de una imagen utópica que integra diferencias sociales sobre la base de la competencia. Un lugar donde la izquierda podría (siempre condicional) darle armónicamente la mano a la derecha. 

Esta unidad multicultural, pansexual, multigenérica, plurirracial que se sostiene amigablemente, muy lejos de cualquier correctísimo standard Benetton, es sometida a los efectos del LSD. Y cuando lo hace, explota gradualmente por cada una de sus líneas de fuerza: subvertida con explosiones de violencia, implosiona en cada nodo de debilidad personal, patológica o adictiva. Y como en cualquier buen relato, nunca faltan esos accidentes que son los banderines a cuadros del destino. En la alienación farmacológica total, cualquier acción no supervisada tiene el mismo riesgo potencial que manejar un Scania sobre una cuerda floja. Destino de abismo, ¿pero cuán profundo es? ¿cómo describirlo (el Dante lo cantó), y sobre todo: ¿qué dice ese descensus ad inferos sobre nuestra identidad? ¿Somos estos animales que emergen detrás de la careta, somos la fina careta atada con un débil piolín o somos todo este combo freudiano que ensaya una discusión de sordos dentro de un solo cuerpo? La respuesta es menos interesante que la pregunta y el procedimiento de Ars combinatoria y variación. Noé hace de este doble procedimiento, analítico y fenomenológico, un tour de force cinematográfico en una larga toma que es un examen de resistencia para cualquier espectador, comprometido o no.

Por otra parte, Clímax podría leerse (¿contra Noé?) como una llamada de atención contracrítica, casi conservadora, sobre la temática de la liberación de la conciencia, ese lugar común de la cultura que funciona como un rito de pasaje tardío que autoriza una adolescencia extendida. El experimento es extremo, pero da cuenta de la cercanía en que convivimos con el lado destructor del caos, con su faz de sinsentido. En ese aspecto, Clímax es la exploración de una posible estética de la destrucción de la que, paradójicamente, podría servirse una lectura moralizante. 

El trabajo formal con la locación resulta fantástico, desde el color rojo (equiparable al del ponche) del piso en el que nadan los bailarines hasta los verdes y neones rabiosos que exageran los contrastes de una conciencia fragmentada e hipersensible. Los cambios se suceden en varios recorridos personales, trencitos de Moebius extraviados que se van pasando la posta entre el goce extático y la pesadilla torturante. Así expresan la idea no sólo de que el infierno puede tener más de una tonalidad, sino también de que por una leve modulación cromática puede camuflarse momentáneamente en los irisados del cielo.

Clímax es un lento ocaso (que corre en el tiempo inverso, hacia el amanecer) sin redención posible. Un intento de plasmar un tipo de belleza, o mejor, de forma audiovisual, a través de la destrucción de la belleza. Si parece condenada al fracaso, su objetivo paradójico y su operación contraintuitiva, tal vez sólo sea porque la lente no permite que la conciencia se evada de un espectáculo tan paroxístico y doloroso. ¿O estamos quizá ante una forma peculiar, casi perversa de realismo? Al fin y al cabo, en la existencia fuera del celuloide también abundan la tragedia y el sinsentido. Se supone que la catarsis que propone una obra de arte digna del nombre debería purgarlos… homeopáticamente. Nos queda la duda de si no podría el Dr. Noé indicar estos tratamientos con un ponche apenas más diluido. Por las dudas, tengan a mano un blíster de ibuprofeno.

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