Midsommar 
EE.UU., 2019, 145′
Dirigida por Ari Aster
Con Florence Pugh,  Jack Reynor,  Will Poulter,  William Jackson Harper,  Ellora Torchia, Archie Madekwe,  Vilhelm Blomgren,  Julia Ragnarsson,  Anna Åström,  Anki Larsson, Lars Väringer,  Katarina Weidhagen van Hal,  Isabelle Grill

Un gesto

Por Federico Karstulovich y Diego Maté

FK: Terror boutique, terror arty, ArTerror. Llamémoslo como nos parezca. Pero la realidad es que esta gente está desarticulando todo lo que el género -en todas sus variables- supo construir durante décadas. Pero más que nada lo que se está llevando esta clase de terror es la idea del salvajismo, de la materialidad incómoda que el mejor terror (y el horror, que son cosas distintas) supo exhibir a lo largo de su historia. En este sentido tengo la sensación que Midsommar es una de esas películas que nacen relativamente blindadas. Ojo, no digo que no tenga malas críticas, sino que es de esas películas que vienen con un manual de recepción instalado. A tal punto sucede esto que las distintas reacciones que fue suscitando en los críticos son absolutamente previsibles (tanto en lo positivo como en lo negativo). Se me hace tan calculada y programática que no puede ser otra cosa que esos materiales que piden desprecio/amor incondicional sin matices. Pero creo que la mejor estrategia es la que en algún momento sugeriste: no engancharse con la histeria y bajar la intensidad emocional. Creo que es un buen punto de partida: volverla a su rol de película y no de evento.

DM: Es que es una película frontal, en cierta medida, que propone un contrato de partida a su espectador y lo hace de manera abierta: en ese sentido, no es deshonesta, todo está anunciado al comienzo de infinitas formas No hay embuste, quiero decir. Por ejemplo, al principio, cuando la banda sonora realiza cambios muy bruscos, o cuando se ve a la protagonista quebrarse en un primerísimo primer plano y regular las emociones que la desbordan (ella habla con el novio y trata de disimular su angustia). En todos esos momentos, pero también en la composición, en la duración de los planos, en la construcción del espacio, lo que hay permanentemente es una asepsia que no pertenece al terror y una autoconciencia declarada que nos expulsa de la historia. No se trata de un error o de un problema insospechado: como vos decís, la película es un objeto muy calculado. No es un traspié, entonces, sino una forma de comunicarle al espectador que tiene que fijarse en esas cosas, en los saltos sonoros o en las capacidades dramáticas de la actriz, que la historia es algo de segundo orden en lo que no debe sumergirse, que el placer está otro lado: en el desvío respecto de las convenciones del cine de terror, en los esfuerzos denodados que la película realiza para ser algo diferente al cine de género, que no se la confunda con eso, que cualquiera pueda reconocer la diferencia. Lo que me molesta de Midsommar, en suma, es esa gestualidad de la distinción, del “yo soy otra cosa, fijate bien”, y me molesta, o me aburre, mejor, que la película en buena medida se reduzca a ese gesto diferenciador, cool, que quiere seducir a su público con ese placer degradado, un poco banal, de notar los jueguitos formales y de asumir una pose de autoconciencia respecto de lo que está viendo.

FK: Bueno, creo que ahí está la clave: ya no solo la diferenciación explícita, sino la autoconciencia de “sentirse mejor que”. Y creo que ahí es donde pegás en donde a esta clase de producciones más les duele: en la asepsia formal y en la ruptura de convencionalismos como si eso fuera per sé una marca cualitativa. Las decisiones de montaje (discontinuidades elocuentes), el contrapunto sonoro (el juego con las interrupciones), el virtuosismo formal de los movimientos y la puesta de cámara (el uso del reencuadre mediante espejos, las anulaciones extravagantes), el recurso del paneo paranoico (algo que ya sucedía en It Follows), el display de lentes para jugar con la profundidad de campo (y así con otras operaciones) no parece ser el resultado de la apropiación de los recursos (querés virtuosismo y recursos apropiados en función de la narrativa? Buenos Muchachos), sino que resulta su inversión: es la puesta en función de los recursos para sostener un gesto. Quizás esta clase de terror no sea otra cosa que eso, un gesto. Algo infantil, algo banal, algo caro, pero un gesto al fin. Y como gesto termina haciendo de un género sucio, escabroso, con rispideces, una superficie incolora, inodora e insípida. Yo creo que esa autoconciencia que mencionás es la clave de el gesto: no es un comentario sobre la historia del mismo, sino sobre sus formas. Por eso parece elíptico y elegante.

DM: No, claro, no es que la película tome en clave meta su historia, el diálogo sucede en otra escala y se da con el género de terror. Vos estás mucho más familiarizado con todo esto (por algo inventaste -¿acuñaste?, me encanta la posibilidad de acuñar cosas- la clasificación de ArTerror), pero yo la primera vez que lo vi creo que fue en las películas de Lanthimos y por ahí en alguna producción medio indie de terror proveniente de países inverosímies (Dinamarca) que se pueden ver en el Bafici. En esas películas la historia no existe, no importa, no porque se tome distancia respecto de los personajes como suelen hacerlo los directores con voluntad de entomólogo (Haneke), sino porque el corazón de la propuesta está en otro lugar, en la relación que las películas sostienen con el género y con sus excesos, con sus asperezas, con sus desprolijidades. Pienso que tal vez algo de todo esto está empezando a pasar en otro pseudo género (no lo es, para mí) como la película de superhéroes, donde de a poco se van a multiplicar películas como la última Batman de Nolan o Joker, que tratan de ser otra cosa, objetos “maduros”, de semblante serio, que no celebran el colorinche y los poderes y las aventuras del universo de superhéroes. No rompen el género, no lo destruyen, básicamente porque no lo odian (como Iñárritu en Birdman), pero no quieren hacer lo mismo, quieren distinguirse, que no las confundan, que el pública entienda perfectamente ese movimiento diferenciador. Es lo mismo que noto en Midsommar y en Lanthimos: el terror no es algo a abolir (no hay, creo, una Birdman del terror) pero tampoco algo para seguir repitiendo. Tal vez sea por el aburrimiento absoluto en el que me sumió la película, pero mientras la veía pensaba todo el tiempo en cómo sería el público ideal que imagina Aster, y en si existe por fuera de su cine: ¿será gente que nunca conectó con el terror pero que podría sentirse atraída por estas películas edulcoradas, light, bajas en azúcares y grasas, donde hasta el desmembramiento y la deformidad son cool, highbrow, algo diseñado? ¿Disfrutarán de ese gesto de distinción respecto del género que la película realiza pero que también invita a su espectador a compartir? ¿Habrá gente, como pasa con el cine de superhéroes, que diga abiertamente que el cine de terror es algo superado, viejo, para adolescentes, y que ellos están para otra cosa, algo con una mejor factura, más adulto, sin truculencias inncesarias? Entiendo que la pregunta es más sociológica que cinematográfica y no me gusta, prefiero que la crítica se fije en el cine y deje lo otro a las ciencias sociales. Pero bueno, salió así.

FK: Vos sabés que en realción a esto que planteás yo pensaba un segundo movimiento. Se me ocurrió que si esta película hubiera sido filmada por alguien que tuviese una relación más salvaje con el género la habría llamado “The White inferno”. O “Inferno by daylight” o algún título shockeante o amarillista. Y en el fondo se me ocurrió pensar que al final de cuentas, Midsommar funcionaba con la misma estructura que ciertos Mondos y Shockumentaries italianos de los 70s y 80s. A decir: un grupo de personas con un interés antropológico decide visitar un lugar que no conoce, con reglas que le son ajenas, adaptándose a ellas pero también violando esas normas y teniendo como resultado el sacrificio por osar dar el salto hacia otras culturas con prácticas aberrantes. Esto, que primero se daba con el formato de los mencionados Shockumentaries, terminó derivando en salvajadas como Adios Tío Tom (Gualtiero Jacopetti, Francesco Prosperi, 1971), Holocausto Canibal (Ruggero Deodato, 1980) y Canibal ferox (Umberto Lenzi, 1981), quizás tres exponentes insoportables de ese subgénero del horror que es el Mondo, que simulaba situaciones documentales pero no eran más que ficciones para estómagos curtidos. Y cuando veía la película de Aster pensaba eso: es Mondo for dummies. Es Mondo tolerable y filtrado para ser consumido en festivales. Y encima es Mondo progre: no es una visita a un país africano, mediooriental u oriental, sino en pleno occidente, en Suecia, en territorio blanco y socialdemócrata. Ahí también hay un gesto culposo. Eso no es un dato menor. Por otra parte yo creo que si hay un desprecio al terror. Es cierto que no se produce la operación de Birdman, pero creo que es un modo elegante de desprecio el de estas películas. Y no, no digo con esto que el terror tenga que ser de un solo modo. Pero lo que si observo es una tendencia que como bien decís se va dispersando hacia otros géneros, como si hubiera un movimiento que empezara a pensar que puede haber “películas de género para adultos” y “películas de género pueriles”. Y lo loco es que justamente en esa disyuntiva es en donde aparece la puerilidad. Nada más pueril que edulcorar el salvajismo, haciéndolo tolerable, “serio”, “comprometido”.

DM: Diría algo sobre los rasgos de los personajes que viajan a ese lugar. Son todos de clase media culpógena, estudiantes bien insertados en los circuitos académicos, todos PhD o en camino a serlo. Y llevan un negrito, como para no parecer racistas. Todo eso creo que refuerza lo que comentás de estos Mondos wannabe.

FK: Creo, sin ánimo de hacer futurismo ni sociología del espectador, como bien decís, que si empiezan a pegar estas vertientes laterales, de a poco vamos a observar una tendencia a reescribir el mismo pasado de los géneros, incluso para volverlos más progres, más adecuados, más multiculturales, más inclusivos. En definitiva una jaula de cristal para adultos que no quieren incomodarse

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