Domino
Dinamarca, 2019, 148′
Dirigida por Brian De Palma
Con Nikolaj Coster-Waldau, Carice van Houten, Guy Pearce, Younes Bachir, Mohammed Azaay, Eriq Ebouaney, Thomas W. Gabrielsson, Truus de Boer, Inge Lise Goltermann, Don Alphonso, Nicolas Bro

Engaños

Por Amilcar Boetto

Hay algo de 15:17 Tren a París, una de las últimas películas de Clint Eastwood, que me hace acordar ligeramente a la última película de Brian De Palma, Domino. La incomprendida película de Eastwood se despojaba de artilugios narrativos, formales y visuales que acompañaron a Clint durante la mayor parte de la etapa prestigiosa de su carrera para seguir a tres personajes de modo semi-documental a través de unas vacaciones que inesperadamente los convertirá en héroes. Ese despojo, aunque no lo parezca a primera vista, es similar al que De Palma hace en su última película: se trata de abandonar el espectáculo, el paroxismo de la violencia estilizada, la hipérbole, para darle una crudeza distinta al asesinato, una agonía que se prolonga en el drama interno de los personajes antes que en el trauma perceptivo, como en el Doble de Cuerpo o en Vestida Para Matar.

Sin embargo, a la hora de abordar este acto de despojar a su propio cine de artificios, las intenciones de los directores son bien distintas. En su anteúltima película Eastwood se propuso repensar el ideal de héroe que construyo el cine americano (ideal en cuya construcción Eastwood aportó significativamente…para luego contribuir en su deconstrucción), pero el hecho construirlo en una dirección hiperrealista (en un verismo semi-documental casi de cinema-verité) y de narrar casi al estilo de un found-footage la infancia de los protagonistas logra algo nuevo. Por un lado construye una idea de coming-on-age, de seguimiento por fuera del drama (toda la previa al ataque) y a su vez una narrativa desde dentro del mismo (las connotaciones del ataque en si). Por eso cuando un evento terrorista los encuentre, los caminos confluyen: la historia de formación de una identidad y el momento en que esta identidad se justifica o no.
Pero De Palma, no es Eastwood. No se desapega del espectáculo para generar ese excedente de realidad, sino que intenta crear un mundo en donde el engaño y el exceso (que son su marca personal de estilo) estén presentes pero que a su vez estén desdramatizados, como en un tono más bajo. Por eso Domino, por comparación con otras películas del director, resulta una película más económica, con recursos más limitados que los habituales en él (la escena de suspenso en el ascensor ya no se rueda en ralentí, con zooms y con varios puntos de vista del mismo plano, sino que se rueda casi en un solo plano, manteniendo la fijación de las miradas entre los protagonistas). Así las cosas, el héroe sigue siendo el mismo: sigue existiendo su herida originaria, su pérdida que lo impulsa hacia lo heroico, sigue exponiendo su vida, pero también la vida de su amada, sigue siendo engañado por un sistema mayor a él del cual en última instancia, no puede escapar. En definitiva, De Palma cambio la cáscara pero no su identidad, quizás a diferencia de Eastwood que acompañó el cambio formal con el cambio conceptual. El primero es un autor a la vieja usanza, el segundo es un autor algo más pragmático. Es mala una o la otra? No, pero en todo caso supone consecuencias.

Hay algo clave para pensar qué posición política asume De Palma ante lo que está narrando, y es algo que alguna vez Angel Faretta señaló: en la contemporaneidad no solo el mal no se reconoce como mal, sino que ni el bien se reconoce como bien. El personaje principal de Domino no entiende lo que es el bien, se mueve por venganza, por eso su acto heroico se limita a esa acción vengativa. A su vez, el supuesto villano, asesina para preservar su vida y la de su familia del terrorismo, que ya asesinó a su padre. Todo esto, a su vez, manipulado por la intromisión de la CIA, quienes envían al villano a actuar de encubierto y descubrir a los terroristas mayores. Si ponemos atención a esto, pareciera que a De Palma ya no le interesara enfrentar al bien contra el mal, sino enfrentar a dos títeres que no pueden movilizarse contra un engranaje superior, que los manipula, sin entrometerse del todo (tanto la CIA, como el terrorismo mundial, si pudiera pensarse en esa abstracción). En este sistema de manipulaciones y titiriteros, lo único que conocemos es el engaño como sistema. Pero eso no es otra cosa que el mundo depalmiano 100%.

De Palma se adapta al mundo o el mundo se adapta a De Palma? En todo caso hay una apropiación. La sensación paranoica de ser sujetos de una estafa, el engaño como matriz del mundo, la percepción de lo real manipulada ante nuestros ojos y sin que nos demos cuenta es el modo en el que este autor con una obra de más de 50 años logra ser contemporáneo y anacrónico a la vez : El engaño como fórmula política (las elecciones Hillary Clinton- Donald Trump como paroxismo de esto), pero también el engaño como fórmula cinematográfica. En efecto, no hay nada nuevo bajo el sol a la hora de pensar al autor de Scarface. Si en Blow Out John Travolta debía hacer literalmente una película -un foto montaje mentiroso, con sonorización folley e imágenes de un periódico- para que le crean, en Domino hay una transmisión por FaceTime de una masacre. Lo que se cree real se vuelve un engaño cuando se convierte en audiovisual. Y es que esa transmisión tiene más de videojuego que de video terrorista. De nuevo hay una conexión entre violencia y falsedad cinematográfica, de nuevo la violencia es convertida en dispositivo de falsedad y reproducida sin escrúpulos, otra vez es el engaño y el impacto que el engaño genera lo que articula la narración, como lo que articula la política mundial.

Simular para salir del engaño. Blow Out, Doble de cuerpo, Femme fatale, pero también Misión: Imposible (película con la que Domino tiene no pocos puntos de contacto). Aunque en Domino hay un tema polémico y difícil con el que De Palma debe lidiar que es, justamente, empatar los vídeos de asesinatos del terrorismo con un videojuego. De Palma, posmodernista viejo si los hay, asume aquí ese viejo mito de “La Guerra del Golfo no ha Tenido Lugar” y propone una distancia entre el espectador y esas imágenes, algo que, contrariamente, no propone en la violencia entre los “engañados” (el héroe y el villano, en secuencias que describía anteriormente como la del ascensor). Podemos pensar que esta diferencia se da entre imágenes vía internet e imágenes que se colocan en la diégesis de la película en sí, una suerte de divisoria de aguas entre imágenes extradiegéticas e imágenes diegéticas. Quizás el tratamiento de la violencia y el engaño del director en Domino en definitiva vaya por ahí: diferencias entre la violencia mediatizada y la violencia realizada. La mediatización borra en definitiva la concepción de violencia, borra el impacto. Recrear para elaborar la vivencia. Quizás el engaño sea que la guerra del golfo sí tuvo lugar, al igual que el asesinato en Blow Out, las masacres terroristas en Domino (así como las reales), pero la mediatización habilitó un contrafáctico: esos eventos no sucedieron, la guerra del golfo no fue más que una sucesión de fuegos artificiales y las masacres no son más que videojuegos con muy buenos gráficos (el último caso del chico en Nueva Zelanda es, en ese sentido, escalofríante).

Hoy la recepción de una película de Brian De Palma es cruel o condescendiente, casi sin puntos medios entre la basura o la obra maestra. Si, Domino sigue siendo una película personal, en ella reconocemos una gran capacidad de pensar la propia obra en retrospectiva, pero a la vez esto sucede desde una narración que abandona el paroxismo de los temas anteriormente trabajados por el director (como es el caso de los films Femme Fatale Passion, es decir: esto no es un fenómeno nuevo, sino que lleva casi dos décadas en la obra del director como cambio). Así y todo, la noción de autor no puede ni debe salvarla de los problemas, ya que está repleta de fallas. En este sentido, hace poco leí una crítica a 15:17 Tren a París que señalaba que le seguía interesando Eastwood políticamente, pero no como filmaba. Si bien no coincido con que tal señalamiento se le haga precisamente al director nacido en San Francisco, hay algo de esto que puede llegar a ser cierto en cuanto a Domino y es que ciertas acentuaciones en el montaje (la escena de tortura a un niño árabe, por ejemplo) hacen que su discurso se vuelva más obvio y subrayado. A su vez, si De Palma intenta en general huir del espectáculo, cuando quiere volver falla y no se siente como una de sus acostumbradas hipérboles o sus retornos para pensar el artificio, sino como momentos atonales, faltos de ritmo y de espesor dramático, algo que no solíamos ver en su cine y que nos deja un mal sabor de boca. Quizás por eso sentimos que hay algo en todo el film que se percibe inacabado, mal trabajado, como si no se hubieran terminado de decidir por donde ir: si por el despojamiento y la economía que propuse en el primer párrafo (y que me urgió señalar debido a que de ambos tonos es el que parece predominar a priori) o por el espectáculo de suspense momentáneo (al final hay uno muy parecido al de El Hombre que Sabía Demasiado), aunque no estructural del film. Contradecirse también es una forma de crecer. El tema es que no sabemos si De Palma está tomando conciencia de sus contradicciones o escapando de ellas.

Comentarios