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EAMI

Por Marcos Rodríguez

Paraguay, 2022, 83′
Dirigida por Paz Encina
Con Anel Picanerai, Curia Chiquejno Etacoro, Ducubaide Chiquenoi, Basui Picanerai Etacore, Lucas Etacori, Guesa Picanerai, Lazaro Dosapei Cutamijo

El bello salvaje

Ni siquiera se trata de una cuestión de corrección política, de apropiación cultural o de que Eami cumpla con todos los puntos que un festival de cine europeo podría exigirle a una película paraguaya: hay algo en la operación que no me cierra. Suena muy lindo decir cosas como que Paz Encina “no trabaja con didactismos”, que “no hay explicaciones”, que la narración de esta película no sigue patrones culturales blanco/occidentales y que Eami busca retratar la cosmovisión de los ayoreo (ese es el nombre de la etnia retratada en esta película, según tuve que investigar después de verla), pero, por supuesto, se trata de una mentira. El didactismo está, solo que en grado de sutileza supina. En cuanto a la cosmovisión y la forma de narrar de los ayoreo, sí, hay voces que cuentan mitología y tengo entendido que Encina dedicó un largo trabajo a conocer sus relatos, pero esto es una película y, claramente, no existe tal cosa como un lenguaje cinematográfico ayoreo. Lo que existe es una directora y guionista de cine con un gran manejo del medio cinematográfico (lo sabíamos) que juega al juego de inventar un cine ayoreo, si quisiéramos llamarlo así. Pero ese cine ayoreo, como todo cine en realidad, es un engaño.

¿Está mal jugar a inventar un cine ayoreo? Para nada, y puede resultar ser una propuesta muy estimulante, pero nos lleva a plantearnos una serie de preguntas. Cada quien tendrá las suyas y las pondrá en el orden que prefiera, pero la primera que me surge es: ¿para qué? ¿Cuál es el objetivo de todo este artilugio? Está claro que hay una intención de denuncia, aunque el espectador tenga que reponer tres cuartas partes de la información después de salir de la “experiencia” de esta película para poder empezar a entender qué era exactamente lo que se estaba denunciando (y es a lo que se dedican, por lo que veo, la gran mayoría de las críticas de la película: a reponer información como si se tratara de una gran deducción individual por parte del refinado crítico que goza con el oscurantismo que propone la película a la vez que la tiene re clara). Por otro lado, hay una intención documental o, para ser más precisos, de registro: la cámara busca captar esos cuerpos, esas historias, esos espacios que están desapareciendo rápidamente. Es ahí donde está la apuesta formal más fuerte de Encina: el registro no se entiende. Estamos lejos de un especial de National Geographic: no por la escenografía ni la intención, sino exclusivamente por la forma: Encina juega a meterse dentro de la piel de los ayoreo, y el espectador se queda del otro lado. Ahora bien, uno podría cuestionar cuál es el sentido de un registro enturbiado: si la idea es preservar y gritar a los cuatro vientos, ¿no sería más razonable que lo hiciera de forma clara (no necesariamente didáctica) y, sobre todo, no sería deseable que esa forma buscara transmitir y conectar con su espectador? ¿Cuál es el espectador que imagina Eami? ¿Qué tan sofisticado hay que ser para poder compartir el dolor de los ayoreo?La apuesta de Eami es sensorial: los planos largos, el tono de las voces, la información con cuenta gotas, todo está construido para envolvernos, y cada espectador podrá evaluar con qué tanto éxito se llevó adelante el simulacro. No a cualquiera le puede interesar esta propuesta, pero es una de las realidades del cine. No cualquiera podría haber hecho una película como Eami y está más que claro que a Paz Encina no le falta destreza: sus encuadres son preciosos, el trabajo con el sonido es más que interesante, no hay nada que, desde la más absoluta modernidad del mundo cinematográfico, podamos reprocharle a la película. Pero creo que es precisamente ahí donde falla la película: nada que reprocharle, todo minuciosamente bien, Eami juega con el que probablemente sea el filo más peligroso para el cine de festivales: el del buen gusto. No hay nada que se pase de la línea, nadie podría ofenderse. Su narración es tan pero tan pero tan “poco obvia” que se pierde en los aires enrarecidos de la sutileza. Al mirar Eami, más allá de disfrutar de algún encuadre o momento puntual (sus primeros planos son particularmente potentes), la sensación que tenía era que la película parece más preocupada por “no ser didáctica y obvia” que por efectivamente transmitir algo concreto al espectador. Como si tuviera miedo a jugársela por el trazo grueso. Como si el dolor y la mugre y las tripas de sus indígenas sobrevivientes pudieran enchastrar sus encuadres tan bonitos. Como si la pena no poetizada pudiera espantar a sus espectadores de salón, que miran extasiados el juego de un cine que no existe.

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