Earwig-and-the-Witch-2021

Tiempo de lectura: 4 minutosEarwig and the witch

Por Ariel Esteban Ramos

Aya to Majo
Japón, 2020, 82′
Dirigida por Goro Miyazaki

Se pone el sol en el este

Heartbreak alert: la pantalla azul de Ghibli es el primer gesto de un ritual de ya larga data en el que mi hijo y yo esperamos magia. Con esa expectativa inmensa nos dispusimos a ver Earwig la bruja, del heredero Goro Miyazaki. Durante la hora y pico siguiente, sucedieron una serie de cosas confusas y tediosas en la pantalla, medias acciones que quizá se aclararían con la próxima escena, pero no. Un rato más tarde, aparecieron los créditos finales: podemos ir en paz. Mi colega de 11 años me suelta: “Papá, mataron a Totoro”. Repentinamente, odié la efectividad proverbial con la que se cumple el famoso aforismo: “la verdad sale de la boca de los pequeños críticos”. Muy golpeados, nos comimos un par de alfajores en un minuto de silencio.

Después de un mes de duelo, puedo preguntarme qué sentido tiene una crítica tan dolorosa. La respuesta me la había dado John Irving poco antes en un librito muy querible llamado A prayer for Owen Meany: en él, Irving pone en escena la llegada de la televisión a la vida de sus personajes en la década del 60. Parte de su educación, de su coming of age cultural, será ver la televisión con su abuela, no como mero entretenimiento, sino como un entrenamiento para leer la realidad: sería tan importante exponerse a lo bueno y elevado como a lo berreta y decadente, porque es la dialéctica del elogio y la crítica lo que nos vuelve culturalmente competentes. Entertraining, digamos.

Salvo por el inicio, una persecución en la ruta que devuelve debilísimos ecos de El castillo de Cagliostro y de Las trillizas de Belleville, Earwig es un calco cuadro por cuadro, con los diálogos intactos, del libro publicado póstumamente, en 2011, de Diana Wynne Jones, una prolífica e influyente autora de literatura juvenil que contaba en su haber con sagas muy exitosas y una colaboración previa con el universo Ghibli: El castillo vagabundo. El libro, ya disponible en español, funciona correctamente como una suerte de Matilda reciclada, aunque más breve y sencillita. La niña es hija de una bruja a quienes persiguen sus colegas por razones que ya no conoceremos (la autora falleció poco antes de la publicación de lo que se supone era una primera entrega), y crece en un orfanato con su carácter fuerte y pícaro. Confiesa, como sucederá a menudo en esta extrañísima película, que es una manipuladora. Una pareja de nigromantes la adopta sin saber que se trata de la hija abandonada de una vieja conocida. Después de muchas travesuras, los tiene comiendo de su mano.

Aquí las cosas simplemente suceden, de la misma manera que las piedras caen. Si bien hay brujas y demonios, de la película podría decirse cualquier cosa menos que tiene magia. Para entender este desastre, me hice la pregunta habitual: ¿será tan malo el libro? Y si no es así, ¿por qué el filme no funciona? Todo libro tiene una voz o hilo narrativo que depende de ciertas cualidades elementales que se mantienen más o menos constantes a lo largo de la obra, dándole unidad y haciéndola fluir: tono, léxico, ritmo, tipo de narrador, puntos de vista, manejo de la intriga, etc. En Earwig el libro, esta construcción discursiva fluye alternada y prolijamente entre las tres patas de la narración omnisciente, los diálogos, y las ilustraciones (las originales de Paul Zelinsky evocan la densidad de Robert Crumb o Moebius, pero ha habido una clara estrategia niponizante y en la última edición son de Miho Satake). En un filme, ese primer elemento narrativo omnisciente, ese hilo de voz, puede desaparecer si se decide simplemente plasmarlo en imágenes (show me, don’t tell me), o puede conservarse (con o sin cuerpo), como en varias adaptaciones de los libros de Roald Dahl a la pantalla donde una voz en off o algún personaje misterioso narran el cuentito

El error garrafal, si puede llamárselo así, ha sido pretender que puede prescindirse de ese hilo sin reemplazarlo por otro tipo de pegamento. Se está ante la sensación permanente de que por accidente se ha borrado la pista de audio del narrador, y esos muñecotes feos, morosos e inexpresivos parecen no saber muy bien qué hacer en la pantalla, moviéndose de manera casi ortogonal. Los dos recursos más comunes para realizar la pegatina, las hipérboles que rellenan los baches de un relato audiovisual de este tipo son, además de ciertos efectos elementales de montaje, la música y la voz en off. Esta última brilla por su ausencia, y de la música Rock que invade y molesta con cada intervención, sólo puedo decir que es de una mediocridad insoportable e incomprensible. Pero si hablamos de música, tenemos que considerar el rol del silencio en todos los productos de Ghibli, siempre un silencio desbordado de sentido por una poética visual extraordinaria, un silencio que es desgarrado con mucha oportunidad por la banda de sonido, siempre memorable, de una factura y un gusto impecables. En Earwig el silencio es mecánico, vacío y tan incómodo como en una cita que va mal. Parece casi una casualidad que entre tantos huecos nos vayamos enterando del pasado rockero de sus padres adoptivos y de la presencia de su verdadera madre en la banda, sin que se aclare un poco la historia dentro de la cual todos esos datos importan. 

Indudablemente los realizadores han tomado decisiones poco ortodoxas respecto de la textura de la animación: mientras que algunos lugares y objetos, pisos, piedras, frascos, revelan un trabajo notable, los rostros son lisos, planos y sus gestos fallan en el intento de transmitir alguna emoción. Sentimos que estamos de vuelta en Toy Story 1. En una entrevista, el príncipe Goro Miyazaki habría dicho que su padre pensaba que Earwig estaba al nivel de Pixar. Me entristece pensar qué tipo de medicación le está haciendo esto al viejo, y me aterra pensar que lo esté cuidando el equipo médico de Maradona. Con esta expresividad de niveles sub-nórdicos, sumada al perfil manipulatorio de la huerfanita protagonista, la identificación y la empatía simplemente no suceden. Para peor, los nigromantes tienen un comportamiento y gestualidad totalmente lineales y no pueden ofrecer un contrapunto que no suene mecánico. Es irónico que sólo el gato negro de la bruja aporte algo de humanidad a este puchero. 

Al final (supongo que si leyeron lo anterior entenderán que no hay nada que un spoiler pueda arruinar), la madre de la criatura se presenta en la casa. Cliffhanger para una producción que casi seguramente no tendrá una segunda parte (en este caso, estaría totalmente de acuerdo en llamarla secuela) por su improbable éxito y por la ausencia, hasta donde yo sé, de un libro que continúe esta saga. Por supuesto, siempre puede aparecer algún epígono de Max Brod que traicione el testamento y publique lo que encuentre en el escritorio de la autora, para alegría de los herederos. Yo espero que eso no suceda. 

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