El Camino: A Breaking Bad Movie 
EE.UU, 2019, 122′
Dirigida por Vince Gilligan
Con Aaron Paul,  Matt Jones,  Charles Baker,  Jesse Plemons,  Krysten Ritter, Scott Shepherd,  Tom Bower,  Scott MacArthur,  Tess Harper,  Robert Forster, Larry Hankin,  Kevin Rankin,  Johnny Ortiz,  Marla Gibbs,  Brendan Sexton III, Michael Bofshever,  Bryan Cranston

La sombra

Por Ariel Esteban Ramos

¿Quién podría negar en la era de las series que Breaking Bad fue una de las más grandes? A seis años de la conclusión de su quinta temporada, nadie guardaba demasiadas dudas (o interés) respecto de la trayectoria ulterior de sus personajes. Tampoco de las lecciones aprendidas, con cierto sentido de moraleja, muy bien sugerido por el capítulo final. Evidentemente, no era esta la opinión de su creador, Vince Gilligan, quien acaba de estrenar en Netflix El camino, largometraje que extiende la historia de Jesse Pinkman. Guiño del título, la referencia al vehículo utilitario Chevrolet Camino en el cual el protagonista inicia el viaje hacia algún tipo de redención. 

Acaso el film se explique y se justifique todo el tiempo en la posibilidad y la importancia de esa redención. Puntualmente: los flashbacks nos dicen que comenzar una nueva vida es un deseo de larga data en la historia de Jesse, una asignatura pendiente que se retomaría en este (supuestamente) último apéndice de la saga. Leemos una y otra vez en los subtítulos “empezar de cero”, lo que tal vez traicione el sentido original de la expresión start afresh. La diferencia de matiz no es menor, ya que el cero sugiere quizá la posibilidad de borrar la historia. Start afresh sugiere algo distinto: la posibilidad del cambio. ¿Es tan importante? ¿Es esta la información que El camino necesita agregar a lo que ya sabemos? Hablemos de cambios.

Cuando W.W. Norton publicó La naranja mecánica en los Estados Unidos, persuadió a Anthony Burgess de omitir el capítulo 21, en el cual Alex maduraba. La extraordinaria película de Kubrick, de hecho, se basa en esta edición. Burgess se arrepintió expresamente de haber cedido a estas presiones editoriales (todas las ediciones actuales incluyen el último capítulo), ya que un ser humano incapaz de cambiar no puede ser el objeto de la forma novela, sino de la fábula o la alegoría. La fábula, esa pequeña forma literaria favorita del mundo antiguo, nos enseña a no hacer negocios con zorros, a escapar de los lobos y a no tratar de convencer a un burro. Para Burgess, la novela es de alguna manera justo lo contrario, y se basa en una concepción humanista que tiene sus raíces en el cristianismo: si tal como sucede en las fábulas, nuestra naturaleza nos impele a actuar de cierta manera, no existe el libre albedrío, concepción capital de la ética cristiana. Nuestra posibilidad de optar por el bien o por el mal es el hueco de humanidad por antonomasia, el lugar que la divinidad ha dejado al ceder su potestad: vos fíjate.

Por supuesto, ninguna religión nos deja totalmente en el aire: Cristo es el modelo de hombre y de humanidad por el que haríamos bien en optar, haciéndolo vivir en nuestro interior. Pero para la novela moderna, Cristo no puede ser el modelo canónico. Para la modernidad, la hipótesis de un mundo sin dios no significa necesariamente el fin de toda experiencia moral posible. Un filósofo contemporáneo, Richard Rorty, ha hablado del arte, del cine y de la literatura como valiosas posibilidades de despertar y desarrollar la empatía y la solidaridad. Y de hacerlo tal vez contra natura, ya que (si Dawkins tiene razón) todo en la naturaleza de los seres vivos apunta a alguna forma de egoísmo. 

Todo muy interesante, pero: ¿qué era necesario cambiar en Jesse Pinkman? ¿qué parte de su naturaleza podía o debía ser redimida? Un muchacho con buen corazón que se equivocó, varias veces, si. Debe haber sido el mayor emisor y destinatario de empatía en toda la serie. ¿Cuál es el camino, Sr. Gilligan? ¿Qué intenta decirnos, enseñarnos con este número extra? Sólo tenemos pistas: Jesse fue consistentemente durante todas las temporadas de Breaking Bad un personaje extremadamente voluble. Su inseguridad o su buen corazón lo hicieron vulnerable -en el pasado- a la manipulación de (digamos) tres fuerzas: las drogas, su novia Jane Margolis y Walter White. Cada uno de ellos en su momento lo llevó de la nariz (Walter, de hecho, deja morir a Jane para poder manipular a Jesse). Pero ninguno de ellos está ahí ahora para orientar su redención, para mostrarle el camino; de ahí que Jesse se encuentre por primera vez en soledad, al borde de la libertad. ¿Para qué querrá usarla? Nadie lo sabe: tenemos apenas el preámbulo de Alaska, la metáfora geográfica de un volver a cero casi absoluto. Primero, separarse de la sociedad para buscarse a sí mismo en el desierto. 

En una soledad similar en otro desierto, Jesús, aquel modelo de humanidad interior, fue tentado tres veces. Su rechazo de esas tres tentaciones crea simbólicamente un espacio de autonomía: expulsar a la naturaleza y a las pasiones humanas para hacer lo que hay que hacer. Un modelo de conducta, este muchacho. Pero entre Jesús y Jesse Pinkman, un filósofo alemán dijo dos o tres cosas sobre el cristianismo y la inconveniencia de buscar modelos normativos. En un juego de espejos con las tres tentaciones, Friedrich Nietzsche escribe sobre las tres transformaciones del espíritu: 1) en camello, para aceptar la propia carga y soportarla; 2) en león, para tener el coraje de decirle no al deber basado en los valores de terceros. Pinkman el camello les reconoce a sus padres que si alguien tiene la culpa de todo lo que le ha ocurrido es él; que ellos no deben soportar su carga. Pero también deberá tener coraje, sobre todo en la que tal vez sea la mejor escena de toda la película. En ella, resuelve un duelo de pistoleros por fuera de cualquier sentido del honor para llevarse la parte del león: el dinero que le permitirá alguna libertad.

Lo sé, me falta la tercera transformación: ¿Qué le espera a Jesse en Alaska? No pretendo escribir mejor que Nietzsche, así que me despido acá y les dejo su original opinión sobre “El camino”:

3) El niño. “¿Qué es capaz de hacer él, que ni siquiera el león ha podido hacerlo? Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí. Sí, hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir sí: el espíritu quiere ahora su propia voluntad, el que se retira del mundo conquista para sí su propio mundo”.

Sé que le iba a dejar la palabra final al filósofo, pero olvidé decirles que todo lo que les he contado se deja ver en la película sólo con cierto esfuerzo y generosidad: queda en el terreno de las intenciones. Muy flojita, lejos de lo que Breaking Bad supo ser como serie. Decididamente, algunas historias no necesitan un capítulo 21.

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