Good Boys 
EE.UU., 2019, 95′
Dirigida por Gene Stupnitsky
Con Jacob Tremblay,  Keith L. Williams,  Brady Noon,  Molly Gordon,  Midori Francis, Josh Caras,  LilRel Howery,  Millie Davis,  Chance Hurstfield,  Enid-Raye Adams, Lina Renna,  Benita Ha,  Ian Hawes,  Maja Aro,  Sean Quan,  Vicky Lambert, Nevis Unipan,  Esabella Anna Karena Strickland,  Cody Davis,  Craig Haas

La correcta incorrección

Por Rodolfo Weisskirch

En el número de octubre (en este link) de Perro Blanco, en la columna de Otros espacios, Fede Karstulovich escribió un interesante análisis acerca de cómo la corrección política está destruyendo la ironía de las comedias estadounidenses. El punto de partida de este análisis fue Superbad –o Supercool– aquella obra de Gregg Mottola que proponía una idea liberadora y políticamente incorrecta de la adolescencia sin caer en conceptos transgresores ni sentimentalismo forzado. Pura felicidad.

En un contexto presente de hipercorrección política, como el que mencionaba aquella nota, Goos Boys recupera al menos alguna parte del espíritu de aquella película que está cercana a cumplir tres lustros. Quizás lo haga con un poco más de torpeza y simpleza que aquella, con menos pretensiones narrativas, pero sin dudas con un concepto más asociado a la incorrección política que alguna vez conocimos (parece que hubiera pasado un siglo y apenas pasó una década y monedas).

La historiaparte de un elemental nivel de autoconciencia sobre la falta de esta clase de propuestas, en donde el puritanismo ha terminado por imponerse directa o indirectamente. Por eso también se muestra con el suficiente anclaje en la actualidad, buscando erigirse como un retrato de una comedia generacional que busca espacio dentro de la industria, que ha dado vuelta la cara a la incorrección en pos de una demagogia que contente a un público cada vez más observador de las conductas representadas en el interior de las películas.

Como una especie de contracara a la mirada inocente de los personajes de Stranger Things, los protagonistas son típicos outsiders que están atravesando el primer año del colegio secundario. El coming of age viene cada vez más precoz? Quizás. El trío protagónico no solo empieza a interesarse en la sexualidad a los 12, sino que también prueba sus primeras cervezas y hablan de drogas como si fuesen expertos.

Max, el líder –interpretado por Jacob Tremblay, el chico bueno de moda de Hollywood, que con este personaje intenta ensuciar un poco su imagen- se debate entre acercarse a la chica que le gusta, o seguir divirtiéndose con sus amigos Lucas y Thor: el primero, el más inocente y moralista, el segundo aspirante a protagonista de la comedia musical escolar (Rock of Ages), que a la vez desea que lo vean como un chico malo. La invitación a una fiesta donde puede llegar a haber besos, genera que Max desee espiar a su vecina casi graduada, que está en pareja, para aprender a besar. 

Los conflictos y similitudes entre Good Boys y Superbad no parecen casuales, dado que Seth Rogen y Evan Goldberg figuran como productores de ambos films. De hecho, se podría considerar la primera, como una precuela de la segunda, pero con una actualización temática y tecnológica. Los personajes por un lado desean aparentar que están preparados para enfrentar experiencias propias de gente más grande, pero al mismo tiempo son demasiado dependientes de sus padres. Como si en alguna medida también, con ese gesto, dieran cuenta del hecho de que detrás de toda incorrección política también hay algo infantil pugnando.

Lo interesante del guión de Lee Eisenberg y Gene Stupnitsky –también director del film- es que todas estas circunstancias repercuten en la rueda que va generando el guión: Max quiere besar a la chica, para eso desea ir a la fiesta del chico popular, para ir a la fiesta debe aprender a besar, para poder besar espía a su vecina con un dron, el dron lo pierde, pero le roba éxtasis a la vecina, para poder ir a la fiesta debe recuperar el dron que es del padre, pero al mismo tiempo se debate si devolverle las drogas o denunciarla a la policía. 
El debate moral, lo que está bien y lo que está mal, influyen en la trama también. Los guionistas juegan con la ingenuidad de los intérpretes, especialmente cuando usan juguetes sexuales, para defenderse de sus perseguidores. En ese punto uno comienza a preguntarse hasta donde hay plena conciencia del presente que habitan los personajes o hasta donde se trata de un gesto de diferenciación con el presente en el que la película se reconoce.

Asi las cosas, el film no guarda reparos ni juzga a los personajes por tomar alcohol, vender drogas o mirar pornografía (aunque sin desnudos). Sí, por enamorarse prematuramente. Pero Eisenberg y Stupnitzky le restan importancia, exhibiendo el patetismo en el que quedan parados los personajes. Sin faltarles el respeto, los llevan a conflictos ridículos. Como si algo de lo que se muestra fuera genuino por un lado pero a la vez se intentara marcar la cancha del respeto por las normas presentes. La película no tiene miedo de burlarse de una patrulla antibullying o satirizar la diversidad sexual. Hay límites, es verdad, un cierto nivel de cuidado con los menores de edad para no generar polémica. En esas decisiones queda evidenciado el origen de la película: hoy.

En su bajo perfil y el ingenio de ciertas escenas, están los mayores logros de Good Boys. El elenco infantil aprovecha su histrionismo para explotar el absurdo de cada gag, y entre los adultos se encuentra un desaprovechado Will Forte, y un magistral –as usual- Stephen Merchant.

Paradoja, entonces: la evocación de un humor que utiliza la corrección política para ser políticamente correcto, la ópera prima de Eisenberg y Stupnitzky reconoce sus raíces cinematográficas y propone una ruta a seguir, si. Pero también establece una paradoja sin resolver. Los mejores síntomas de una época emergen hasta en las películas más pequeñas.

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