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Tiempo de lectura: 3 minutosGreyhound

Luciano Salgado

Greyhound 
EE.UU., 2020, 92′
Dirigida por Aaron Schneider
Con Tom Hanks, Elisabeth Shue, Stephen Graham, Rob Morgan, Manuel García-Rulfo, Lee Norris, Karl Glusman, Tom Brittney, Alex Kramer, Jimi Stanton, Joseph Poliquin, Bill Martin Williams, Matthew Zuk, Devin Druid, Grayson Russell, Dave Randolph-Mayhem Davis, Michael Benz, David Maldonado, Adam Aalderks, Casey Bond, Jesse Gallegos, Parker Wierling, Maximilian Osinski, Craig Tate, Ian James Corlett, Stephan Goldbach, Jake Ventimiglia, John Frederick, Travis Quentin Young, Michael Carollo

El factor humano

Por Luciano Salgado

No se precisa demasiado: una sucesión de miradas conectadas hacia un fuera de campo múltiple, un puñado de horas concentradas entre el día y la noche, aislamiento suficiente como para sentirse sin resguardo ante el peligro, un amor que espera, un enemigo invisible, un encadenamiento ingobernable de tensión maquinal sin descanso. Greyhound no solo no parece actual. No pertenece a este tiempo. Es Eastwood sin Eastwood. Pero también es otra cosa. Porque ahí donde el cine del nonagenario ha aprendido a dar paso a nuevas y distintas voces, que le otorgan al cine de aquel un volumen humano que en muchas ocasiones el clasicismo mas seco no se permite, aquí todo es sequedad, gestos microscópicos, avances por medio de ráfagas contenidas y, finalmente, un visible estado de fe en la imagen. Porque en Greyhound la imagen es portadora de tal grado de economía que es dificil encontrar exponentes contemporáneos que otorguen tanta expresividad sintética.

Hanks es Hanks, lo que resulta mas que suficiente. Pocos actores son capaces de hacer lo que él hace con la mirada y con la gestualidad desencajada. Hanks es Stewart, es cierto. Pero también va por otros laterales. La sencillez de su sistema actoral es acorde a las necesidades narrativas: un hombre de maquinas es representado mediante una humanidad maquinal, integrada a un sistema de acciones globales pero también capaz de descomponerse en lo minúsculo. Hanks sabe actuar una emoción con el conjunto de acciones y gestos, pero también los descompone maquinalmente, como si en el recorrido de lo banal también estuviera desplegado ese humanismo. Por eso cuando Hanks llora o ríe en una película la estrategia se cae. Pero cuando Hanks esboza una sonrisa a medio camino, cuando acomoda sus hombros, cuando frota sus manos o, en este caso en particular, cuando se pone una gorra, cuando se quita unas pantuflas, cuando se restriega la cara, las acciones que ejecuta sostienen un suplemento: es una persona desecha, desencajada, automatizada a la vez que consciente. Es interesante como ese sistema actoral ingresa en Greyhound y potencia todas las virtudes que la película de por si porta en su mochila de recursos.

Sin dudas estamos ante una película digna de un rigor clásico, que no precisa declarar, aclarar ni declamar nada de lo que narra, porque en esencia comprende que la narrativa clásica es fundamentalmente reveladora. Por eso los diálogos son pulverizados por medio de la imagen que los avasalla. Son diálogos breves, concretos, al hueso. No son redundantes pero tampoco lo son banales. Son la palabra justa para una película en donde los recursos no sobran (por elección). De ahí que cuando el film avanza nos disponemos también a ser parte del barco. Pero no porque la inmersión sea simplemente la de la empatía que nos generan los soldados frente al ataque. Somos parte del barco porque todo el dispositivo formal y narrativo que se nos expone nos vuelve parte de esa gran maquinaria, como si en realidad la película contara dos cosas a la vez: por un lado el film de un barco asediado por submarinos nazis, al borde de ser aniquilado y sin ayuda exterior, pero por otro una película sobre los actos sistematizados, ritualizados, automatizados, actos propios de un grupo humano en estado de desesperación. Esa segunda película es, curiosamente, la mas humana, porque también indaga en la necesidad imperativa de construir mediaciones frente al horror. Sobre esas mediaciones es donde se apoya Greyhound para narrar lo que mejor sabe hacer: construir la tensión de lo no visible, de la amenaza casi metafísica que supone el terror submarino que rodea al barco que da el nombre a la película.

Entre las escenas de tensión (pocas, pero eficientes como para que no podamos largar nada ni por un segundo) y las escenas maquínicas de un grupo humano decidido a cuidarse mediante ritos de acero, aceite y carne es en donde navega esta maravilla que solo visionada con dos huevos fritos en los ojos puede ser confundida por un film patriotero y reaccionario, respuesta poco feliz de varios críticos que la destruyeron. Es difícil pertenecer a una época de libertades pero vivir en un tiempo de miedo y limitaciones. Afortunadamente la agenda de Greyhound no le pertenece a nadie mas que a ella misma.

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