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Tiempo de lectura: 3 minutosHater

Rodrigo Martín Seijas

Hater (Sala samobójców. Hejter) 
Polonia, 2020, 135′
Dirigida por Jan Komasa
Con Maciej Musialowski, Vanessa Aleksander, Danuta Stenka, Jacek Koman, Agata Kulesza, Maciej Stuhr, Adam Gradowski, Piotr Biedron, Jedrzej Wielecki, Jan Hrynkiewicz, Martynika Kosnica, Wiktoria Filus, Iga Krefft, Viet Anh Do, Sebastian Szalaj, Kacper Dykban, Rafal Wasielkiewicz, Piotr Cyrwus, Krystian Redzeb, Rozalia Mierzicka, Katarzyna Straczek, Philippe Chauvin, Gustaw Bafeltowski, Aleksander Debicz, Jan Napieralski, Iwo Rajski, Mateusz Pacewicz, Julia Wieniawa-Narkiewicz, Katarzyna Bargielowska, Wieslaw Komasa, Rafal Cieluch, Aleksandra Górska

Fríamente calculado

Por Rodrigo Martín Seijas

Hay algo que hermana a Hater con el propio recorrido de su protagonista y no es solo el seguimiento casi obsesivo de él. Es que al principio vemos a Tomasz tratando de hallar su lugar en el mundo luego de ser expulsado de la universidad por haber cometido plagio, procurando encontrar una identidad propia y a la vez usando varias de ellas en las redes sociales y la dark web. Pero, progresivamente, a medida que Tomasz va encontrando un propósito y un plan que lo defina, vamos viendo que los giros, amagues y eventuales decisiones de la película formaron parte de un programa mucho más calculado. Fríamente calculado.

The Hater 2020 Review

Y el problema no está de por sí en el cálculo -al fin y al cabo, todos los films contienen una porción importante de diseño y tesis previa a la hora de delinear sus conflictos-, sino en cómo este se termina imponiendo dentro de la narración hasta convertirse en manipulación. En Hater, el director Jan Komasa y el guionista Mateusz Pacewicz acumulan temas, discursos y preocupaciones: las comunidades de Internet que no son más que otras expresiones de la soledad y el individualismo; la necesidad de pertenecer de las generaciones más jóvenes; las mentiras y arbitrariedades que se propagan a través de la viralización; la Europa partida entre sectores totalitarios y progresistas que nunca se escuchan entre sí; la política convertida más en un concurso de popularidad que en una forma virtuosa de cambiar el contexto; las hipocresías y prejuicios sobre la sexualidad o las instituciones familiares; y, principalmente, el control como instrumento que define no solo a los sujetos sino también a las comunidades que habitan. A lo largo de más de dos horas, ese joven abogado frustrado, operador de las redes y falso militante político que es Tomasz es la vía corporal, pero también espacial y temporal, para canalizar todo ese hilo de contenidos, el instrumento perfectamente funcional al que recurre la película para propagar su discurso.

Sin embargo, no hay un mundo real, tangible, más allá de Tomasz y las construcciones derivadas de su mirada. Hay una multitud de personajes que se cruzan con él, que entran y salen de la trama, que son afectados por sus decisiones, pero que nunca llegan a tener carnadura. Y no solo ellos: también el contexto de una Polonia acechada por la violencia extremista, con la violencia a flor de piel, no pasa de ser un retrato superficial, un mero territorio ocasional sobre el cual se mueve el protagonista. Pero incluso el propio Tomasz, con sus brotes rencorosos que se enlazan con su necesidad de afecto y pertenencia -casi un discípulo del Mark Zuckerberg de Red social, pero más destructivo que creativo-, no puede salir de la posición de instrumento para lo que quiere aseverar el film sobre el mundo. Su derrotero, tan violento como manipulador, termina siendo previsible porque, a medida que pasan los minutos, va quedando demasiado claro que no está ahí para tener un camino propio, sino para confirmar una perspectiva previamente definida. 

the hater

Hablábamos de Red social, pero también podríamos hablar de Parasite, la gran ganadora de los últimos Premios Oscar. Hater parece hermanarse con esas películas en el sentido de que pretende establecer un diagnóstico que va de lo particular a lo general, una pintura global a partir de un recorte específico. Tanto en el film de David Fincher como en el de Bong Joon Ho se trazan panoramas oscuros sobre las formas de relacionarse, las divisiones de clase, las apariencias y hasta las modalidades de violencia. Pero si ambos parecían caer en manipulaciones en ciertos pasajes -Zuckerberg actualizando una página de manera constante en el final de Red social, la secuencia de la inundación en Parasite, por citar posibles ejemplos-, su respeto por los personajes y sus identidades específicas se terminaban imponiendo a los giros de las tramas. En cambio, la frialdad que domina a Hater la convierte en una película de discurso indignado pero superficial, alejado de la originalidad a pesar de sus vueltas de tuerca. Cuando la pasión y la honestidad intelectual no aparecen, la astucia y la estilización no alcanzan. 

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