J’accuse 
Francia, 2019, 126′
Dirigida por Roman Polanski
Con Jean Dujardin,  Louis Garrel,  Emmanuelle Seigner,  Grégory Gadebois,  Hervé Pierre, Wladimir Yordanoff,  Didier Sandre,  Melvil Poupaud,  Eric Ruf,  Mathieu Amalric, Laurent Stocker,  Vincent Pérez,  Michel Vuillermoz,  Vincent Grass,  Damien Bonnard, Denis Podalydès,  Raphaël Caraty,  Clément Jacqmin,  Pierre Léon Luneau, Michèle Clément,  Yohan Renier,  Romain Lehnhoff,  Luca Barbareschi

El artesano

Por Marcos Rodriguez

Caso curioso el de Polanski: si bien su larga filmografía contiene algunas de las mejores películas que uno podría desear ver (sin pensarlo demasiado: El bebé de Rosemary, Chinatown, El escritor fantasma), no se me ocurre pensar en el polaco como un gran director. No hay que esforzarse demasiado para concederle el título de autor y no me preocupa en lo más mínimo que su obra contenga, junto a las obras maestras, otras más bien flojas (esa cosa Un dios salvaje, sin ir muy lejos). En los grumos está la vida. Mi problema con Polanski es otro: maestro de la eficacia (el viejo sabe filmar), nunca termino de encontrar momentos, detalles, rincones en los que el cine explote. Uno podría encontrar ejemplos variopintos pero vamos al punto en cuestión: El oficial y el espía, su reconstrucción del caso Dreufys, esa que ganó el gran premio del jurado en Venecia, la del escándalo, una película que uno podría leer sin demasiado esfuerzo (en tiempos del #metoo) como una suerte de alegato de Polanski en contra de las condenas sin debido proceso y los linchamientos públicos.

Más allá de las circunstancias de su estreno y los premios que recibió, uno podía esperar que El oficial y el espía fuera una especie de lamento lastimero en el que el condenado injustamente se lamenta de las multitudes dispuestas a empalarlo, o (tal vez con un poco más de expectativas) que se despachara con una especie de esperpento de incorrección política. Y no. Uno asiste en El oficial y el espía a un muy terso relato histórico, bien planteado, con un buen diseño de arte, narración clara, ritmo sopesado, bellas estampas pictóricas, intriga en medida justa y hasta el grado de exaltación necesaria para que la cosa, que supera las dos horas de duración, mantenga nuestra atención hasta casi el final, diría. Incluso la última película de Polanski tiene un logro no menor: creo que es la primera vez que veo a Jean Dujardin en un papel soportable. No es poco el talento que se requiere para lograr que Dujardin parezca un actor con presencia e interés.

Ahora bien, a pesar del interés con que uno puede ver esta película amable (si bien “amable” no es lo que uno esperaría de una película sobre el caso Dreyfus), no hay mucha carne para el escándalo. Si bien Emile Zola tuvo que poner una buena porción de huevos para gritar “Yo acuso”, cuando Polanski grita lo mismo el impacto se diluye un poco: no creo que queden muchos que todavía sostengan la culpabilidad de Alfred Dreyfus (o que siquiera recuerden el caso) y un espectador hoy en día no puede más que indignarse cómodamente con lo jodidos que eran los franceses a fines del siglo XIX. Polanski, que será muchas cosas pero por sobre todas las cosas es un narrador eficaz, no carga las tintas sino que va construyendo con inteligencia la única reacción que podemos tener frente a su película. Indignación, admiración por un héroe esculpido con humanidad y paciencia, y a otra cosa.

Dicho esto, al ver una película como El oficial y el espía es imposible evitar una sensación de vigor y cierta melancolía, más bien como un efecto secundario. Nos podrá gustar más o menos, indignar más o menos por el pasado y el estatuto de Polanski, pero es innegable que la película cuenta, por lo menos, con una solidez que el cine ha perdido. Solidez, casi diríamos, de artesano: no se trata de saber narrar (eso se puede hacer de muchas formas) sino simplemente de conocer los materiales con los que se está trabajando, poder sentir su peso, permitirle su espacio, desarrollar su potencial, que tal vez no sea infinito pero es. Polanski no es un genio pero respeta el material que tiene entre manos y hasta se permite rozar lo demodé en la medida en que cuadra con lo que está contando. Honor y patriotismo no son valores que me interesen particularmente y sin embargo durante las horas que dura esta ficción, construida de a poco, in media res, uno puede llegar hasta a sentir la nobleza de un hombre que vio una injusticia y se opuso a ella, incluso si involucraba a un miembro del “pueblo elegido”, por el cual no guardaba la menor simpatía. Idealismo y virtud, la materia de siglos pasados, cobran forma en la pantalla.

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