John From

Tiempo de lectura: 4 minutosJohn From

Hernán Schell

John From
Portugal-Francia, 2015, 98’
Dirección: João Nicolau
Con: Júlia Palha, Clara Riedenstein, Filipe Vargas, Leonor Silveira, Adriano Lu

Diagrama de Venn

Por Federico Karstulovich

 

Creo haberme enamorado a lo largo de mi vida unas 16mil veces. Me enamoro con la misma facilidad con la que lloro, y hasta un sifón de soda en el momento adecuado puede conmoverme. El asunto es que te toca, y lo hace en cualquier momento y con una precisión asombrosa. Porque cuando te toca no te larga y cuando te larga no te toca. El enamoramiento, en suma, es una cuestión de encuentros y de focos.

Barthes decía –con bastante tino, por cierto- que el discurso amoroso y la percepción del enamorado tiene que ver con el foco, con la capacidad de hacer foco y saber leer el sistema de signos que nos rodea de la forma más precisa posible (no sé si correcta, pero precisa al fin).

Decía Barthes también, que todo enamorado no distingue sino entre dos miradas antagónicas: la mirada en exceso (mirada paranoica), que todo lo lee, que todo lo asimila como dato funcional y no puede jerarquizar lo importante de lo superfluo; y la mirada con faltas (mirada incauta), que pasa por alto datos obvios, que no comprende los índices o que llega tarde a ellos, cuando ya no pueden articularse debidamente.

No hacer foco entre esos extremos es una forma feliz de expresar el enamoramiento, que es un sistema de excesos y faltas para entender el mundo de sensaciones que nos rodea. En esa embriaguez (pocos títulos tan acertados como el que eligiera PT Anderson para su única comedia romántica: Punch-Drunk love) que llega como un golpe es la que asordina la percepción de Rita en esa comedia romántica anómala rohmeriano-rejtman-kaurismakiana llamada John From.

Si estar enamorado es andar por la vida con la percepción desfasada, John From no hace otra cosa más que sistematizar esa experiencia. Primero desde el acompañamiento de Rita y su obsesión con un vecino fotógrafo con el cual se fascina, y posteriormente desde esa percepción hecha carne, una percepción escénica en donde el espacio funcione como proyección demudada de lo que antes era una pura subjetividad encerrada en un cuerpo.

Y es que la película de Joao Nicolau logra el pequeño milagro de incorporarnos al mundo de la obsesión sin un ápice de burla, condescendencia o patología. En vez de eso construye un mundo plagado por la ternura de intentar establecer una intersección. Porque el enamoramiento tiene también algo de la figuración abstracta de todo diagrama de Venn: intentamos proyectar elementos propios al mundo del otro, como a la vez buscamos incluir esa materialidad en el nuestro.

Quizás todo enamoramiento sea menos un modo de volcarse hacia otro que un intento desesperado por construir esa intersección de dos personas. Esa intersección a veces se hace de libros, de películas, de series, de música, de intereses mutuos. Otras veces, el trabajo es arduo y el punto de contacto imposible. Eso le pasa a la pobre Rita que en John From debe expandir sus redes hacia la infinita Melanesia y hacia la fotografía como arte de registro. En cualquiera de los casos, en definitiva, toda interacción será válida mientras sea posible.

Pero ahí mismo es en donde la película de Nicolau cambia la perspectiva: precisamente donde pudo dar el volantazo y narrar la historia imposible entre una adolescente y un adulto, John From elige ser consecuente con la ética que planteó desde el inicio y contarnos un relato en el que la imaginación proyecte lo que la vida no puede. Por eso la película es menos una comedia romántica que una comedia sobre el enamoramiento como forma de hacer el mundo más tolerable (con todo lo bovarista que eso conlleva) y sobre el cine como el acto que hace posible esa proyección fantaseada. Esto se debe a que toda la película no es otra cosa que la demostración patente de un acto de intersección de mundos signados por colores. A ver si me explico: toda John From está atravesada por un sostenido uso del color azul y rojo como medio de acercamiento de dos mundos distintos y distantes (el de Rita y su amado).

Y es ahí donde, cuando Rita no puede triunfar, el cine nos da la segunda oportunidad. Ahí cuando Rita no puede hablar a su amor, es el color de su amor el que invade la vida de ella. Del mismo modo, cuando Rita siente que no puede ser parte de la vida de su vecino, es la puesta en escena la que anticipa ese ingreso ficcional en el mundo de ese hombre al que la adolescente no sabe cómo abordar si no es con torpeza.

El resultado es que toda la puesta en escena (sostenida sobre el uso del color en iluminación y en escenografía, pero también en vestuario y maquillaje) conspira a favor de un éxito narrativo e imaginario ahí donde el verosímil demandaba apechugamiento y aprendizaje frente al fracaso. El azul del mundo de John From (el personaje) se hace extensivo, como se vuelve extensivo el mundo de Melanesia hacia todo el bloque de departamentos. Como si Rita fuera una versión de Ariel de La tempestad y lograra que su imaginario soñado se materializara. Frente a esa fantasía (que ni el último par de planos logra desmentir) Nicolau no nos castiga tomando partido. Su ética es la de un realismo rohmeriano por otros medios: es realista y ético en la irrealidad de sus personajes. Por eso no los (nos) abandona.

En suma, puede decirse que John From no hace otra cosa que reivindicar por otros medios (los ficcionales e imaginarios) lo que a veces el realismo destruye por medios más conocidos. El resultado es la ternura galopante de un diagrama de Venn estallado de corazones que se intersectan, donde la intensidad de lo que pudo haber sido es mucho más importante que la rugosa realidad de una adolescencia veraniega alterada por una presencia súbita que, como todos los amores, llega para hacer temblar todo por unos días para quizás desvanecerse luego, ya finalizados los ardores del verano.

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