Kursk 
Bélgica, 2018, 117′
Dirigida por Thomas Vinterberg
Con Matthias Schoenaerts, Léa Seydoux, Colin Firth, Max von Sydow,  Michael Nyqvist, Peter Simonischek, Martin Brambach, Guido De Craene,  Geoffrey Newland, August Diehl, Matthias Schweighöfer, Fedja Stukan,  Miglen Mirtchev, Jehon Gorani.

La familia

Por Ariel Esteban Ramos

¿Por qué? ¿Para qué otro drama cuyo amargo final en el mundo real ya conocemos de sobra? ¿Qué puede ser peor para el naufragio periódico de la noche de Domingo que ahogarse empáticamente con toda la tripulación de un submarino ruso y sufrir con sus familias? ¿Por qué nunca me toca Toy Story 5

El relato de Kursk gira en torno a una catástrofe naval militar: el hundimiento de un submarino ruso debido a la explosión accidental de uno de sus torpedos. El caso es medianamente conocido. Todos sus tripulantes murieron ahogados mientras se realizaban intentos fallidos de rescate y el gobierno ruso desdeñaba ofertas de ayuda internacional. Su lectura política parece sencilla: una crítica correcta, algunos dirán justa, de ese cadáver político llamado URSS que, aun muerto, siguió (¿sigue?) arrastrando almas al inframundo. En este caso, se trata de un Averno húmedo y frío. El mar es una gran tentación para el cine catástrofe. En otros famosos filmes de “temática marina” como La aventura del Poseidón o como Titanic, la naturaleza es el témpano o un tsunami que hunde o arrasa con la hubris del engreimiento humano. La excesiva confianza termina indefectiblemente mal, porque el agua no es ni será nunca el elemento de los hombres. Pero ese respeto no falta en el mundo de Kursk: el mar es un miembro más de la familia, es una cultura, y los submarinistas una tribu aparte, unida por lazos de camaradería más profundos (ejem) que los de cualquier Nación, Estado o ideología. Punto a favor que la relaciona con las tradiciones del mejor cine bélico de compañeros frente a un peligro o catástrofe.

La familia del mar sería el compartimiento estanco central de esta película, que bien podría leerse como un ensayo sobre los límites, ergo sobre la identidad: la propia familia, la fraternidad de los camaradas, el ejército todo, el Estado, el resto del mundo. En un mundo perfecto, todos estos universos se imbricarían ordenadamente unos en otros como una serie de muñecas rusas. Pero a casi tres décadas de la caída del muro, todavía no estamos en el cándido y mejor de los mundos posibles. Afortunadamente, tampoco hay en Kursk eso que tanto me temía: el enésimo ensayo sartreano sobre el infierno de estar encerrado con otros, sino su opuesto: un elogio de la cercanía de esos propios que nunca son totalmente otros. Elegía a los pequeños grandes tribalismos que nos simplifican el cuadro de un mundo con identidades (¿líquidas?) en crisis. El Almirante Gruzinsky se pregunta, al encarar el ejercicio bélico en el Mar de Barents que finalizará en el hundimiento: “¿Quiénes son nuestros enemigos?”. Cuando la caída de los metarrelatos hace olas, los afectos y los valores son un ancla posible. O la única. 

Vale aclarar que Kursk tiene un giro fuertemente ficcional: la agonía de los submarinistas habría sido más breve. Hoy se estima que los 23 sobrevivientes al hundimiento que siguió a la explosión habrían muerto antes del primer intento de rescate, lo cual, al menos en el plano humano en que la película se centra, no exculpa las demoras de un gobierno más preocupado por su imagen como potencia internacional. Vladimir Putin llevaba 3 meses como presidente al momento del accidente, y aunque en un primer momento se pensó en mostrar el lado humano del líder, aparentemente no fue incluido por temor a un hackeo similar al sufrido por Sony Films en 2014 luego de que The Interview ridiculizara al dictador norcoreano Kim-Jong-Un. 

La música teje una trama sutil con una muy melodía popular del siglo XVI que ha conocido muchos textos y en Kursk se presenta como canción de la hermandad de marineros. Seguramente la recordaremos como “O Tannenbaum”, y de hecho los créditos citan a Ernst Anschütz como su compositor, aunque él sólo añadió versos a la canción de Joachim Zarnack. Supongo que no hace falta conocer este dato para asociarla, sobre todo en la cultura del filme de guerra, a aquellos soldados alemanes casi congelados en Stalingrado. Aferrados a la canción del Arbolito como la vendedora de fósforos al espejismo de un Cálido hogar, el detalle tendrá una fuerte resonancia en Kursk, en donde el frío amenaza a los sobrevivientes sumergidos. Paradójicamente, ellos también luchan por sus vidas, ya no contra los nazis sino contra una ex URSS cuyo derrumbe amenaza con aplastarlos. En esta nueva Rusia en donde los marineros corean un “Enter Sandman” de Metallica Live in Moscow (digan sus oraciones porque se viene una pesadilla), la frontera comunista con el resto del mundo se mantiene intacta bajo el agua. 

En la Argentina es imposible no pensar en la tragedia reciente del submarino ARA San Juan. Este accidente encontró fuertes ecos a ambos lados de lo que conocemos como la grieta, otro juego de compartimientos estancos que parece imponerse a cualquier esperanza de comunidad futura. Localmente, la actitud ante el hundimiento fue desde la glorificación del heroísmo hasta el desprecio de un antimilitarismo fanático, pasando por las denuncias de rigor alegando incompetencia y corrupción administrativa. Como fuere, es difícil que algún argentino… alguna persona no se haya sentido interpelada por la dimensión humana del evento. Cómo no pensar en todo ello mientras se nos acaba el aire en el Kursk. 

La producción Franco-Belga (con una unidad rumana, según leemos en los créditos finales) tiene una dirección de arte impecable, con gran verosimilitud en la recreación del parque informático del Y2K. La reconstrucción de una época precisa a media distancia entre el sextante y la carta náutica holográfica se vuelve progresivamente terreno de superespecialistas. El uso del idioma inglés con acento a la rusa plantea problemas de todo tipo a la verosimilitud de cualquier película o serie, especialmente después de La pasión de Cristo y de Apocalypto, ambas del demente hermoso que es Mel Gibson. El regusto a lingua franca de cartón es aquí el precio por contar con un elenco internacional siempre correcto. La voz de Max von Sydow siempre será agradecida, en el idioma que él quiera. La serie Chernobyl fue recientemente discutida por este y otros aspectos más contemporáneos: ¿por qué no emplear también actores negros, ya que toda verosimilitud se rompe al utilizar el inglés? ¿Acaso Aquiles no fue interpretado por un actor negro en una reciente producción de la BBC? ¿Acaso él y Áyax no son negros y timberos en el famoso jarrón?… quizá la corrección política le esté pidiendo demasiado a la suspensión de la incredulidad.

En este corto cautiverio en el vientre del mar, la única redención deseada será entonces la pequeña, la familiar. La trascendencia la harán posible los hijos y la sellará un reloj, viejo símbolo patrilineal del coming of age, en la ya perimida serie de los pantalones largos. Porque el marinero no sólo es subsumido, reclamado y ahogado por el Estado que lo niega como individuo: es robado a otro espacio estanco que reclama derechos más fuertes y antiguos sobre él, una comunidad todavía obligada al silencio que resiste en una mirada. Los neoconservadores norteamericanos predijeron un retroceso del reloj hacia los valores tradicionales como una reacción a las crisis de la modernidad (también de su versión comunista). Kursk lo resuelve con un elegante golpe bajo: la fuerza moral de los valores tradicionales se condensa en los ojos diáfanos del hijo del capitán. Una orfandad desoladora que rechaza todo relato escatológico, toda paternidad abstracta. La mirada de los niños (si el poder no viola la infancia lavando su cabeza con discursos) es la condena mayor e inapelable de toda falta de humanidad pasada, presente y futura. No… no es complejo.

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