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Tiempo de lectura: 3 minutosLa cacería

Rodrigo Martín Seijas

La cacería (The Hunt)
EE.UU., 2020, 90′
Dirigida por Craig Zobel
Con Betty Gilpin,  Hilary Swank,  Ike Barinholtz,  Wayne Duvall,  Ethan Suplee, Amy Madigan,  Emma Roberts,  Justin Hartley,  Glenn Howerton,  Sylvia Grace Crim, Dean J. West,  Hans Marrero,  Iyad Hajjaj,  Ned Yousef,  Teri Wyble,  Steve Coulter, J.C. MacKenzie,  Reed Birney,  Hannah Culwell

No tan incómoda

Por Rodrigo Martín Seijas

Prácticamente desde el comienzo se puede notar que La cacería es una película hecha para irritar o incomodar. Y no solo porque presenta a un conjunto de villanos tan progres como despreciables –liderados por una Hilary Swank dejando de lado toda nobleza y volcándose a un cinismo desatado-, sino también porque el resto de los personajes (incluso los supuestos héroes) están lejos de generar algo parecido a eso que conocemos como empatía. 

De hecho, si bien la premisa (una docena de extraños que aparecen de la nada en un bosque y son cazados por un misterioso grupo de gente con abundantes recursos) amaga con abordar tópicos vinculados a las películas distópicas, la trama va aplicando giros que la ubican en otro lugar, que a la larga no termina de quedar del todo definido. Quizás esto tenga que ver en buena medida con la presencia del co-guionista Damon Lindelof, uno de esos tipos siempre preocupados por torcer o poner en crisis las expectativas: por algo es uno de los cerebros detrás de creaciones como LostThe leftovers y Watchmen. Su aporte es fundamental en una película que no solo da constantes vueltas de tuerca, sino que encima incorpora un distanciamiento sustancialmente irónico.

La clave para esa mirada distanciada y ácida está en las dos grandes antagonistas de La cacería: la ya mencionada Swank, una intelectual progresista pero también resentida, dispuesta a probar que tiene razón a tiro limpio, pero también una de las personas cazadas, encarnada por una Betty Gilpin de rostro inalterable y tonalidad ciertamente amarga. Ninguna de ellas genera un mínimo de empatía, son figuras destinadas a alterar los nervios del espectador: sus propósitos son puramente individualistas, sus pasados difusos, sus decisiones erráticas. Son meras piezas de un juego de ajedrez que el film plantea rivalizando con un público potencial pero también un conjunto social tan amplio como poco claro.

Es que las reglas del juego que diseña La cacería (ciertamente una película de diseño) cambian a cada rato, pero no necesariamente para bien. Si primero todo parece girar alrededor de la acumulación de interrogantes, la falta de certezas y un humor sardónico, en la última media hora todo empieza a tratarse de respuestas que se suman de manera un poco atolondrada y hasta algo de solemnidad discursiva. El relato se sigue apoyando en un humor entre crudo y violento, con sujetos que son parodias de sí mismos, pero es el mismo relato el que también intenta pegarle a todos los sectores políticos posibles (la izquierda, la derecha, el centro…) con una puntería irregular. Por momentos el film se limita a decir cosas ya dichas y cuando amaga con decir cosas nuevas, no queda del todo claro hacia dónde pretende ir.

Todo esto no significa que La cacería no sea una película entretenida: su ritmo vertiginoso y varios chistes sociológicos que enhebra a lo largo del metraje le imprimen una tonalidad dinámica y entretenida. Es que los representantes socio-políticos que retrata son tan ridículos que es fácil reírse de ellos, lo mismo que sus acciones violentas. Pero esa risa es limitada y efímera, a tal punto que ni siquiera irrita o genera una polémica constructiva. La equidistancia también es una forma de leer políticamente.

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