Le chant du loup 
Francia, 2019, 115′
Dirigida por Antonin Baudry
Con François Civil,  Omar Sy,  Reda Kateb,  Mathieu Kassovitz,  Jean-Yves Berteloot, Alexis Michalik,  Paula Beer,  Stéfan Godin,  Damien Bonnard

Cuarteles de invierno

Por Rodrigo Martín Seijas

Hay varios aspectos que hacen interesante a El canto del lobo, lo cual no la hace necesariamente buena. Sí, en todo caso, la convierte en un objeto distintivo, casi inusual, y digno de análisis en su construcción de un imaginario ideológico que sigue queriendo poner a Francia como un eje político y militar a tener en cuenta, yendo a contramano de un consenso mundial donde Europa está siendo relegada a un lugar cada vez más marginal.

De hecho, en términos concretos, El canto del lobo parece un film anacrónico, fuera de su época. Empezando por el subgénero que aborda, que no es un hecho menor: el del thriller con submarinos, que si bien pertenece a un género con altas y bajas como el bélico, es una rama que, luego de su apogeo entre los ochenta y principios de los noventa –con películas emblemáticas como El barcoLa caza al Octubre RojoMarea roja-, desde hace un rato largo está en franca decadencia. Pero a la ópera prima de Abel Lanzac (guionista de Quai d’Orsay, de Bertrand Tavernier) esto parece importarle bastante poco, y por eso busca actualizar los miedos apocalípticos de la Guerra Fría, con un submarino francés metido en una situación de crisis en la que todo parece conducir a una guerra nuclear, a partir de las acciones claramente confrontativas de un submarino de origen ruso.

La vuelta de tuerca de El canto del lobo, entonces, se da a partir del hecho de otorgarle el protagonismo –o más bien, el lugar de eje ético y moral- a Chanteraide (François Civil) un joven experto en acústica submarina. Es él quien debe traducir a los demás personajes lo que está pasando en las profundidades: cuánto hay de falso y verdadero en ese exterior difuso, que muchas veces queda definitivamente fuera de campo, pero también lidiar con sus propios dilemas a partir del lazo de lealtad que lo une con Grandchamp (Reda Kateb), el capitán que está al mando de un submarino con una misión tan letal como equivocada. En este sentido, el primer aspecto de la historia es por lejos el más atractivo, porque Lanzac no subestima los factores esenciales del sub-género que tiene entre manos y desde ese interior claustrofóbico construye varias secuencias donde las disputas entre los mandos altos y medios, sumadas a la amenaza de una catástrofe, llevan a que la tensión escale de manera saludable. Ahí, en esa vertiente donde el thriller se une con lo bélico, es donde el film mejor funciona, demostrando que los submarinos y el océano son espacios plenamente cinematográficos. 

Claro que la película debe incorporar también lo íntimo, y cuando le da centralidad a este aspecto, se convierte en un drama entre esquemático e insustancial, donde una subtrama romántica termina siendo apenas un instrumento del guión sin mayor relevancia. De hecho, luego de un arranque potente, donde dosifica muy bien la información –a tal punto que ni el espectador ni los personajes saben bien qué está pasando-, el relato se aleja del océano e ingresa en un territorio de idas y vueltas personales que aportan poco a la trama y retrasan en exceso la presentación del conflicto que verdaderamente importa. La enunciación de las disyuntivas que aquejan al torturado Chanteraide es demasiado explícita y remarcada, a tal punto que se convierten un obstáculo y afectan el componente dramático grupal que casi todo buen film de submarinos suele mostrar (que no son muchos). 

En sus minutos finales, El canto del lobo busca fusionar lo bélico, el suspenso y el drama íntimo en pos de cimentar un discurso militarista y –algo- reflexivo, donde se contempla a los protagonistas como hombres presos de decisiones externas que los trascienden y que solo tienen el honor, la coherencia y la lealtad a sus compañeros como salvavidas éticos. En ese terreno trágico y sacrificial –y, también, claramente ideológico- la película tiene unas cuantas cosas para decir, pero solo unas pocas las puede expresar desde la acción pura, sin subrayados, e incurre en unas cuantas manipulaciones –principalmente con el personaje encarnado por Omar Sy, que solo parece estar en pos de sustentar una bajada de línea- que se hacen demasiado explícitas. Su cierre, tan pomposo como previsible, la aleja de la chance de recuperar algo de la gloria de un sub-género que, a casi dos décadas de su apogeo, continúa hibernando como un animal salvaje viejo y olvidado.  

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