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Tiempo de lectura: 4 minutosNadie sabe que estoy aquí

Por Sergio Monsalve

Nadie sabe que estoy aquí 
Chile, 2020, 91′
Dirigida por Gaspar Antillo
Con Jorge Garcia, Luis Gnecco, Millaray Lobos García, Nelson Brodt, Juan Falcón, Julio Fuentes, Alejandro Goic, María Paz Grandjean, Solange Lackington, Gastón Pauls, Eduardo Paxeco, Roberto Vander

Perdido

Por Sergio Monsalve

Si Una mujer fantástica permitió a un personaje trans contar su historia, sin apoyo de un figurante disfrazado, Nadie sabe que estoy aquí hace lo mismo por la narrativa de los hombres obesos, invisibilizados por la pantalla. Ambos caracteres pertenecen, por tanto, a una agenda contemporánea de representatividad, discutida en redes con vehemencia. Recomiendo bajarle volumen a la polarización y asumir el tema con la dignidad analítica del caso. Las páginas de Perro Blanco aportan, en tal sentido, un menú de opciones variadas, entre críticos y defensores de las respectivas banderas de género, sexo, identidad y condición. 

Desde la productora “Fábula”, los hermanos Larraín conducen el equipo de producción de Nadie sabe que estoy aquí, film coronado en Tribeca, distribuido por Netflix. Protagoniza el gigante de buen corazón, Jorge García, una presencia mítica de la televisión fantástica, gracias a su papel en Lost. El actor interpreta uno de los sugerentes metamensajes con los que carga la película, a saber, el de un arquetípico artista separado de la sociedad, por voluntad propia tras sufrir un trauma juvenil. 

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De chico Memo (Jorge García) fue cantante, pero su carrera se vio truncada por una cuestión de peso. La gordofobia de la industria musical lo obligó a vender su voz, como un Milli Vanilli, para el lucimiento de un típico Luis Miguel de la música pop del cono sur. Un clásico padre faústico y edípico organizó el pacto con el demonio, en perjuicio del talento del hijo mantenido a la sombra de un pequeño Dorian Gray, cuya imagen de miembro de Menudo le ponía cuerpo a la voz del cantante discriminado. 

Hemos conversado, en meses recientes, acerca de la peligrosa tendencia progre a cancelar el pasado, a imponer la censura de la corrección política, a dar cabida a las cuotas para no ofender a la audiencia de cristal del milenio, a adaptarse pragmáticamente al patrón del “pink dólar”, según el molde de la campaña de Calvin Klein con Jari Jones. 

Existen, por ende, razones para dudar de los intereses de los programadores y productores de las cadenas de streaming, siempre atentos a ser condescendientes con el filtro parental de las últimas causas de la responsabilidad social, utilizando al cine como un vulgar medio de propaganda y publicidad de lobbies demagógicos. En un mundo de paradigmas rotos y enfrentados, Nadie sabe que estoy aquí sale ganando en el terreno de lo importante para nosotros, en el de la estética y la impresión de la realidad. 

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La película supera cada uno de los posibles compromisos y percances con el establishment del moralismo inclusivo, porque privilegia la mirada amplia de un autor sobre su material. De hecho, el realizador, Gaspar Antillo, trabaja en la perspectiva del silencio, del minimalismo y del tiempo muerto, adaptando un código de alta circulación en festivales, pero logrando contar una historia cercana de un alcance abstracto, divorciada de cualquier bajada frontal de línea.

Así el hombre enorme traspasa la visión reduccionista del vulgar estigma y del estereotipo de la víctima, para englobar un retrato humano próximo a nuestro desgarro solitario durante el confinamiento. De seguro suman las contribuciones de Sergio Amstrong en la fotografía, del reparto de actores sobrios y de una adecuada atribución de fuentes, donde despuntan los homenajes al Gus Van Sant de Last Days y al Tsai Ming Liang de Viva el Amor, en un tono menos pesimista, luctuoso y funerario. 

Jorge García coquetea con una forma de renuncia, de no vida, de autocastración monacal, apartado en su cabaña, suerte de cartuja individual, especie de lugar enunciativo de una protesta contra lo peor de la civilización. Jorge García sigue Lost en La Mancha, extraviado en un fotograma que lo encierra dentro un laberinto de El Resplandor. Camina por el bosque, fantasea con la revancha, entra a casas ajenas, intenta sobrevivir absorbiendo las experiencias de los demás. El suyo ha sido un relato de la disolución, de la exclusión, de la desaparición, por no encajar con los moldes de belleza de la televisión populista. 

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El conflicto del protagonista acaso se resuelve en afrontar el trauma y encarar a un némesis de la autoayuda que establece Gastón Pauls, quien ha diseñado una carrera en la silla de la simulación y la venganza, desde su magnífico rol en Nueve reinas

Ahora los papeles se invierten, planteando el duelo final del guion. En el desenlace presentí algunas palabras obvias y prescindibles, demasiado explicativas frente al tono general de la puesta en escena. Un desliz creativo que no afecta el rendimiento de una cinta chilena que deseo que llegue lejos en la temporada de premios. Será una manera de volver a reconocer el sitio que ha instituido “Fábula” en América Latina.   

El cierre es puro Larraín de Tony Manero, una agridulce conclusión que permite la resurrección de un outsider en su ley, acompañado por una mujer frágil que vislumbra esperanza y futuro. 

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