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No existen treinta y seis maneras de mostrar cómo un hombre se sube a un caballo

Por Ludmila Ferreri

Argentina, 2020, 63′
Dirigida por Nicolás Zukerfeld

El gato de Walsh (*)

La película de Nicolás Zukerfeld es una sorpresa al mismo tiempo que no lo es. Anticipada de algunas de sus características (una primer mitad atravesada íntegramente por escenas de filmes de Raoul Walsh sin intervención, en continuidad; una segunda parte dominada por la voz over indagatoria y detectivesca del director sobre un fondo negro que, ocasionalmente, se rellena de algunos archivos fijos: disyunción durasiana? no necesariamente, pero…) me dispuse a verla con la sensación que iba a testimoniar otra entrega más de esas películas-ensayo de corte godardiano que ya traen algo de polvo encima desde hace un par de décadas. Pero no. Puro prejuicio antimodernista. Por el contrario, No existen treinta y seis maneras de mostrar cómo un hombre se sube a un caballo funciona como una hermosa declaratoria de amor al cine de Raoul Walsh (uno de mis héroes cinematográficos y uno de los grandes nombres olvidados en las reivindicaciones del Hollywood clásico), pero también es un juego borgeano por momentos divertido, por momentos dispersivo, pero indudablemente cargado de ideas.

Pensemos en el segmento sin archivo filmográfico, en el que el mismo Zukerfeld juega de maestro de ceremonias, líder de secta y detective a la vez. Con el fin de reconocer el origen de la frase que le da nombre a la película de nos lleva a lo largo de la segunda media hora por una variopinta serie de conexiones cinéfilas (locales y extranjeras) que den dirección a la pregunta. Pero el recorrido, lejos de ser lineal, es un display rizomático. Por eso, en su recorrido reticular, sentimos cómo se van articulando toda una serie de zonas que iluminan un entramado complejo, como si se tratara de una ficción conspiratoria y paranoica, propia de otros tiempos y de otro mundo. De ahí que la revelación, ya no de una verdad, sino de un destello en la oscuridad, no pueda ser menos que luminosa. Por ese motivo vale la pena la espera. Porque si bien nada de lo que dice No existen treinta y seis maneras de mostrar como un hombre se sube a un caballo es un descubrimiento, en el modo de narrar esa pregunta que organiza el largometraje de Zukerfeld se traduce esa maravillosa idea que indica que el cine es el arte más fácil y mas complejo a la vez. Sobre esa posibilidad -la de ser y no ser dos cosas tan contradictorias al mismo tiempo, como si se tratara de un gato de  Schrödinger de la cinefilia-, sobre esa ambivalencia, camina con pies ligeros esta película vigorosa y muscular en sus ideas. Con el final de la clase -en la película el cine convierte a la docencia en un actividad apasionante y policial a la vez- el cine clásico (cuando no) se desvanece en el aire, como otro fantasma más.

(*) Una primera versión de esta nota fue publicada en el número de Perro Blanco de Noviembre de 2020

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