Parasite (Gisaengchung)
Corea del Sur, 2019, 132′ 
Dirigida por Bong Joon-ho
Con Song Kang-ho,  Lee Seon-gyun,  Jang Hye-jin,  Cho Yeo-jeong,  Choi Woo-sik, Park So-dam

Seúl, Italia

Por Marcos Rodriguez

Volvió el mejor Bong Jong-ho. Lo extrañábamos. En rigor de verdad, Bong nunca se fue, solo salió a dar un paseo por coproducciones internacionales, que trajeron como resultado un cine particular, de personalidad fuerte, pero en el fondo bastante lavado. No es que estuviera mal ese Bong modelo Tilda Swinton, la coreana hablada en inglés, pero faltaba algo; tal vez el roce con el ridículo, la perversión subyacente, el filo de melodrama y oscuridad irredenta que tanto Snowpiercer como Okja cambiaron por una sátira prolija, también bastante oscura pero esencialmente legible. No había misterio, absurdo o casi tensión en esas películas pensadas para todo el mundo pero ambientadas en ninguna parte, que nos hicieron temer que habíamos perdido a uno de nuestros mejores directores. Ahora que volvió el querido Bong podemos afirmar, ya sin temor, que Bong será nuestro porque vivimos en un mundo globalizado, pero para que sea cine evidentemente necesita de Corea (del Sur).

Nueva lección que nos trajo Parasite (y que queda inmediata e irrevocablemente anulada por The Host): el mejor Bong, me atrevería a decir, es un Bong “de cámara”. Los efectos le pueden garpar, ya demostró que tiene pulso para controlar una superproducción, pero lo más original, lo más perturbador, lo más insidioso del cine de Bong Jong-ho suele venir en empaque pequeño: pocos personajes, tramas familiares, sótanos, perros, menudencias de la vida moderna que se ve percudida por lo más oscuro, lo más bajo, lo más nimio. Más que el monstruo nuclear de The Host (ese que abrió las puertas del éxito internacional y local), el monstruo más memorable de su cine es una madre acupunturista que vive en un barrio medio pobre y que tiene que enfrentarse al abismo moral de decidir entre proteger o entregar a su hijo con problemas mentales. Ahí está la cosa. Bong lo sabe y por eso en su regreso al prestigio (Cannes mediante) y, sobre todo, al cine, vuelve a ponernos frente a lo terrible que se esconde en un par de casas nomás. O, más precisamente, en el choque entre dos familias.

Una de las delicias más apreciadas del cine coreano es la ausencia absoluta de lo que en términos occidentales podríamos llamar “pruritos”, “modestia” o “buen tono”. En el cine coreano (vaya a saber uno si en la vida, aunque sospechamos que no) cuando alguien la pasa mal, la pasa para el orto; cuando alguien llora, llora a cataratas y pura pantomima; cuando tiene que haber sangre, estallan las tripas. Parasite es, puestos en la necesidad de repartir etiquetas, una comedia clasista pura y dura. Así como la comedia italiana de los ’60 supo ser una galería de monstruos de clase, de miradas lúcidas y ácidas, Parasite retoma esa mirada (¿vale la pena establecer esa conexión remota?) o, más bien, esa forma de mirar, para retratar su presente: lujo extremo y minimalista en oposición a miseria cloacal. Los extremos se tocan en el sistema de servicios: pobres prolijos a disposición de ricos ingenuos. Nada puede salir mal.

A este retrato de Bong no le faltan ideas sociológicas (con toda la carne puesta en la parrilla) pero, y esto es lo más importante, le sobran ideas cinematográficas: la astucia del parásito, una vuelta de tuerca arquitectónica, el arriba y el abajo de una ciudad. Los personajes están marcados por trazos gruesos pero, sobre todo, por el deseo de vivir. Ese que se impone a todo. Puestos en el laberinto de ratas que Bong construye para ellos con absoluta precisión y maestría narrativa, el estallido resulta irreversible. En el camino nos regalan una sucesión encadenada de momentos cómicos que alcanzan el grado de lo inevitable, sobre todo en su primera mitad. Cuando se produce el giro (aunque habría que pensar hasta qué punto esta película no es toda un giro constante), nos regalan una sucesión sólida de estallidos encadenados, que nos llevan de las narices (como solo Bong sabe hacerlo) hasta donde menos pensábamos.

Llegamos (exhaustos, felices) a un final en el que terminamos por abrazar enternecidos a una colección de monstruos pegajosos, nos volvemos a encontrar con el siempre bien amado Song Kang-ho y agradecemos una vez más del Dios del Cine que haya decidido soplar de nuevo por Corea del Sur.

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