Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story
EE.UU., 2019, 142′
Dirección Martin Scorsese
Con Bob Dylan,  Patti Smith,  Allen Ginsberg,  Joan Baez, Ramblin’ Jack Elliott,  Sam Shepard,  David Mansfield,  Sharon Stone, Ronnie Hawkins,  Joni Mitchell,  Scarlet Rivera,  Michael Murphy,  Roberta Flack, Roger McGuinn,  Rubin Carter

Cuando la mentira es la verdad

Por Claudio Huck

La música. Scorsese es un melómano y le gusta poner música popular en sus películas. Está la famosa escena de su primer largometraje,  ¿Quién golpea a mi puerta? (Who is knocking my door?, 1967) en la que el traumado personaje de Harvey Keitel, en una especie de ensoñación, tiene sexo con mujeres (son muchas, o en realidad es una con muchos rostros, porque para él son todas iguales, fáciles, útiles, despreciables) mientras suena de fondo el The endde The doors, varios años antes que el tema se hiciera célebre en Apocalypse now; encontramos a Dolly Parton y a Kris Kristofferson (también coprotagonista) en la banda de sonido deAlicia ya no vive aquí (Alice doesn’t live here anymore, 1974); el Gimme Shelterde The Rolling Stones que sirve de nexo para unir diversas escenas tanto en Buenos muchachos (Goodfellas, 1990) como en Casino(1995);  el hallazgo que significó que Philip Glass musicalizara Kundun (1997); el montaje frenético del ambulanciero (Nicholas Cage) que coloca los cambios como un endemoniado en Vidas al límite (Bringing out the dead, 1999) al compás de Janie Jonesde The Clash, hasta el ecléctico mix musical de El lobo de Wall Street(The Wolf of Wall Street, 2013) que incluye a Charles Mingus, Billy Joel, John Lee Hooker, Umberto Tozzi y Los Ramones. La banda de sonido de La última tentación de Cristo(The last temptation of Christ, 1988) a cargo de Peter Gabriel, es una obra maestra en sí misma. La música que acompaña los títulos (The feeling begins) es increíble. La película aún no ha comenzado y ya provocó que se nos caiga la mandíbula. Comienza con algo que parece una raga hindú, de evocaciones milenarias, que nos mete de lleno en el clima de época. Cuando el tema musical cumple el minuto de duración, entra una batería -emblema de la música popular del siglo XX- que comienza a marcar el ritmo hasta el final. Tiempos humanos y culturas tan distantes se encuentran en la música, se fusionan y crean una amalgama perfecta. En 1977Scorsese realizó el filme musical New York, New, York(con Liza Minelli), en 1987 el famoso (y exitosísimo) videoclip Bad de Michael Jackson, y es el creador de la serie Vinilo(Vynil, 2016) sobre el universo de la producción discográfica de los años 70 (dirige el primer capítulo, que puede disfrutarse como una película que hierve en referencias musicales, como la recreación del recital de Led Zeppelin en el Madison Square Garden). Produjo los estupendos documentales englobados en The blues, reservándose la dirección de la primera entrega, La nostalgia del hogar(Feel like going home, 2003), en el que cuenta los orígenes del blues.  También realizó los documentales sobre George Harrison (Living in the material World, 2011), The Rolling Stones (Shine a Light, 2008) y Bob Dylan (No direction home, 2005).

The last waltz. Es el antecedente directo de la película que estrena Netflix. Lo filmó Scorseseen 1976 (llegó a los cines en 1978) y es el registro del último recital de The Band, por el que desfilaron invitados como Joni Mitchell, Eric Clapton, Neil Diamond, Neil Young, Ron Woody el mismo Bob Dylan. No es solamente el registro de un recital sino que se percibe una impronta sumamente personal en la mirada. Tiene un inicio “actuado” de un juego de pool (que prefigura el inicio de El color del dineroThe color of Money, 1986), el primer tema es en realidad el final del recital, hay entrevistas mechadas entre tema y tema con la presencia en cámara del propio Scorsese(que así pasa a ser un personaje más del documental), y concluye con la puesta en escena  de cierre, totalmente fuera de programa, del último vals interpretado por The band,y que da nombre a la película.

El señor de la pandereta. Estamos en 1976 y es el bicentenario de la fundación de Estados Unidos. Están los preparativos, la gente que vende sombreros conmemorativos en las calles. Richard Nixon hace el discurso previsible sobre los padres fundadores, el espíritu americano y la suerte que tuvieron los que nacieron en este país. Desfilan Abraham Lincoln y carrozas con chicas que saludan. Lo que no dice Nixon (que sabemos quién es y lo que pasó –Watergate– poco tiempo después) es que hace poco se había perdido la guerra de Vietnam y que el pueblo se encuentra desmoralizado. El señor de la pandereta, con la poesía arrasadora de Dylan, es el contrapunto perfecto que encuentra Scorsese para la monserga de Nixon. No hay sueño ni lugar donde ir. Bob Dylan ha regresado después de muchos años de ausencia en los escenarios con un grupo de artistas excepcional y una gira por Estados Unidos y Canadá que haría historia.

Gira y personajes. Allen Ginsberg es poeta. Cuenta que en 1975 la escena del folk estaba terminada, y que Dylan sale del ostracismo de varios años, con brío, para sacudirla. Allen canta algo en el escenario, pero sobre todo recita sus poemas. También baila en los ensayos. Nos explica que la idea de Dylan era armar una gira en micros por todo el país para mostrar lo bello que es, mostrar la belleza de las bandas y la vida de los artistas. Y así fue la gira: 15 artistas en carromatos como si se tratara de una Commedia dell’artede la música popular, recorriendo pueblos alejados donde nunca llega nada, improvisando escenarios en clubes y centros cívicos. Primero, la gira iba a llamarse Montezuma, pero Bob escuchó unos ruidos en el cielo y decidió ponerle Rolling Thunder. Después se enteró que para los indios era un giro idiomático que significaba Decir la verdad, y que también era el nombre en clave del bombardeo de Nixon a Camboya. 

    Patty Smith cuenta historias. Superman agarra un pedazo de carbón y lo convierte en diamante. Después lo tira en un campo de baseball y los chicos lo patean durante años hasta que la piedra queda lisa, transformada en una bola de cristal. Van Dorp filma, Sam Sheppard observa, sin saber bien por qué lo han contratado. Joan Baez canta Blowing in the wind a dúo. Habla con Bob sobre sus frustrados casamientos con otras personas, como si no hubiera una cámara que los filmara. Joan imita a Dylan, se pinta la cara como él y usa su sombrero. Scarlet Rivera parece Morticia Adams, se pinta la cara y tiene un hombrecito dibujado en el violín que toca. Joni Mitchell es invitada un día al show y decide sumarse a la gira. Es una guitarrista excepcional y Scorsese le da un espacio preferencial, aunque cada personaje de la banda tiene su momento de lucimiento. Dylan es el centro pero los satélites que lo secundan tienen luz propia. También hay espacio para las anécdotas, el chismorreo y el detrás de escena.

Las máscaras. Dylan se pinta la cara de blanco. A veces la tinta es un garabato, otras es la máscara perfecta de un mimo. Transpira, la pintura se le corre. Canta con cara de poseído. Alguna vez usa una careta que le distorsiona el rostro, como la que usaría un ladrón para asaltar un banco. Sharon tiene una remera de Kiss. ¿Te gustan?, le pregunta Bob. Sí, se pintan como en el Teatro Kabuki. Bob le responde: No creo que Izumo no Okumi escupiera sangre sobre los espectadores. Le preguntan a Joan porqué Bob usaba más caras. ¿Es una broma?, responde ella. Bob dice que no se usaron suficientes en la gira, que cuando alguien lleva una máscara dice la verdad. Él sabe de máscaras, de su historia y lo que representan. También usa un sombrero con flores y baila, mientras canta Isis, como si caminara sobre la luna. Scorsese también aporta varias máscaras. La película está mechada con algunas imágenes de películas antiguas, a modo de comentarios, con algún mimo o con personajes colocándose máscaras. Recordemos que etimológicamente la palabra persona viene del latín per-sonare (hacer sonar a través de) cuyo significado es máscara, que hace referencia a las máscaras del teatro griego que servían como amplificadores de voz. Es decir, en su significado primigenio, persona es lo contrario de lo que pensamos en la actualidad. Persona no es la esencia, lo íntegro, sino lo que oculta: la máscara.

La hora de los pueblos. Los buses cargados de artistas llegan a Nueva Inglaterra. La gente se pregunta qué hacen esos tremendos artistas en un pueblo tan pequeño, no están acostumbrados a que se los tenga en cuenta. La gente ni se había enterado del bicentenario en ese poblacho perdido y alejado de todo. Más que un recital, la presentación parece un circo (la decoración del telón del escenario abona esta idea) o un show de variedades. Bob realiza si sueña de artista trashumante y hasta conduce el bus que los traslada. Bob Dylan canta para los presos y para los indios. Se hace amigo del Huracán. Él nos cuenta de la conexión espiritual con el cantante y de la singularidad de Bob. No le preguntó como todo el mundo si había matado a esas personas, porque ya sabía que no era así. El Huracán es una balada que habla de la injusticia, de la falibilidad de los hombres, y es por eso que trasciende la situación particular del boxeador. El Huracán es un gurú que reflexiona sobre la justicia y el camino recto. La versión que toca Dylan es impresionante (quizás sea una de las mejores) y Scorsese se luce en el montaje. La segmenta, aporta comentarios que la continúan y la retoma para concluirla, con un timing increíble. El productor dice que la gira fue un fiasco económico, que estaban en rojo antes de salir. Dylan es un poeta y no un mercachifle: para él sí fue un éxito. Tocó en lugares pequeños y cantó para quien quiso. Fue una aventura.

El final. En la estupenda Trelew, Mariana Arruti terminaba su película con una pared en la que aparecían los nombres de los asesinados y la edad que tenían. Era contundente porque esos hombres barbudos que habíamos visto a lo largo de la película hablando con conocimientos de política, con profunda ideología y una cosmovisión, en su mayoría no superaban los 25 años. El detalle de la pintada era fundamental para que entendiésemos la juventud de los protagonistas y el perfil de una época en la que la adolescencia concluía mucho antes que ahora y en la que los jóvenes eran los que querían cambiar el futuro. Scorsese termina su película con un recurso similar que es igual de simple e importante. Pone en pantalla el año 1975 y el listado de todos los recitales que conformaron la Rolling Thunder revue. Después, van apareciendo los años sucesivos hasta nuestros días y los conciertos correspondientes. Ahí recién tomamos conciencia de la vida itinerante de Dylan. Sus conciertos se cuentan de a centenas y no se detienen con los años. Es un juglar de nuestro tiempo. 

Scorsese no se detiene y, una vez finalizada la película, nos regala un bis. Al final viene el reparto, como si se tratara de un filme de ficción. Un listado risueño de personajes y los “actores” que los interpretan. Hay algunas descripciones risueñas como la de Scarlet Rivera interpretando a La reina de las espadas o Allen Ginsberg en el papel de El oráculo de Delfos (tal como lo había descripto Dylan). Acá nos topamos con una sorpresa. Si no lo habíamos reconocido, se nos aclara que “el político” estaba interpretado por el actor Michael Murphy. Comenzamos a investigar y encontramos que el diputado Jack Tanner, amigo de Jimmy Carter en este documental, es en realidad un personaje que interpretó en 1988 para la miniserie Tanner’88, dirigida por Robert Altman. Y no es el único embuste. Hay varios más que no revelaremos para que el espectador pueda descubrir y participar del juego propuesto por Scorsese (hemos replicado varios, sin advertir al lector, en esta nota). A partir de este descubrimiento la película se resignifica. Si eso era mentira es lógico que la anécdota con Sharon Stone también lo sea (nunca vemos imágenes de ella en la gira). Pero el Huracán Carter que evoca su famoso episodio es real (aunque su atuendo extravagante parezca una puesta), Dylan y Joan actuales también lo son, ¿Pero será verdad lo que cuentan? Al mezclar la verdad con la mentira, Scorsese desafía el concepto de verosimilitud y crea una pieza extraordinaria en muchos sentidos.     

    Existen varios documentales falsos como El juego de la guerra (The war game de Peter Watkins, la ficción con forma de documental que terminó ganando, insólitamente, el Oscar al mejor documental en 1965), Zelig (1983) de Woody Allen, El ciudadano Bob Roberts (Bob Roberts, 1992) de Tim Robbins,  o la genial La era del ñandú, de Carlos Sorín, realizada para la televisión argentina en 1986. Pero el experimento de Scorsese es más singular porque solo en los títulos finales avisa de su engaño. Solo podría comparárselo, en este sentido, con ese falsario mayor del cine que es Orson Welles y su F de Falso (F for fake, 1973), la película que casi al final nos revela que casi todo lo que habíamos presenciado como una verdad absoluta era total y absolutamente una falsedad. Como Scorsese nos llevó a Welles, la asociación nos lleva a Netflix. La plataforma de entretenimiento televisivo más grande del mundo, aunque refunfuñen los puristas, marca la agenda cinéfila. Se da lujos cinéfilos impensados para la TV clásica como terminar y estrenar la película maldita e inconclusa de Orson Welles, Al otro lado del viento (The other side of the wind, 2018), una película interactiva (Black mirror: Bandersnatch, 2018), alguna película que se estrena en cines y en TV simultáneamente y termina nominada al Oscar (Roma, de Alfonso Cuarón, 2018), o un documental de Martin Scorsese que contiene flagrantes mentiras. Scorsese juega con nosotros como si fuera la pitonisa Casandra y nos dice una verdad que está contaminada de mentira. Un juego que hubiese seducido a Umberto Eco. Los espectadores que la treta verán una película que deberán reelaborar una vez concluida, y los que no lo hagan creerán haber visto otro documental sobre Bob Dylan. Las máscaras que Dylan decía que le faltaban a la gira Scorsese las colocó en esta docu-ficción. 

Por una vez vamos a contradecir a Aristóteles, a Kant y a Juan Domingo Perón: La única verdad no es la realidad.

Apéndice: Argentina.  En nuestro país siempre se le ha tenido especial veneración a Dylan. En León Gieco es evidente, sobre todo en su estilo musical, en la temática que desarrolla en sus canciones y en su solidaridad con las causas nobles, incluso alguna muy jugada que lo pone en un brete frente a la sociedad (Santa Tejerina). 

El propio León comenta con gracia que Hombres de hierro es un mero plagio de Blowing in the wind (y lo demuestra fusionando ambas canciones). La estatura mítica del gran Bob Dylan quizás sea parangonable solamente, en nuestro medio, a Charly García, que es la leyenda viva del rock nacional. Pero quien más se acerque al espíritu lúdico y performático de la Rolling Thunder revue quizás sea el Tata Cedrón (que el viernes pasado cumplió 80 años), con sus recitales con grupos invitados, decoración de kermesse, titiriteros, recitales gratuitos en verdulerías de barrio y con exposición de cuadros en las fechas patrias. Artistas no nos faltan. Hay que encontrar al Scorsese nativo que cuente estas historias.

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