Stockholm 
EE.UU., 2018, 92′
Dirigida por Robert Budreau
Con Ethan Hawke,  Noomi Rapace,  Mark Strong,  Christopher Heyerdahl,  Thorbjørn Harr, Gustaf Hammarsten,  Mark Rendall,  John Ralston,  Ian Matthews,  Bea Santos, Shanti Roney,  Christopher Wagelin,  Vladimir Jon Cubrt,  Linzee Barclay, Anders Yates,  David Christo

El ayer de hoy

Por Ariel Esteban Ramos

Tengo la mala costumbre de preguntarme para qué se hacen ciertas películas. Sobre todo, cuando se recrean sucesos reales. El Síndrome de Estocolmo forma ya parte de la cultura mediática para explicar algunos casos de la sección de noticias policiales, y recientemente se ha extendido a los de violencia doméstica. En caso de que quien lea estas líneas jamás haya visto un noticiero, baste decir que describe el vínculo afectivo que se forma entre un rehén y sus captores. La denominación de origen de esta condición se relaciona con el intento de robo al Banco de Crédito de esa ciudad en 1973, cuya historia rescata esta reciente película del canadiense Robert Budreau.

La recreación histórica es excelente, aunque su mérito es tan corto como la lista de locaciones. Las licencias ficcionales son aparentemente pocas, y apuntan a lograr una mayor verosimilitud o a acentuar el arco dramático del relato. La identidad de falso astro de rock que interpreta inicialmente Ethan Hawke parece reeditar aquella corta pero simpática actuación como cafiolo interestelar en Valerian, de Luc Besson. Un mínimo acento nórdico, un par de cucharaditas de ingenuidad y… no hay mucho más. Ni el gran Mark Strong, uno de los grandes villanos actuales, logra agregar mucha pimienta a este dúo de criminales suecos fracasados.

En el año 2000, una vecina de Martínez (Zona Norte del Gran Buenos Aires) se hizo famosa sin quererlo al declarar a la prensa en el calor del momento que en el fallido intento de asalto a su domicilio le habían tocado “los mejores delincuentes”. Su respuesta tal vez actualizara ciertos mecanismos de defensa básicos para la supervivencia que se activan en una situación traumática. El dilema es si esta situación corresponde a una condición psiquiátrica mejor definida como el estrés postraumático o se trata simplemente de un tipo de racionalidad digna del nombre.

Los filósofos se llevan mejor con los grises: cuando René Descartes explora la conciencia en sus Meditaciones Metafísicas, no sólo dice que su pensar se limite a dudar, entender, concebir o negar. En la bolsa del pensar entrarían también el querer, el imaginar y el sentir. Dos siglos y medio más tarde, el sociólogo alemán Max Weber describiría cuatro tipos de racionalidad, y el tercero incluiría la afectividad como criterio. En suma, cuando la racionalidad se define de manera muy acotada, el comportamiento de sumisión parece totalmente irracional. Por eso el asombro generalizado y el interés profesional que suscitó este caso, en el cual los rehenes protegieron a sus captores cuando finalmente la policía los redujo, evitando quizá la retaliación del gatillo fácil. La discusión de grano fino les pertenece a los especialistas: el caso es que sucede. Hay que decir que el inepto criminal de Hawke se hace querible. Pero por supuesto, nadie se horroriza por el Síndrome de Estocolmo si ocurre en un espectador de cine, atrapado solamente en el juego de la identificación con los personajes.

La tentación de proyectar esta temática hacia al plano político es grande. En su rol de rehén, la correcta Noomi Rapace (ya no sos mi Lisbeth Salander) tiene un diálogo telefónico con la prensa en donde le preguntan si la negativa del premier Olof Palme a autorizar la fuga. Su respuesta es un muy poco verosímil “todo es político”. Tal vez porque nos resuene hoy anticipado por demás debido a sus resonancias actuales: economía, feminismo, en contra y a favor del peronismo, el clientelismo político, y la lista sigue. El premier toma el teléfono para seguir la comunicación con la rehén y explicarle que no puede autorizar la salida “porque Suecia es una sociedad ordenada”. Ironías del mundo del cine, que la interpretación anacrónica de aquel eslogan nos haga pensar en un Palme que hoy resultaría un tanto policial, defensor de lo que en las democracias es criticado como “tolerancia cero”, sobre todo cuando sus posiciones políticas más conocidas tendieron francamente hacia la izquierda y al coqueteo con líderes revolucionarios totalitarios como Fidel Castro. O tal vez no haya ninguna ironía: la izquierda en el poder ha sido una gran administradora de algunos de los más famosos Estados policiales.

Intenté entender para qué se hizo esta película, sin lograrlo. Me tuvo secuestrado y aburrido durante sólo una hora y media. Quizá por eso no llegué a tomarle cariño.

Comentarios