Struggle: The Life and Lost Art of Szukalski
Polonia, 2018, 104′
Dirigida por Irek Dobrowolski
Con Glenn Bray, George DiCaprio, Charles Schneider, Stanislav Szukalski

Fascinante fascismo

Por Federico Karstulovich

Pasó una década. Allá por 2008 supe escribir (e investigar previamente) una suerte de documental apócrifo (también conocido como falso documental, un género inherente a ese registro de no ficción) que en una de sus partes (asumo con un poco de vergüenza, fascinado con la historia de Salamone en Historias extraordinarias, de Mariano Llinás, estrenada apenas un año antes) se concentraba en un hecho que siempre consideré increíble e interesante como pocos para investigar. El hecho en cuestión era la historia de un proyecto trunco de Juan Domingo Perón, proyecto que se vio interrumpido por el golpe de estado de 1955. Hablamos de el monumento al descamisado (ver foto), un proyecto que de haberse concluído, habría sido el de mayores proporciones, tamaño y peso del mundo en aquel entonces. 134 metros de altura que superaban a monumentos gigantescos como la estatua de la libertad y el Cristo redentor. Pero el sueño del responsable de aquella obra faraónica, el italiano Leon Tomassi nunca tuvo su consecución. Las partes de aquella mole fueron desmanteladas y arrojadas al Riachuelo. Con el tiempo algunos pedazos pudieron recuperarse. Otros no.

La historia de la arquitectura tiene uno y mil ejemplos de obsesivos con la grandilocuencia, con la megalomanía de las obras monumentales. Pero en el marco de la historia contemporánea esos sueños casi nunca llegaron solos, sino que supieron acompañar movimientos, instancias históricas, proyectos políticos de características imponentes, cargados de -para decirlo amablemente- una voluntad de reescritura, de refundación. En definitiva, buena parte de esos proyectos que ostentaban monumentalidad en el fondo (y no tanto, ya estoy dando demasiadas vueltas) estaban atravesados por un carácter totalitario. Por eso en general el arte del totalitarismo, el arte del gigantismo fascista en particular, responde a parámetros similares, a estilos emparentados. Y no hay que dar demasiadas vueltas para reconocerlo. Asi y todo la historia en minúscula siempre trae casos a la orilla, en los que ese reconocimiento no es lo primero que se observa. Algo de esto, en definitiva, es lo que cuenta el cuento moral de la amnesia histórica, del olvido selectivo del pasado fascinado con el fascismo que cuenta Struggle: The Life and Lost Art of Szukalski.

Un viejo libro es encontrado en una librería de usados. Un joven se fascina con los grabados, dibujos, esculturas y obras de variada índole que muestra el libro. El responsable es un artista polaco, al que supone muerto. Pero no, el hombre está vivo y coleando. Y además vive cerca de la zona. Este encadenamiento marca apenas el principio de esta historia de admiración y decepción, historia que gira en torno al notable Stanislav Szukalski, quien nos es descubierto casi con la misma sorpresa y cuidado que narran sus admiradores/amigos de los años del  exilio del artista en cuestión. Digo que nos es descubierto con la misma sorpresa porque el documental que nos narra la historia de este viejito querible nos plantea, de manera maliciosa, una partición, un desdoblamiento en dos mitades. La primer mitad bien podría llamarse la de la fascinación y la ingenuidad, ya que no hace otra cosa mas que mostrarnos al grupo de admiradores americanos corriendo detrás de los indicios de la vida pasada el viejito bonachón, que parece hablar y construir un mundo delirante. Esa fascinación tiene una base narrativa fuertemente arraigada en los mitos, que parecen ser, en definitiva, el alimento creativo del artista. El problema, en todo caso, es cuando esa fascinación del artista con los mitos (paralela a la facinación de los admiradores/amigos con el artista) encuentra una explicación, un correlato posible que nos lleva al primer párrafo de esta crítica: esa voluntad por volver a los mitos, por retornar a la grandilocuencia, pero mas que nada esa necesidad de ser reconocido y ese resentimiento por la centralidad perdida en el mundo del arte son precisamente los motivos que nos ingresan de lleno en la segunda mitad.

La segunda mitad de la película (la misma estructura demarca un claro corte entre los dos momentos) nos mete de lleno en un terreno mas espeso, que remite a la fascinación del artista consigo mismo, pero fundamentalmente de la fascinación con los regímenes totalitarios, con la grandilocuencia de los mitos, con la exaltación reaccionaria del rechazo a cualquier forma de modernidad (amparándose en el retorno a los valores y a la concepción del artista como genio que dialoga con su época, artista al que debe escucharse como si se tratara de un oráculo). En esa segunda mitad comienzan a aparecer las dudas de quienes supieron ser sus principales exégetas, incluso dentro del mismo documental, demostrando asi una honestidad intelectual inclaudicable: hablamos de adultos que narran cómo supieron conmoverse con la obra de una persona a la que creían conocer pero que en el fondo les había ocultado su pasado de colaboracionista con el régimen totalitario de carácter supremacista y ultranacionalista, antisemita y xenófobo. Pero el documental en ningún momento busca hacer leña del árbol caído, ya que sería un ejercicio fácil, lleno de comodidades. No: elige abrazar las contradicciones y lidiar con el monstruo de frente. Y no, no hablo del monstruo-persona sino con el monstruo de la mutación como fenómeno político. Lo que resulta especialmente curioso, ya que hablamos de una película plagada de admiradores del artista y su obra, pero también personas que supieron ser amigos personales. Esa mutación que lleva a cabo Szukalski es un fenómeno que no nos resulta ajeno en la actualidad, que parece haber confundido la mutación y el camaleonismo con un concepto que nada tiene que ver, que es la deconstrucción.

El cinismo de la corrección política también encubre el pasado, tergiversa la historia y genera monstruos. Pero lo monstruoso en si no es sólo el pasado, los hechos, los datos y la historia, que están ahí para ayudar, iluminar u oscurecer según el caso. El monstruo aparece cuando el camaleón se convierte en regla. El momento subversivo del documental para con la contemporaneidad que nos toca se concentra en el punto exacto en donde pudo haber elegido la manipulación, la tolerancia de la amnesia frente a los hechos y a los datos de la historia. La película opta por el verdadero centro de un acto deconstructivo: abrazar la contradicción, lidiar con el dolor de amar y al mismo tiempo odiar. No busca borronear el pasado del artista ni limpiarlo. En todo caso expone el monstruo de amar a aquello que te destruye. Y el problema de lidiar con eso.

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