Styx
Alemania-Austria, 2018, 94′
Dirigida por Wolfgang Fischer
Con Susanne Wolff, Gedion Oduor Wekesa, Kelvin Mutuku Ndinda, Inga Birkenfeld, Alexander Beyer

Un poco de empatía

Por Andrés Brandariz

El título de Styx, a priori, desconcierta. La palabra, que en la mitología griega daba nombre a una de las ninfas oceánides, no parece tener relación con la película. De hecho si hasta suena un poco rimbombante. Una vez terminado el visionado, la cosa cobra más sentido y la elección despierta simpatía: bien lejos de una omnipotencia mitológica, lo que Styx hace es destacar el heroísmo de una protagonista de un humanismo ejemplar, pero sin dejar de notar lo limitado, lo coartado que puede tener una acción individual.

Tratándose de un thriller náutico, un género cuyos elementos constitutivos son conocidos y muy claros (hay una limitada cantidad de peligros que pueden surgir de una embarcación flotando en el mar), hay en Styx incontables hallazgos al momento de la puesta en escena y el montaje. El relato se construye de manera elusiva y cautelosa: los eventos que ocurren, por un lado esperables y convencionales, sorprenden y renuevan constantemente el interés. Se trata de una historia contenida y concentrada en términos espaciales, de trama y de cantidad de personajes, en la cual la cuidadosa construcción de los hechos mantiene viva la intriga.

La protagonista excluyente del relato es Rike, una paramédica europea que día tras día, noche tras noche, observa rostros y cuerpos heridos en una carrera cíclica contra el tiempo por salvarles la vida. En busca de un descanso, Rike se decide a cumplir un sueño y emprende viaje en su bote ASA GREY hacia la isla de Ascensión. Hábil navegante, ella mantiene el pulso seguro sobre el timón hasta que, luego de afrontar una fuerte tormenta, observa en alta mar un barco que se hunde lleno de inmigrantes ilegales africanos. Intenta contactarse con autoridades en la costa, que manifiestan poco o nulo interés en el tema: lo único que le indican es que no debe intervenir. El deber es más fuerte y Rike termina rescatando a un niño tripulante, que la cuestiona e incentiva a rescatar a los otros tripulantes de forma activa. Rike debe tomar una decisión: ¿mantenerse al margen y dejar que las autoridades, carentes de interés, intervengan? ¿O involucrarse en salvar vidas resignando su propio bien y seguridad? 

La película interpela claramente a cierta clase media europea y la incita a la acción, a no ignorar la coyuntura mundial con respecto a los inmigrantes y el solipsismo hedonista de quien vive con comodidad y se aventura al riesgo sólo como vacación. También es la historia de una mujer que no puede disociarse de su rol salvando vidas, de una vocación que la lleva a curar a quien sea donde quiera que vaya. Es un ideal humanitario y también un ideal cinematográfico: aquel del profesional, que sólo puede vivir para una cosa y tiene que suplir la incompetencia de los demás. No es la Styx griega; es una Styx terrenal, que Susanne Wolff encarna con el cuerpo listo para recibir los embates del mar, filmada con la sobriedad de una cámara que le permite llenar el cuadro con su segura presencia. El montaje que le da serenidad y nobleza al drama, sosteniendo en planos de larga duración y dejando que el dramatismo emerge sin señalamientos. Esa mirada terrenal de esta Styx paramédica se trasluce en esta puesta en escena funcional, noble y casi contemplativa que nos permite instalarnos a atestiguar en lugar de buscar el mero impacto.

En este atestiguar, el accionar heroico de su protagonista decanta; a través de su mirada perdida, de su silencio cuando otro paramédico le demanda respuestas cuando la desidia ya es irreparable. Podemos admirar a Rike, pero en el final ella se hace consciente de que, trágicamente, no puede salvar a todos; de que esta limitación no es sólo suya, sino que es amplificada y hasta fomentada por la desidia ajena; de que la falta de empatía es la principal enemiga de los héroes. 

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