The Dead Don’t Die 
EE.UU., 2019, 103′
Dirigida por Jim Jarmusch
Con Bill Murray,  Adam Driver,  Tilda Swinton,  Chloë Sevigny,  Steve Buscemi, Danny Glover,  Caleb Landry Jones,  Rosie Pérez,  Iggy Pop,  Sarah Driver,  RZA, Selena Gomez,  Carol Kane,  Tom Waits,  Austin Butler,  Luka Sabbat, Sturgill Simpson,  Alyssa Maria App,  Sid O’Connell,  Kevin McCormick,  Justin Clarke, Vinnie Velez,  Lorenzo Beronilla,  Talha Khan,  Mick Coleman

Imitación de la vida

Por Diego Maté

“Los muertos no mueren”, dice la canción de Sturgill Simpson que se escucha seguido en The Dead Don’t Die. Si el espectador no conoce al cantautor country, no hay problema: la película se encarga de mencionarlo la suficiente cantidad de veces como para que uno sienta que lo conoce desde siempre. La idea de que los muertos no mueren sobrevuela seguido las películas de zombies. Pero esa fórmula admite una contracara: si los muertos no mueren, también es posible que los vivos no vivan, o que no estén del todo vivos. TDDD lo ilustra perfectamente: los personajes de Jarmusch son poco más que un puñado de marionetas cuya única misión se reduce a imitar sin mucha convicción estereotipos de las películas de zombies. Los actores pronuncian sus líneas sin el menor atisbo de pasión; ese bressonismo tenue, que al director le funciona en muchas otras películas, acá es solo apatía, dejadez, como si los personajes no estuvieran allí. Ese tono, que al director le sirve con frecuencia para enrarecer los mundos que retrata, en TDDD se transforma en una alegría boba que colma los personajes y los vacía de cualquier clase de nervio. Todo indicaba que Jarmusch era un lector hábil de los géneros, con la inteligencia necesaria para apropiárselos y modelarlos a gusto, pero en TDDD no se sabe qué le pasa, por qué está tan insensible al ritmo, a la potencia narrativa, al terror, al timing de la comedia. No pega una.

Es claro que no se trata únicamente de un problema de dirección de actores, porque Jarmusch le imprime ese mismo aire a la película toda hasta que el conjunto gravita entre una parodia edulcorada y un intento suave de subvertir el género, de ponerlo patas para arriba. Resulta que el tono deadpan, que fue el signo más reconocible de su cine, supone una alquimia bastante más compleja de lo que podría pensarse, un sistema complicado cuya sofisticación se devela justamente cuando la máquina falla, como en TDDD. Ni siquiera teniendo a Bill Murray, maestro de la estupefacción calma, del gesto mínimo, de la economía dramática, la película alcanza a hacer uno o dos chistes buenos. Para colmo, a Jarmusch se le da por la autoconciencia y pone en boca de sus personajes líneas meta en las que se habla del guion, del final, de la main theme; un jueguito infantil, pavote, que cualquier película del montón podría haber ejecutado mil veces mejor. A Adam Driver le hablan de Star Wars, la espadachín de Tilda Swinton se llama Zelda Winston; qué picardía, che. A Swinton encima le toca un personaje que parece una parodia de otros papeles suyos, en especial del que tiene en las películas de Marvel: excéntrica, artista marcial consumada, fuera de su elemento, Swinton/Winston carece completamente de corazón, no existe más allá de esa escuálida economía de guiños.

Ni siquiera los zombies representan una amenaza cabal: uno de los primeros que aparece es Iggy Pop, que sale de una tumba, se arrastra y emite sonidos guturales; como si el chiste de ponerlo al hombre en ese rol no alcanzara, Jarmusch lo hace mirar a cámara, como para terminar de cerrar el gag (por llamarlo de alguna manera). El resultado es penoso: observamos a Iggy Pop, lo identificamos enseguida, y él, por su parte, hace lo propio, nos mira desde la pantalla sin estar muy seguro de su papel; él también sabe que es Iggy Pop y no un zombie anónimo, sabe que está actuando y no se lo cree mucho. Escondido en algún lugar, Jarmusch nos mira a todos, tal vez complacido con la escenita de miradas cruzadas que se le ocurrió. La película entera se ve con la misma indolencia con la que los protagonistas asisten atónitos a la invasión de su pueblo. Nada importa demasiado, ni siquiera el destino final de la mayoría de ellos: para morir, para llegar a muerto, antes hay que haber estado un poco vivo. 

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