The Farewell 
EE.UU., 2019, 100′
Dirigida por Lulu Wang
Con Awkwafina, Tzi Ma, Jim Liu, Gil Perez-Abraham, Diana Lin, Yongbo Jiang, Shuzhen Zhou

Extranjera

Por Amilcar Boetto

Las intenciones no son mensurables. Lo que si podemos observar son los recursos, que son hechos objetivos. Por eso si bien no podemos entender las intenciones de Lulu Wang, directora de The Farewell, lo que si podemos hacer es observar los modos en los que filma. O las maneras que elige para mostrar los espacios. Sin ir más lejos no filma con los mismos recursos a Nueva York y a China. En el primer caso el foco está puesto casi exclusivamente en Billie, la protagonista. Los planos son más cerrados (incluso en interiores) y se la muestra caminando entre la gente con teleobjetivos. En China, por el contrario, apenas llega Billi al lugar, hay un travelling lateral a través de viejos edificios construidos por el viejo comunismo chino, así como un zoom out particular a un condominio. Ese simple recurso determina una idea contundente: Billi tiene una mirada extranjera de China, por lo tanto una mirada distante (aunque fascinada, cuando volvemos al plano de Awkwafina mirando, sobre todo fascinada por la nostalgia que esto le genera lo comrpobaremos), una mirada de lo macro, mientras que en Estados Unidos está compenetrada en su mundo, no observa el movimiento que hay al rededor suyo.

Este precepto que aparece en las primeras escenas, así como este contraste cultural -y espacial- va a estar presente a lo largo de toda la película. El personaje interpretado por Awkwafina es, en definitiva, una China asimilada en America y eso tiene un peso dramático importantísimo en su familia, ya que si bien sus papás fueron a Estados Unidos y sus tíos a Japón, ella es la única que paso la mayor parte de su vida “occidentalizada”. Y ahí es donde el peso cultural y la imposibilidad de entender ciertas costumbres (como la que hila la principal trama de la película: la abuela tiene cáncer y no pueden decírselo para que no sufra) juega un rol determinante. Porque en definitiva la película de Lulu Wang se concentra en revelar esto: un personaje dándose cuentas que no pertenece culturalmente a su familia. Por eso se siente extranjera. Por eso es que mira China con ojos de extranjera.

La película plantea la extranjería como un problema familiar (en una escena donde hay una larga discusión en la mesa entre hermanos de qué es mejor para criar a un hijo, si China, Japón o Estados Unidos, y allí es donde aparecen ciertos reclamos del pasado, es quizás una de las pocas escenas en los que parecería que la película está juzgando a los personajes), pero a su vez como un problema personal de Billi, en la cual ella tiene una doble sensación: irse a Estados Unidos fue lo mejor que le puede haber pasado, pero se perdió de tantas experiencias familiares (las que plantea en la escena donde discute con su mamá por esto mismo) que ahora se siente una alienigena, no solo en China, sino con su propia familia. La sensación de ser distinta le provoca una doble postura que es la del enojo y angustia por no poder ser como los suyos, si, pero al mismo tiempo cierto alivio por haber tenido posibilidades que otros miembros de su familia no tuvieron.

A su vez la directora construye a través de esta mirada extrañada que Billi tiene de China, un aparato de ficcional que se sustenta en esa mirada. Es decir, una apreciación ficcional de esas costumbres chinas (la ya mencionada de su abuela, o contratar gente que llore en visitas al cementerio) vistas desde afuera (filmadas con un teleobjetivo, a la distancia). Este aparato exageradamentente ficcionalizado por la mirada de Billi y por la forma en que Wang decide filmarlo crea una amalgama con las escenas más intimistas que antes mencioné, en la cual conviven ambas sensaciones que Billi tiene sobre su familia: la nostalgia, el amor que siente por ellos, al mismo tiempo que el extrañamiento y lo que lo aleja de ellos. Quizás el punto donde más claramente conviven estas dos maneras de filmar es en el casamiento del primo de Billi, donde se filma bajo un telón teatral el rídiculo ritual que supone ese matrimonio, pero a la vez esto convive con un plano posterior del llanto del novio en primer plano por la inminente muerte de su abuela.

En definitiva lo más interesante de The Farewell es que la despedida de Billi a su abuela se filma con este doble tono, constantemente. En ese tono puede convivir lo rídiculo con lo dramático, lo frío con lo cálido, lo inverosímil con la tristeza, el amor con un ritual de gritos algo risueño (fijarse en la escena donde Billi y su abuela practican un juego de descargas gritando “ha-ha”). En este juego de dos ficciones cruzadas es donde se desarrolla la película, llegando al punto en donde Billi acepta, gracias a su familia, la locura que le parece no decirle a su abuela que tiene cáncer, para que luego, con una sorpresa final, la directora nos anuncie que su abuela (la historia es obviamente autobiográfica) sigue viva a pesar de que pasaron casi siete años de los hechos narrados por la película. Es decir, luego de construir ese aparato narrativo doble, la directora lo rompe, desarticulando toda la representación con el golpe más duro que puede recibir: la realidad, porque, en definitiva, todo lo que vimos era una gran y elegante ficción, inclusive lo que nos tocaba más de cerca y no estaba teñido por el tinte extrañado de la mirada melancólica de su protagonista, desdoblamiento y alterno perfecto de esta manipuladora kiarostamiana llamada Lulu Wang.

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