The King 
Australia, 2019, 133′
Dirigida por David Michôd
Con Timothée Chalamet,  Joel Edgerton,  Sean Harris,  Robert Pattinson,  Ben Mendelsohn, Lily-Rose Melody Depp,  Dean-Charles Chapman,  Thomasin McKenzie, Tom Glynn-Carney,  Edward Ashley,  Andrew Havill,  Cedric Cirotteau,  Ivan Kaye, Nick Wittman,  Philip Rosch

Lo que se es

Por Ariel Esteban Ramos

The king es un producto que, a pesar de desarrollarse con esa fluidez habitual que requiere el público masivo que consume Netflix, tiene un interés suplementario. En este relato -construido con mucho y buen oficio al mejor estilo de los viejos artesanos competentes del Hollywood clásico- salta a la vista es la cuidadosa triangulación entre la historia conocida, algunas hipótesis sobre los sucesos reales y la obra de Shakespeare. Las tres vertientes están aprovechadas en la construcción del guión, que sin embargo no queda empantanado en esa tensión sino que logra tener una voz propia. Así como la Orestíada y todas las tragedias griegas trabajan sobre los antiguos mitos para dar un mensaje de época, el uso que The King hace de la Henriada (una saga de entre 4 y 8, según el crítico, de los dramas históricos shakespereanos) también tiene una idea que trasciende a su contexto original. De todos los hilos posibles a explotar la trama central de este tapiz tejerá las figuras de la responsabilidad y la soledad del poder, la amistad, la amistad y el camino hacia la madurez. Inevitables rasgos shakespereanos, pero no por eso una película reiterativa y solemne sobre temas harto conocidos.

Las películas históricas nos gustan cada vez más por su aspecto historicista, es decir, por la recreación de un cierto verosímil histórico progresivamente mejor informado por una importante masa de profesionales técnicos cuya ausencia se paga caro. El ojo atento a este tipo de producciones distingue cada vez más despiadadamente el lado A del lado B del disco del presupuesto. Sin embargo, hay mucha picardía: el vestuario no es fastuoso pero convence, los objetos clave son suficientes, la iluminación es apropiada (menos es más) y las locaciones bien planeadas para ahorrar los recursos que insumirían innecesarias escenas faraónicas. La baja edad media puede darse el lujo cinematográfico de no ser monumental. Nosotros agradecidos.

El Enrique V de Thimootée Chalamet es un flacucho licencioso por el que no damos dos guitas hasta que lo vemos hablar, pensar y sobre todo batirse cuerpo a cuerpo. Ahí le tomamos algún respeto: tesonero el flaco. La inteligencia y la bravura proverbiales del personaje histórico están muy eficazmente plasmadas. Su amigo fiel de juerga es, como en la saga shakespereana, la figura paternal de Falstaff, el tío piola con un corazón tan pangagruélico como su garguero siempre sediento. The King lo toma prestado y le cambia algunos kilos de panza por músculo y experiencia, para adentrarlo así en el tramo de historia bélica más conocido. Enrique ha subido al trono y, con buen criterio, no confía en nadie. Necesita de ese personaje que siempre le ha regalado la sinceridad. ¿Un amigo? No; Sir John se lo dice clarito: “un Rey no tiene amigos”, para inmediatamente demostrar que es el único y el mejor.

Este Enrique es, si lo comparamos con sus nobles súbditos, un pacifista que cree que las disputas internas y las guerras que su padre promovió eran innecesarias, el producto de un defecto de carácter. Puesta en escena de una lectura de la historia en donde los accidentes subjetivos son los que mueven la rueda de la historia en lugar de otros grandes determinantes: clásicamente, los intereses económicos y la conciencia de clase en una lectura más afín al marxismo. Por supuesto, la rueda le enseñará dos o tres cosas al joven Rey. El cerco íntimo tan citado en el relato peronista para preservar la figura del buen estadista popular tiene un rol similar en The King: Hal tomará las armas contra Francia bajo una fuerte presión y algo más del séquito de nobles y religiosos que conforman la corte. Esencialmente, el buen Hal es para Netflix un Rey millennial lúcido, valiente, virtuoso y bueno cuyas buenas intenciones van tan a contracorriente de su corrupto entorno, como el mejor salmón. El único problema para sostener ese relato es la historia conocida: Enrique V habría sido un hombre de su tiempo que llevó a su país a la guerra con plena conciencia y grandes ambiciones. Alguna pincelada de esto aparece en su juicio implacable para con amigos y enemigos. Distorsión perdonable porque el relato está igualmente logrado, aun con el exceso de coherencia moral que, por otra parte, no se ve conmovido en lo esencial por esta o aquella ejecución… cosas de todos los días entre los muchachos del quattrocento.

Mención aparte para Robert Pattinson como el delfín, un inútil vanidoso que con Joel Edgerton y Chalamet redondea un gran trío. Ironías del destino, que el londinense ex vampiro deba fingir un inglés afrancesado y el franco-yanqui esmirriado haya tenido que pulir, con gran éxito, su acento para un inglés real creíble. Verosimilitud acotada y diseñada: la nobleza inglesa medieval hablaba el francés rutinariamente, y se echa en falta en varias escenas en donde habría caído muy bien. Perdonable de todas formas, porque The King tampoco quiere jugar a ser una melgibsoniada. Lily-Rose Depp compone una Catalina der Valois de carácter tan fuerte como mesurado, un match que pone a Hal al conquistador de las Galias contra las cuerdas con su inteligencia.

Friedrich Nietzsche subtituló uno de sus últimos libros “Cómo se llega a ser lo que se es”. Eslogan paradójico que nuestra cultura ha simplificado de esta manera: lo que esencialmente somos es algo que se realiza yendo al encuentro del mundo y de los otros. Es como soberano, encarnación del más alto poder, que Hal debe tomar decisiones implacables asumiendo la responsabilidad total y manifestando una voluntad de hierro. En ese jardín seco, la amistad será el bien más preciado: Shakespeare decidió abandonar al barrigudo Falstaff a su suerte. The King lo aprovecha un poco más, exprimiendo las únicas dos o tres lágrimas que le veremos derramar a Chalamet antes de los títulos. Súbditos, amigos o cónyuge: sin la amistad sincera, esa ínsula de playas soleadas, el corazón navega sin rumbo sobre las sombras abisales de la duda. 

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