The Man Who Killed Hitler and then The Bigfoot Perro Blanco port

Tiempo de lectura: 4 minutosThe Man Who Killed Hitler and Then the Bigfoot

Raúl Ortiz Mory

The Man Who Killed Hitler and Then the Bigfoot
EE.UU., 2018, 98′
Dirigida por Robert D. Krzykowski
Con Sam Elliott,  Aidan Turner,  Caitlin Fitzgerald,  Ron Livingston,  Sean Bridgers, Ellar Coltrane,  Larry Miller,  Rizwan Manji,  Mark Steger,  Mark Lund,  Nikolai Tsankov, Kristen Anne Ferraro,  Mickey Gilmore,  Rob Lévesque,  Rocco Gioffre, Robert Marsella,  Scott Sederquist,  Terry Holland,  Christina Calvao, Rosemary Howard

Una piedra en el zapato

Por Raúl Ortiz Mory

Durante los recorridos que Calvin Barr (Sam Elliot) realiza por las calles de su barrio, siempre hace una parada a fin de sacarse la incómoda piedra que se aloja en su zapato derecho. Los intentos por librarse de la diminuta pieza que le impide caminar con soltura nunca llegan a aliviarlo. Al sacudir el zapato, ninguna piedra cae. Calvin, por el fastidio, arrastra una cojera forzada hasta que llega a casa, se quita el calzado, elige algo de comer, le habla a su perro, enciende un viejo televisor y se queda dormido sobre el sillón ubicado en su pequeña sala. 

Calvin tiene poco más de 70 años y un pasado que, como la piedra en el zapato, no lo deja en paz. Durante la Segunda Guerra Mundial, en sus tiempos de militar infiltrado, recibió un encargo selecto y confidencial: matar a Adolf Hitler, misión que cumplió exitosamente y calló por siempre, pero que a la vejez le causa cierto remordimiento. Lo que para todo el planeta podría ser un acto de heroicidad y justicia, para Calvin es algo aberrante y triste. No porque se trate de Hitler, sino porque nunca tuvo en sus manos decidir el destino de un semejante. Para el anciano, disparar a la cabeza del líder nazi corresponde a una acción inhumana. Quitarle la vida a otro hombre no es honorable, según Calvin, por más que sea Hitler. 

Años más tarde, el FBI y la Policía Montada lo buscará para encargarle algo inusual: asesinar a Pie Grande, un monstruo que deja regados animales muertos y bacterias por los remotos bosques canadienses. El pasado de Calvin, anónimo y legendario, personificado en el escurridizo sabueso que mató al führer, será traído al presente en medio de relatos contados por viejos militares. Calvin también encierra el recuerdo de un amor que no llegó a cristalizar y, sobre todo, un contexto en el que la tercera edad es un escenario olvidado y melancólico.

La premisa de The Man Who Killed Hitler and Then the Bigfootpuede sonar disparatada, ridícula e inverosímil. Sin embargo, el primer largometraje de Robert D. Krzykowski va más allá de ser una pieza que quiera enganchar por su título y su argumento. The Man Who Killed…es un rótulo largo que explica gran parte de lo que pasa en la película -por ello no existe remordimiento al enumerar algunos hechos en los primeros párrafos-, sin embargo, nada de lo que asoma en evidencia es consecuente a la intención de la película. 

El riesgo que asume el director está respaldado por un nostálgico sentido del humor que por momentos hurga en la soledad y la culpa que carga el personaje central. Krzykowski se apoya en incipientes señales del explotationpara, poco a poco, combinar géneros como thriller, acción y drama, siempre con cuotas de sutil ironía. 

Lamentablemente, la gran cantidad de temas que carga la película no termina por definir un sólido camino. The Man Who Killed…reclama un simpático reconocimiento para los héroes caídos y olvidados -la escena en que Calvin dialoga con el vendedor de un comercio, al que devuelve un ticket premiado de lotería, suena tan subversiva como deprimente-; pero también inyecta un reclamo hacia el gobierno americano por la bofetada de indiferencia con que trata a los “ciudadanos de segunda clase”. Si sumamos a estos dos ejes, la relación entre Calvin y su novia de juventud -una especie de trágica Penélope moderna, verdadero motor de su apatía ante la vida-, tenemos varias motivaciones que se superponen sin alcanzar una correcta cohesión. 

Es decir, Krzykowski abarca mucho y acusa de profundizar a medias cuando tiene la oportunidad de ahondar en la riqueza que sugiere la interrelación de sus personajes. Los conflictos tienen tanto potencial como poco desdoblamiento y matices, que las situaciones fraternales hubiesen funcionado si los personajes llegaban a acoplarse en circunstancias convencionales o extraordinarias. 

Krzykowski se apresura en contar lo más relevante y alarga lo descartable -todo lo que rodea a la muerte de Hitler es demasiado fugaz, mientras que el rito de iniciación en el campamento de colaboradores soviéticos roza lo irritable-. Al terminar de ver The Man Who Killed…queda la impresión de que no solo es una película corta en duración, sino que la economía de la narración afecta aspectos claves como el amplio arco temporal entre un Calvin en su versión de joven militar y el otro Calvin, taciturno y viejo, que arrastra los años sin ventura. ¿Acaso 50 años no rediseñan la personalidad de un hombre que ha vivido experiencias extremas? Es esa incierta conexión entre los dos Calvin la que se le puede reclamar a Krzykowski. 

Si bien la película no está sostenida en un gran guión, la empatía que genera Calvin extiende una atmósfera de gracia y honesta solidaridad. En tiempos donde el fanatismo por los superhéroes sobredimensionados paraliza medio planeta, The Man Who Killed…expone una lectura de antihéroe inédito que sufre, se burla de sí mismo y ama en penitencia al final de su vida. 

En su poema Autobiografía, Luis Rosales decía: he vivido con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño/sabiendo que jamás me he equivocado en nada/sino en las cosas que yo más quería. Calvin, como Rosales, sabe que la única manera de quitarse el peso del tiempo mal invertido es saldando las cuentas emocionales que lo maniataron en sus años mozos. Uno de los caminos simbólicos que deberá recorrer es la vuelta a la caza, así la presa se llame Pie Grande, porque, como una piedra en el zapato, la culpa puede ser persistente y hasta dolorosa.   

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