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Tiempo de lectura: 3 minutosThe nightingale

Sergio Monsalve

The Nightingale 
Australia, 2018, 136′
Dirigida por Jennifer Kent
Con Aisling Franciosi,  Sam Claflin,  Baykali Ganambarr,  Damon Herriman, Harry Greenwood,  Ewen Leslie,  Michael Sheasby,  Charlie Shotwell, Magnolia Maymuru,  Matthew Sunderland,  Ben McIvor,  Luke Carroll

Tu, la oscuridad

Por Sergio Monsalve

Jennifer Kent se hizo popular por Babadook, una película imperfecta y con algunos memes argumentales que lograban enderezarse por su inventiva estética, inspirada en el gótico de los anticuentos de hadas de Tim Burton. Acaso para dar un vuelco a su carrera, la directora filma The Nightingale. Y lo hace con un realismo historicista que desplaza y deja en segundo plano la condescendencia con el arte hipster de su largometraje previo. 

El cambio de registro brinda, de nuevo, un planteo seductor en una lectura primaria, pero igual de lastrado por una escritura de un melodrama pretencioso de la corrección política, como si el Steve McQueen de 12 años de esclavitud hubiese poseído a la realizadora para rodar un telefilme binario contra la colonización de Australia. Asimismo el tema no es necesariamente el mismo problema del largometraje sádico y semipornográfico de aquel. El problema es que en el fondo tampoco està tan lejos.

Hemos reportado increíbles propuestas sobre choque cultural en el género del susto y la generación de terror psicológico, desde los años de La masacre de Texas. Incluso antes, considerando el subtexto universal de Drácula, acerca del gran otro, temido y expurgado, que Francis Coppola supo condensar en su versión de 1992.

Aliens, monstruos, tiburones, enfermos, brujas y psicópatas fueron parte del habitual bestiario metafórico del género, describiendo siempre el miedo a la alteridad, a la invasión y la infección. Sin hablar directamente del Coronavirus (algo imposible: no era un problema entonces), cintas como Exterminio concentraron la fobia mundial ante el inevitable contagio y derribo de las fronteras de la globalización. 

Acaso el Covid 19 haya terminado con el relato iniciado el 11 de septiembre, aquel que indicaba la efectividad de los sistemas de seguridad, para garantizar la vida de la civilización. La bacteria que tuvo epicentro en Wuhan no conoce de límites y se infiltra por las cuarentenas de los estados de sitio, poniendo en jaque la credibilidad de gobiernos para contener la catástrofe. 

En este contexto The Nightingale (realizada en 2018, estrenada en 2019 y circulando por el mundo en la segunda mitad del año) penaliza en el contraste con la pantalla contemporánea, al transcribir literalmente un conflicto que el terror supo cosificar y alegorizar desde su origen a través del recurso de la parábola. Por eso no hay metáfora que interpretar en el predecible enfrentamiento étnico que plasma la autora con brocha gruesa. 

La primera hora, confieso, pudo confundirme y entusiasmarme en la captación de una violencia brutal e implacable que la censura condenó en Irreversible de Gaspar Noé. La protagonista, una chica irlandesa vejada por unos conquistadores ingleses, es despiadadamente machacada y humillada, con el ensañamiento que le vimos a la polémica Madre de Darren Aronosfky, un maestro vende humo que se percibe a la distancia del look qualité

Posteriormente, la película se desparrama en un bucle eterno, en una anécdota que se expande arbitrariamente, colmando la paciencia del espectador, del analista competente y de tantos más. La caricatura involuntaria se adueña de la puesta en escena, dilatando la venganza de la víctima, al límite de lo soportable y de lo verosímil. Los colonos jamás saldrán de la casilla del abuso de poder, del odio, de la intolerancia, siendo las marionetas de un guion panfletario. Inevitablemente, el buen salvaje se ocupa de ejecutar la revancha, en la cumbre del forzamiento argumental del libreto, cuyo racismo invertido es el colmo de la moraleja progresista (qué es todo rape and revenge sino una gran construcción argumental del reaccionario más pueril?) . 

Complejo de culpa y mala conciencia del “supremacismo blanco opresor”.Me había quejado de Zama en un artículo precedente. Debo pedir excusas a Lucrecia Martel. Su filme es todo lo que no es The Nightingale, un trabajo demagógico que obliga a revisar, extrañar y reivindicar la obra del australiano Peter Weir, un verdadero especialista en descubrir que la oscuridad del otro es la propia y viceversa. 

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