The Polka King
EE.UU., 2017, 95′
Dirigida por Maya Forbes y Wallace Wolodarsky
Con Jack Black, Jenny Slate, Jason Schwartzman, Willie Garson, Vanessa Bayer, Robert Capron, Jacki Weaver, J.B. Smoove, Kati Salowsky, Juani Feliz, Brina, Owen Burke, Leah Procito, Alex Ziwak, Shawn Contois, Brandon Scales

Comer las sobras

Por Diego Kohan

Como en esos equipos de segundo o tercer orden adonde llega alguna veterana estrella en declive, Jack Black recurre a todo su talento y carisma para potenciar la comedia biopic The Polka king, como si pudiera salvar al equipo con su presencia. O al menos sumarle un aliento de gloria pretérito. Pero –y aquí es importante el “pero”- el “equipo” no da dos pases seguidos y acumula derrota tras derrota. Nada funciona en TPK (de aquí en más la llamaremos de este modo). Veamos por qué.

La película cuenta gran parte de la vida de Jan Lewinson, El Rey de la Polca en cuestión –claro- y estafador a gran escala en formato Esquema Ponzi, reuniendo inversiones de particulares, mayormente de ancianos. En varias de las reseñas que he leído, vaya uno a saber por qué, TPK es catalogada como comedia. Entiendo que es más bondadoso (y equivocado a la vez) decir comedia que “chata”, “liviana” o “insulsa”, porque el mayor defecto de esta película es estar más pendiente de contar todo lo que se puede leer en wikipedia que del objetivo por el cuál se decide hacerlo, como si el mayor atractivo fuese difundir una historia atípica (que además ya fue retratada en dos documentales: Mystery of the Polka King (2007) y The Man Who Would Be Polka King (2009)), como si se tratara de un mito barrial, pero hasta en eso es fallida TPK, puesto que, por ejemplo, el Lewinson real contó que su vínculo con el Papa Juan Pablo II fue mucho más fluido y cercano que lo que retrata anecdóticamente la película.

Como comedia, TPK no saca carcajadas ni sonrisas cómplices o satisfactorias (más propias de otro tipo de humor) y como grotesco se queda a medio camino, no como un auto sin combustible sino como un conductor desorientad: ni siquiera se elige explorar el costado más oscuro del personaje, que en su ignorancia inicialmente genera una estafa sin proponérselo, pero que al asumir la situación no duda en potenciarla o, incluso, en prometerle a un grupo de jubilados conocer al Papa. Retratar de este modo insulso a Lewinson es fruto, por acción u omisión, de la puesta en escena de Maya Forbes.

Es posible que en algunas de las cientos de películas basadas en hechos reales (como ya comenté en su momento con otros no estrenos como Aftermath y Sandy Wexler) haya alguna situación inverosímil, difícil de sostener, y que su mejor argumento sea la autoconsciencia de saber que el espectador sabe que la fábula está siendo representada “tal cuál sucedió” (me refiero al qué, a los hechos duros, no al cómo), pero abusar de esto y exprimir el recurso a la totalidad de una película es una idea torpe. Lo “real” puede ser un motor o un ancla, y en TPK siempre es esto último. En definitiva, los personajes son extraños, si bien no caricaturas, tampoco son muy verosímiles, como si algo del tono de los personajes no lograra definir el tono justo. Lo mismo ocurre con los eventos: basta con ver el episodio en el que llora por el accidente de su hijo y no entender si es una situación cómica o si pretende conmover. Cada paso que se da en la película sólo está sostenido por la promesa de que todo ello realmente sucedió como se lo cuenta. TPK avanza con episodios, elipsis extrañas y omisiones, con problemas y soluciones, pero sin exhibir fluidez alguna, como si se trataran de anécdotas sueltas, dispersas. Todo pasa sólo por estar escrito en el guión, sin lógica cinematogr, como un mago que hace aparecer la paloma sin haber hecho todo el acting previo.

La película va dejando tantos fragmentos de historias por contar que su mayor fracaso, quizás, termine siendo el dejarnos con la sensación de que se podría haber hecho una biopic de ocho horas o una serie excelente. No son poco interesantes los muchos aspectos de la vida de Lewinson, incluyendo aspectos su vida en la etapa de músico sin éxito, su rol de empresario de bajo calibre cual pyme musical, su inmersión en las estafas, la relación con su pareja y su hijo, etc, etc. Finalmente Maya Forbes cocina una pizza con 8 porciones de distintos sabores, como si hubiera tirado sobre la masa todos los sobrantes encontrados en la alacena.

TPK basa todo su relato en la exposición y punto de vista de su protagonista, que resulta un personaje tan chato como todos. A su vez la actuación de Black es tan exigida (no mala: exigida), que aunque retrate bien a la persona real le impide mostrar algo más allá de lo superficial. No hay sutilezas en TPK: para comunicar que el protagonista está realmente angustiado, se recurre a mostrarlo llorando en soledad y a escondidas en su auto, lo que me recuerda esa frase que Anthony Hopkins dijo en alguna entrevista en Inside the Actors Studio, explicando que un buen actor no debe llorar para que el espectador llore. Bueno, aquí no le dieron pelota al pobre Hopkins.

Los fans de Jack Black bien pueden disfrutar de su encanto. Viendo el tráiler de TPK, claro.

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