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Tiempo de lectura: 3 minutosThe vast of night

Gabriel Santiago Suede

The Vast of Night 
EE.UU., 2019, 91′
Dirigida por Andrew Patterson
Con Sierra McCormick,  Jake Horowitz,  Bruce Davis,  Gail Cronauer,  Mollie Milligan, Richard Jackson,  Gary Teague,  Mallorie Rodak,  Brett Brock,  Nicolette Doke, Brandon Stewart,  Jessica Peterson,  Pam Dougherty,  Laura Griffin

Gestos, atisbos, probabilidades, espasmos

Por Gabriel Santiago Suede

Nada de lo que sucede a lo largo de los 91 minutos de The vast of nigh nos es particularmente ajeno a quienes amamos con intensidad al cine clase B, al fantástico, a las series unitarias que supieron ser convocante para el público masivo hace casi 50-60 años y que hace poco revivieron parcialmente con Black Mirror. Nada de eso no es ajeno porque toda la película de Andrew Patterson está atravesada de semejantes influencias. Pero si fuésemos a juzgar las condiciones de una película por sus influencias previas (para bien o para mal) estaríamos ingresando por el camino mas incorrecto de todos. En todo caso las influencias componen un material de trabajo, con el cual poder moldear ideas, con el cual poder orientar la dirección de operaciones. Pero a veces el material excede, a veces las influencias se imponen, a veces la necesidad de diferenciarse es mas fuerte. O simplemente la relación es espamódica.

Se me ocurre que la disyuntiva del director, a la hora de encarar un material cuyo origen tenía mas puntos de contacto con el cine de Peter Bogdanovich (y hasta con American Graffitti) antes que con el sci-fi televisivo de los 50s-60s, estaba dada por el modo en el cual abordar todo el asunto. Si hacer coexistir las influencias, si habilitar un sistema de expectativas cumplidas o no. O si caer en los lugares comunes del retro-museismo o patear el tablero. Pero lo que no me había imaginado es que se propondría todas las opciones juntas (no a la vez, claro), en un verdadero descontrol de tonos, ritmos, formas. Curiosamente esa capacidad esquizofrénica dota a The Vast of night de la libertad suficiente como para hacernos disfrutar de algunos de sus segmentos (el inicial es extraordinario, no solo formalmente sino narrativamente, de un virtuosismo andersoniano), pero también para cuestionar fuertemente las decisiones de otros, como si en realidad se hubiera tratado de un film colectivo, de la clase de películas multicéfalas que se disfrutan por el cruce pero también se padecen.

En alguna medida, a partir de sus recursos contrapuntísticos (pasar de grandes y complejos planos secuencia recorriendo el espacio abierto a planos fijos casi sin mediar acción, acaso el contraste mas visible, formalmente hablando) uno puede comenzar a construir una estructura mental del trabajo de la película. Porque al tomar distancia del sistema, el asunto de vuelve mas claro, los dispositivos mas coherentes y las decisiones enloquecedoras, partes sensatas de un paradigma. Y es que The Vast of night es hija dilecta de su tiempo, un presente caracterizado por la parcialidad, por los riesgos corridos a medias, por la articulación de variables múltiples de entrada. Qué significa esto? El presente tiene un terror sobrenatural a los géneros clásicos. Pero en particular a la ética del clasicismo y su confianza en las imágenes, en la fluidez narrativa, en la construcción del punto de vista, en la confianza en los personajes, pero también teme a la asunción de riesgos. Y todo riesgo es un límite, un recorte, una decisión. Lo que está ausente en The Vast of night es eso, precisamente: la toma de decisiones. Lo que hay, lo que prevalece, es la convivencia solidaria entre las muchas vías de entrada/salida al relato, como si su director hubiera elegido la opción mas segura: no elegir nada y elegir todo a la vez. En su tibieza, en su neutralidad estructural, la película es entrega al ejercicio virtuoso y vistoso, pero también se entrega a la asepsia, a la sensación de un cine sin cuerpo.

Con la llegada del final, con el cierre del conflicto, nos retrotraemos a un cine, a una época y a unos modos en los que la película no cree ni ha demostrado creer. Porque en el fondo todo ha sido un juego, un ejercicio simpático, una práctica de las posibilidades formales y los límites (algo de todo esto me recordó mucho a esa obra fría y distante con el pasado al que refiere como era Berberian Sound Studio), pero nada mas que eso. Cuando termina, nos olvidamos. Porque el olvido es también la mejor forma de volver a los clásicos sin la aplastante certeza de que ya no se puede narrar sino es a través de los espasmos, de los gestos parciales, de los atisbos de arrimarse a un género, de las probabilidades de que creamos que ahí hay vida. Todavía.

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