The wandering earth (Liu lang di qiu) 
China, 2019, 125′
Dirigida por Frant Gwo
Con Jacky Wu,  Li Guangjie,  Qu Chuxiao,  Ng Man-Tat,  Zhao Jinmai,  Mike Sui Kai, Lei Jiayin,  Li Hongchen,  Zhang Yichi,  Qu Jingjing,  Yang Haoyu,  Wang Zhi

Un osito de peluche de Taiwan

Por Gabriel Santiago Suede

Se van armando los puntos de contacto. De a poco. No se trata del éxito del cine oriental en occidente. Si fuera asi, el fenómeno del que voy a hablar ya tendría varias décadas encima. Tampoco se trata de los directores orientales exiliados. Ni siquiera hablamos de una occidentalización de oriente, que tampoco sería algo demasiado novedoso (al final de cuentas estamos en un mundo transnacionalizado y con un aplastante colonialismo cultural desde hace un buen rato). No, lo que está pasando es algo distinto, del orden de la planificación del futuro en función de la reescritura del pasado.

En alguna ocasión, no me pregunten por qué, me topé con una serie de libros de Cesar Aira que hablaban o que, en todo caso, se reconocían en los tópicos de temas más o menos característicos de la literatura argentina y de ciertos autores en particular. A partir de eso comencé a indagar qué relación había entre ese hombre que entregaba la friolera de cinco o seis novelas cortas por año y como esa producción, en alguna medida, estaba inundando el mercado editorial argentino. Pero, claro, el fin de Aira no era reventar las ventas, sino hacer una operación sustantiva: instalarse escriturariamente en una tradición hasta terminar tergiversando la relación con ese origen. Es decir: la gauchesca de Aira tenía que ser, antes que nada, una imitación perfecta de la literatura gauchesca para luego, en un segundo paso, ser una reescritura mejorada de esa tradición a la vez que consciente del acto de falsificación. La idea de falsificación, sin ir más lejos, es airana por excelencia. Falsificar es también un modo de crear una obra y de desacralizar. La idea de la falsificación aparece, en muchas de sus novelas, entonces, asociada a las chcucherías. Más particularmente a las chucherías de origen chino. Sin ir más lejos, no muy lejos de mi casa (alguna vez viví en el Barrio Chino de Flores, hoy no) las calles estaban plagadas de baratijas. Pero una siempre me llamó la atención en particular: los superhéroes replicados a lo bestia, como si en efecto se pudiera llevar adelante una reproductibilidad del imaginario de Marvel y DC cruzados y conviviendo sin ningún problema: Batman y Iron Man en un mismo packaging, Wolverine y Linterna Verde, Flash y Pantera Negra. Y así. Impunidad absoluta. Pero juego también. Al final de cuentas a ningún niño pequeño debería importarle demasiado el origen de la chuchería, sino si cumple su función.

Pero volvamos a Aira. En la novelita breve El Mármol Aira lleva al extremo esta paradoja de la chuichería como creadora de mundo, como clave, en todo caso, de apertura a un mundo distinto. Ese mundo de las falsificaciones, de las berretadas, de lo kitsch, es en su obra el centro mismo de una operación típicamente vanguardista: el juego de las apropiaciones y las reescrituras como un juego que desarma las jerarquías culturales (aunque Aira jamás lo diría de esta manera y con estas formas tan pomposas). Ahora hagamos un salto y pongámonos solemnes: hace un par de años un farsante filósofo coreano logró ponerse de moda sin que yo pueda comprender muy bien el por qué. Este señor, Byung-Chul Han, no obstante, la había pegado con algunas ideas que, como bien mencioné antes, ya estaban en otros autores (planteadas de manera mucho más interesante, inclusive). Hace apenas un par de años conocimos la traducción al castellano de un pequeño libro de este autor. En “Shanzhai”, se trabaja el concepto que le da nombre al libro. Este concepto no es otra cosa mas que la “apropiación de una forma o una idea, desestimando su estatus de originalidad. Un shanzhai es un fake, una copia pirata, una parodia. Aplicado en un principio a las falsificaciones de productos electrónicos y marcas de ropa, este concepto hoy abarca todos los terrenos de la vida en China” como bien reza la breve introducción de la contratapa al libro. Pero prosigue, por eso la cito: “su atractivo radica precisamente en la variación funcional e ingeniosa, son mucho más que meras falsificaciones baratas. No pretenden engañar a nadie. Su capacidad de innovación, que es innegable, no se define por el genio o la creación ex nihilo, sino por ser parte de un proceso anónimo y continuado de combinación y mutación”. Bueno, todo muy rico, muy lindo. Pero como dije antes, sobre copias y sobre falsificaciones conscientes se ha escrito mucho y bastante mejor que Byung-Chul Han. Asi y todo, no me pregunten demasiado los motivos, cuando vi esa cosa rarísima llamada The Wandering Earth volvieron juntitos y de la mano Aira y el vendehumo coreano. Y llegaron a un acuerdo (en mi cabeza). Sobre ese acuerdo voy a intentar hablar. Porque me empezaron a brotar hipótesis de futuros inminentes. Asi que si esperan una crítica convencional, vayan pasando a la siguiente nota. No va a ser el caso. Apenas si vamos a esbozar algunas barbaridades futurológicas (en las que seguramente vaya a meter la pata una y mil veces).

1. The Wandering Earth es una avanzada concreta de reescritura vulgar de algo que hemos visto una y mil veces: occidente (y más en particular, EE.UU.) ganando la batalla contra el fin del mundo. Pero al reescribirlo convierte a China, como potencia todoterreno, en el centro de los intereses. Se trata de una reescritura empeorada? Si, en buena medida lo es. Se trata de un acercamiento al imaginario audiovisual de un sistema de copias y copias de copias pero con un cambio en el eje cultural? Si.

2. TWE no tiene otra cosa para ofrecernos más que su alto desarrollo tecnológico detrás de toda y cada una de esas baratijas. Son berretadas caras. Chiche de nuevo rico. Pero también un intento de salto de mercado. Hoy por hoy nos resulta ajeno, insostenible. Pero los oficios de la multiculturalidad harán lo suficiente como para que ese imaginario sea cada vez más naturalizado (de hecho hablamos de la película que rompió todos los récords de taquilla en lo que respecta a películas de ese origen vistas en esa nación: el reconocimiento comienza por casa).

3. Como si fuera una de esas falsas novelas malas de Aira, estamos ante una película que recrea (a sabiendas? No lo sé) un pasado reconocible en una tradición de los géneros (como el del cine catástrofe) que está plagada de lugares comunes. El punto es que esa recreación no es solo un anacronismo sino que es también anatopismo. Esos desplazamientos culturales son parte del nuevo juego de intereses geopolíticos (que poco deberían importarnos si nos importa el cine), del nuevo mapa de inminentes hegemonías.

4. Nada de lo que cuenta TWE es particularmente nuevo, interesante, conmovedor. No hay nada que modifique nuestra experiencia como espectadores. O en todo caso, lo que nos modifica como tales es la condición de consumo: podemos volver a ver todo, otra vez, desde una nueva perspectiva colonial? Podemos reescribir y reeleer todo lo que conocimos y vimos pero desde la perspectiva de un mundo nuevo (viejo) que necesita de nuestra amnesia cultural? No sé si se puede. Lo que si sé es que el único modo de atravesarlo sin sentirse un conejillo de indias es, también, no tomarse demasiado en serio el asunto. La corrección política y el multiculturalismo sumado a esta suerte de neocolonialismo orientalista precisa de consumidores y generadores activos de ghettos. Y quizás lo mejor que tengamos para hacer con eso sea reírnos y disfrutar de tanta berretada junta. Junto con Linterna Verde, Wolverine, Aquaman, Patoruzú y todo aquello que mezclado nos haga salir pronto de la línea de consumo inmediata. Ver las películas y jugar con ellas.

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