Uncut Gems 
EE.UU., 2019, 135′
Dirigida por Ben Safdie & Joshua Safdie.
Con Adam Sandler, Kevin Garnett, Idina Menzel, Keith Stanfield, Julia Fox, Eric Bogosian, Judd Hirsch, The Weeknd, Sean Ringgold, Sahar Bibiyan

Tener una vida

Por Federico Karstulovich

No recuerdo en mi vida como espectador (quizás con la casi única excepción del visionado de La guerra de los mundos versión Spielberg) haber sufrido tanto por un personaje y haberlo trasladado tan fuertemente al cuerpo (al cuello en particular) como con la última película al día de hoy de los hermanos Safdie. Uncut Gems es una pesadilla de estrés, de malestar y encima tiene a Adam Sandler en estado de gracia, como si se comportara como un Barry Eggan (el protagonista de Embriagado de amor, película citada aquí en una escena en la que Sandler viste igual que en aquella: con un traje azul) de una dimensión paralela. Si, hay suficientes dosis de policial negro (más bien lo que suele llamarse cine criminal), pero la película excede esas clasificaciones, porque las sobrepasa y convierte la búsqueda de dinero de parte de su protagonista, Howard Ratner (Adam Sandler) para convertir ese periplo desesperado para pagar deudas en una suerte de carrera vital para salir hacia algún lado distinto que no sea la vida de mierda que lleva.

Todo el recorrido narrativo de Uncut Gems es un relojito perfecto donde las piezas se intercalan para que la película nunca se olvide de narrar. Casi no hay tiempo ni para respirar porque en todo momento se nos está brindando información clave, lo que pasa es que nos resulta muy difícil retenerla y actualizarla excepto cuando las piezas empiezan a hacer avanzar el dominó. Por eso frente a la película experimentamos una doble sensación: por un lado estamos ante una carrera contra el tiempo para pagar una deuda con la mafia -y eso es lo que marca la base rítmica-, pero a su vez nos encontramos ante una serie de variaciones desesperadas de un personaje más grande que la vida dando manotazos de ahogado para intentar aprehender (si, con h) algo que le evite hundirse en la ignominia de todas las decisiones horribles que ha tomado. La primer película es la que nos hace sufrir porque a los pocos minutos empatizamos con ese joyero que solo quiere salvarse y al mismo tiempo salirse de las cagadas económicas que cometió. Pero la segunda, la más desesperada, es la que nos tiene agarrados del estómago, porque es la historia universal de una persona queriendo dejar de ser lo que era, atrapado en un laberinto de gente horrible -o quizás al revés: atrapado entre gente que actúa con un código menos ambivalente que el suyo y por lo tanto, por contraste, parecen enemigos-.

Nada de lo que cuentan las dos historias que construyen el centro duro de la película podría suceder sin la música, sin el sintetizador climático de las películas de los Hermanos Safdie. La música, como en las películas anteriores, construye también un ingreso inmersivo, casi lisérgico, como si los personajes estuvieran en un viaje del cual no pueden salir. Esa condición sonora es apenas el punto de entrada para una serie de dispositivos formales que la película maneja consecuentemente, en dirección a un objetivo común: el encierro. Los planos no dejan respirar, ya sea porque al ser abiertos están abarrotados de cosas, de movimiento o porque son lo suficientemente pequeños como para no poder restituir un fuera de campo que nos permita recuperar aire. El uso de teleobjetivos en los lentes refuerza aún más esa claustrofobia desesperada y desesperante: no hay espacio exterior, incluso cuando lo hay. Solo las ventanas son una huída. El montaje es una sucesión rítmica que tampoco permite asentarse en un plano, porque todo el tiempo se está desarrollando algo en el siguiente, como si el corte directo siempre se comiera información entre el plano previo y posterior. A su vez, cuando lo que prevalece es el montaje interno, lo que hacen los directores es construir un sistema coreográfico de entradas y salidas en el plano de modo que nunca podamos obtener precisión definida de lo que sucede (al punto tal que esos movimientos nos hacen perder la precisión de quien está en el fondo del plano, en profundidad, incluso siendo importante para la narración a futuro). Si, Uncut Gems es una película virtuosa, pero su virtuosismo no es vistoso, no es un museo, sino una galería de dispositivos funcionando conjuntamente con una precisión que arremolina, que nos caga a piñas.

Pero volvamos a Sandler que es el gran sostén de todo este dispositivo asombroso y perfecto. Volvamos a Sandler porque volvió. O porque nunca se fue y en todo caso siempre se comportó como una bestia dormida que, cuando es correctamente activado, se despierta y se lleva puesto lo que tenga adelante. A ver: Adam Sandler siempre fue un gran actor. Siempre. Sencillamente que todas sus enormes participaciones en el contexto de la Nueva Comedia Americana de los 90s y los primeros 2000s siempre funcionaron como la perfecta excusa para minimizar su trabajo, para hacerlo invisible. No hay menos arte en El Aguador, en Ocho noches de locura, en Como si fuera la primera vez, en Little Nicky que en Embriagado de amor, Hazme Reír y Uncut Gems. En todo caso en las primeras no hay una mirada autoral definida de parte de un director (pero si de parte del productor-actor que Sandler es) y en las segundas es la mirada del director la que busca explotar el componente estrella del actor para darlo vuelta como una media y llevarlo hacia terrenos menos explorados. El problema con Sandler no son las comedias, sino, precisamente (y aquí la reflexividad de Uncut Gems lo hace evidente) no saber cómo salir de si mismo. El problema de Sandler es el automatismo, no el humor. Pero es un problema bastante más que previsible en buena parte de los actores populares, que en algún momento de su carrera se preguntan cómo carajos dejar de ser lo que se es. Si, en algunos casos se produce la mutación, pero en otros la tortura de no saber salirse de la propia encerrona supone un tortuoso camino de películas sin vida, como la horrible Misterio a bordo (inexplicablemente una de las cosas más vistas en Netflix en 2019).

Nuevamente: el punto era despertar a la bestia, traerlo y hacerlo recordar quién es. Ojo: no es traerlo para darle prestigio a un actor de comedia, no. Es traerlo para sacarlo del laberinto de su propia incapacidad de cambio. Y el Sandler de Uncut Gems es, como en las grandes versiones de los autores que supieron trabajar con él, un Sandler autoconciente de su rol. Por eso a lo largo de la película lo que vemos no es sino todo ese proceso de mutaciones que nos había negado, como si en efecto durante toda su carrera se hubiera estado preparando para este papel, para desdoblarse en muchas posibilidades dentro de una misma película. Para mutar como un body snatcher desesperadamente a lo largo de diversos tonos, haciendo que ese juego sandleriano de lo alto y lo bajo, del grito y el susurro, tenga en el medio todas las combinaciones posibles de los puentes, de las transiciones entre sentimientos. Por eso la cara de este actor extraordinario se faceta más que nunca, como si cada parte de ese rostro (pero también de ese cuerpo) adquiriera la capacidad de actuar con autonomía, como si ese cuerpo estuviera encerrando a un persona que pugna por salir en todos y cada uno de los poros pero que es contenida en un cárcel de imposibilidades varias. Esa maravilla de lograr ser tantas cosas a la vez (algo dificilísimo: no estamos frente a esos actores mutantes del método, sino frente a un actor disociado, con todos los recursos activados a la vez, en un verdadero espectáculo actoral justificado que convierte a esa tensión interna en la tensión de un personaje por huir de su mundo).

El milagro cinematográfico de la película de los Safdie es el de poder hacer tantas cosas tan bien al mismo tiempo y que nada de eso parezca sobreactuado, forzado, sino que se articule con la necesidad vital del personaje que está en el centro de esa locura de la que no se puede escapar vivo (literalmente). Sandler vuelve a dar gritos desesperados pero en silencio, como si no existiera otra opción para encontrar una vida más que ponérsela contra todos los muros del laberinto. Y salir tan herido, tan destrozado, que lo único que quede sea una masa amorfa de sueños rotos.

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