Nuestra hermana menor (Umimachi Diary)
Japón, 2015, 127′
Dirigida por Kore-eda Hirokazu.
Con Haruka Ayase, Masami Nagasawa, Kaho, Suzu Hirose y Ryo Kase. 

Los mundos posibles

Por Sebastián Santillán

El tardío pero igualmente oportuno lanzamiento en Argentina de Nuestra hermana menor(2015) de Kore-eda Hirokazu nos permite preguntarnos por qué es el único cineasta oriental que en los últimos años ha contado con estreno medianamente continuo en salas de nuestro país. Si bien los premios en festivales son un factor a considerar —Kore-eda viene de ganar nada menos que la Palma de Oro del Festival de Cannes por su película Shoplifters—, los mismos nunca son garantía alguna de éxito comercial. Tampoco es explicación posible la idea de cierto atractivo por lo “exótico”, ya que el mismo se ha comprobado más bien expulsivo en términos comerciales. Al contrario, el mayor atractivo de las películas de Kore-eda parece ser su universal propuesta, de carácter humanista, que desde un lugar puntual, concreto y propio busca reflexionar sobre las relaciones entre las personas. Kore-eda se inscribe en la tradición de los cineastas que comprenden que para hacer cine universal las películas tienen que ser primeramente locales y contemporáneas. Nuestra hermana menor suma además una perspectiva sobre estos tiempos, marcados por el replanteo crítico del rol de las mujeres en la sociedad, que la tornan particularmente valiosa.

 

Adaptación del manga de culto Umimachi Diary(2007) de la autora japonesa Akimi Yoshida, un josei —es decir un drama realista orientado a adultos, principalmente mujeres— que ganó renombre internacional luego de ganar el prestigioso premio Manga Taishō, la película se centra en la historia de las tres hermanas, Souchi (29 años), Yoshino (22 años) y Chika (19 años), que viven juntas en la casa que fue de su abuela en la  ciudad de Kamakura, luego que sus padres las abandonaron al quebrarse su pareja hace alrededor de 15 años. A pesar de todo las jóvenes lograron organizar una vida amena y sin sobresaltos, hasta que la noticia del fallecimiento de su padre las obliga a asistir a su funeral en la lejana ciudad de Yamagata. Allí conocen a Suzu (13 años), su tímida pero cálida hermanastra, quien ha quedado huérfana al haber fallecido antes su madre. Intempestivamente Souchi invita a Suzu a ir a vivir con ellas en Kamakura, algo que la adolescente acepta emocionada. La incorporación de Suzu a la casa potenciará los roles y la dinámica del hogar, dejando en evidencia heridas calladas durante mucho tiempo respecto a sus ausentes padres.

 

El aspecto más destacado de la película es su capacidad para presentarnos las personalidades de cada una de las hermanas a partir de situaciones que las definen. Sin duda Souchi, la mayor de las jóvenes, la que adoptó el rol de madre de sus hermanas y guardó en su interior rencores hacia sus progenitores por haberle robado la infancia, comparte nexos emocionales con Suzu, la adolescente que con gran adultez vivió situaciones muy similares. Pero serán las cuatro hermanas quienes construirán juntas un hogar común, afrontando pérdidas, tomando decisiones, creciendo, equivocándose y volviendo a empezar. En un contexto en que los hombres son presentados como figuras fugitivas, evasivas y sin compromisos, las hermanas buscarán caminos para afrontar las crudezas de la vida.

La duración de la película (128 minutos) podrá parecer excesiva para algunos espectadores, pero es completamente coherente con un retrato que evade los apresuramientos y sobresaltos como vehículos expositivos, con un cámara que se mueve levemente y que a veces parece flotar al ritmo de los latidos. La adultez del planteo argumental de la película, que carece de cinismo y que expresamente busca caminos para sanar las heridas del alma, nos permite pensar la película dentro de la rica tradición del cine como instrucción emocional.

 

A veces comparado con Yasujirō Ozu por las reseñas más apresuradas, la propuesta de Kore-eda Hirokazu en realidad tiene poco en común con la del realizador de Cuentos de Tokio, más allá del abordaje de las relaciones interpersonales dentro de lo familiar. Yasujirō Ozu fue un sutil transgresor formal, que desde un modelo industrial se las arregló para introducir rupturas de la convención. En cambio Kore-eda Hirokazu es un narrador clásico, cuyo talento pasa por exponernos un relato preciso y prolijo, en el cual la historia y los personajes puedan desplazarse sin fisuras. Su mérito es también su límite: tal vez Nuestra hermana menor hubiese ganado en potencia si hubiese tenido mayor riesgo formal. O tal vez no, porque la belleza de la película es su cálida simpleza, su fe en que es posible construir un mundo humanista, donde las personas puedan ser felices a pesar de lo sufrido. Y sin duda su genuina esperanza por ese mundo posible es una hermosa transgresión, muy bienvenida.

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