Operation Finale
EE.UU., 2018, 109′
Dirigida por Chris Weitz
Con Oscar Isaac, Ben Kingsley, Mélanie Laurent, Joe Alwyn, Nick Kroll, Greta Scacchi

La caza 

Por Carla Leonardi


1. Los hechos
Las placas de apertura contextúan que el régimen nazi entre los años 1939 y 1945 asesinó a 6 millones de judíos en Europa. Finalizada la guerra, los principales líderes de las SS se suicidaron y otros fueron llevados a juicio en Nuremberg (Alemania). Pero uno de sus ideólogos, Adolf Eichmann, logró escapar hasta que en el año 1960 el servicio de inteligencia israelí (Mossad) dio con su paradero en la zona de San Fernando, en la provincia de Buenos Aires.

El prólogo sitúa a los dos protagonistas del film. Por un lado, el agente del Mossad Peter Malkin (Oscar Isaac), que carga con el dolor de la pérdida de su hermana Fruma (asesinada por los nazis, que aparece a través de recuerdos y ensoñaciones fantásticas), el cual trata de exorcizar mediante la pintura. Y por otro lado, el prófugo de la justicia Adolf Eichmann (Ben Kingsley), que fue el encargado de organizar las deportaciones de judíos en el sistema de trenes para enviarlos a los Campos de Concentración, y que fue conocido como “el arquitecto de la Solución Final” al problema que significaban los judíos para los nazis. Entre ambos se dará un juego de búsqueda y persecución, apareciendo Eichmann como el ratón que siempre consigue engañar y escapar del gato, en un duelo de estrategias de intimidación y persuasión.



Operation Finale
aborda el procedimiento por el cual un grupo de hombres del Mossad llevó a cabo la captura de Eichmann en Buenos Aires (que se ocultaba bajo la identidad de Ricardo Klement, gerente de la fábrica automotriz Mercedes Benz) y su posterior traslado a Israel para ser juzgado. Esta acción fue conocida con el nombre que da título a la película y también como Operación Garibaldi, en alusión a la calle en la cual vivía Eichmann.

La operación finale que da el título a la película se llevará a cabo en los días previos a los festejos por el 150 aniversario de la independencia en Argentina, lo cual les brindará el pretexto para hacer llegar un avión hasta el país (Israel no tenía vuelos hacia Argentina en esa época) y camuflar al equipo de espías liderado por el interrogador Aharoni (Michael Aronov). Integrará también el grupo una médica encargada de la sedación de Eichmann durante el vuelo, Hanna Elian (Melanie Laurent), ocasión para ver nuevamente a la memorable Shoshana de Bastardos sin gloria (Quentin Tarantino, 2009), aunque aquí su papel es secundario y se la introduce mediante un romance frustrado con Peter Malkin.

2. El relato de los hechos
En un cine de la Buenos Aires de 1960, la escena de un hombre indagando con enojo a su prometida si desciende de una madre negra, provocará angustia en una joven y a la vez la risa de un grupo de jovencitos. El intento de Sylvia (Haley Lu Richardson) de callarlos provocará su encuentro con Klaus Eichmann (Joe Alwyn). El vínculo entre ambos prosperará, y Sylvia llevará a Klaus a conocer a su padre. Durante la conversación en la cena, Klaus le contará al viejo y ciego Lothar Hermann (Peter Strauss) que su padre era de la SS, que murió en la guerra y que ahora vive al cuidado de su tío Ricardo, que es como un padre para él. De allí le caerá la ficha a Lothar, quien es un judío que se hace pasar por católico, que el padre del joven es nada menos que Adolf Eichmann. El anciano dará aviso al Mossad. En este punto la película no es fiel a los hechos históricos porque hace aparecer la operación de captura y secuestro de Eichmann como consecutiva a la denuncia de Lothar, cuando en realidad la identificación realizada por el anciano Hermann fue en 1957 y  archivada por el Mossad debido a no dar suficiente crédito a la palabra de un ciego como para destinar recursos. Será recién en 1960, que el Mossad, bajo ordenes directas del primer ministro Ben Gurión, se decidirá a intervenir cuando la figura de Eichmann aparezca como necesaria para responder a intereses políticos (mostrar al mundo que Israel, excluido de los Juicios de Núremberg, podía también juzgar a sus verdugos) y sobre todo sociales (un Israel que estaba pasando por una  crisis existencial  y necesitaba un punto en torno al cual pudieran unirse las nuevas generaciones post-Holocausto).

Que la película no respete los hechos históricos de modo fehaciente no es en sí mismo un problema, ya que se trata de una ficción basada en hechos reales y no de un documental que busque reflejar la realidad histórica. El problema es cuando la alteración temporal, omite o tergiversa cuestiones históricas dignas de profundidad vinculadas tanto al contexto socio-politico de Israel como de Argentina, ofreciendo una visión sesgada. A propósito de esto último, se muestra un contexto social bastante vago, signado por constantes controles policiales y de inestabilidad política, sin profundizarse en el complejo contexto del gobierno Frondizi, cuyas decisiones estaban controladas por el poder militar, que luego lo derrocaría. En este marco light, la película introduce reuniones secretas de nazis que siguen pensando que los judíos son la podredumbre que va a infectar al país, liderados por Carlos Fuldner (Pêpê Rapazote), empresario que ayudó a muchos criminales nazis a escapar e instalarse clandestinamente en Argentina.

La película de Weitz presenta a Peter Malik como una suerte de héroe que logró que Eichmann cediera y firmara el documento con el cual sacarlo de Argentina y que pondrá su vida en riesgo para lograr que el vuelo despegue. En este punto, conviene recordar que no se trataba de un chico bueno, sino de un espía del Mossad, un hombre que hacía inteligencia para capturar a “enemigos” de Israel y que la operación violaba completamente la soberanía argentina, cuestión sobre la que no se realiza crítica alguna en la película.

El procedimiento, que contará con la ayuda logística de los inmigrante judíos de Argentina, tendrá una serie de fallos: Eichamann aparecerá más tarde de su horario rutinario al ser capturado, dejarán como rastro sus anteojos en el lugar del secuestro, Fuldner y la policía irán tras sus pasos y el vuelo se demorará 10 días. Estos tropiezos, junto a la música, aumentarán la tensión y el suspenso. En este punto, la película, que claramente se inscribe en el género de ficción histórica y de espías, evoca a Argo (Ben Affleck, 2012), operación mediante la cual un grupo de espías de la CIA rescató de Irán a diplomáticos estadounidenses que se refugiaron en la casa del embajador canadiense durante la toma de rehenes de la embajada estadounidense en Irán. La de Afleck resulta más efectiva tanto desde el punto de vista del contexto socio-histórica del mismo, la crítica a la política exterior americana como desde el entretenimiento.

Un elemento que resulta molesto es que todos los personajes hablen en inglés, sea que se trate de judíos, de argentinos o de alemanes. Si obviamos esto, que obedece a cuestiones propias de la globalización que tiende a borrar las diferencias identificatorias como es en este caso la lengua, en pos de una uniformidad y de vender un producto, Operation Finale comienza a resultar interesante recién durante el cautiverio de Eichmann. Aquí se encenderán las distintas posiciones dentro del grupo de espías entre quienes planteen un camino de venganza personal y los que se atengan racionalmente al procedimiento de entregarlo con vida a la justicia, se hará evidente la típica rivalidad fálica masculina entre Aharoni y Malkin, y se dará el duelo acttoral entre el personaje de Malkin y Eichmann para convencerlo de firmar el documento donde acepta ir voluntariamente a Israel.

3. El caso y sus resonancias
El caso Eichmann es emblemático porque su juicio público en Israel, mostró que no era un  monstruo que hizo lo que hizo por placer u odio a los judíos, sino a un hombre pequeño que cumplía y daba órdenes burocráticas, lo cual obviamente no lo exime de responsabilidad. Esto fue lo que la filósofa Hannah Arendt denominó “Banalidad del mal”. De aquí que Operation Finale debería funcionar como cierto complemento de la película Hannnah Arendt (Margareth Von Trotta, 2012), al narrar todo el procedimiento de captura y secuestro previos al resonante juicio.

Otro punto por el cual la figura de Eichmann resulta interesante es porque la maniobra que permitió que el genocidio judío fuera posible consistió en destituirlos de cualquier rasgo que diera cuenta de su condición humana. De este modo, da lo mismo si se transportan centenares de personas, mercancías o desechos excedentes por el sistema de trenes para disponer su eliminación. Lo que le falta a la película es no quedarse en un puro revisionismo histórico de los acontecimientos pasados y lograr una resonancia de cómo ese pasado sigue vivo en el presente y del peligro que corremos cada vez que somos reducidos a un número, ya que ante alguien carente de subjetividad, es muy fácil ejercer un dominio sobre su cuerpo. En la actualidad, aún entendiendo las diferencias por caso entre un genocidio y un sistema deshumanizado como el capitalismo moderno, observamos cómo se reducen nuestros caracteres singulares, las marcas que nos identifican como sujeto, a un simple número de tarjeta de crédito, o de etiqueta diagnóstica, por ejemplo.

Operation Finale, con una lograda recreación de época a nivel de locaciones y vestuario, cumple con su objetivo de proponerse como un producto de entretenimiento a escala global, pero desaprovecha la ocasión para profundizar en aspectos socio-políticos de la captura de Eichmann, así como en una lectura de las consecuencias del nazismo en el presente. Sin ir demasiado lejos, aunque salvando las distancias, hoy la hipermodernidad capitalista nos despoja cada día de nuestra humanidad y nos deja sujetados al imperativo de responder a un programa, a un protocolo, a un objeto tecnológico, sin que sea necesaria la presencia de una figura de autoridad que nos dé la orden.

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