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Tiempo de lectura: 3 minutosOtra ronda

Por Amilcar Boetto

Druk
Dinamarca, 2020, 116′
Dirigida por Thomas Vinterberg
Con Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Magnus Millang, Lars Ranthe, Susse Wold, Maria Bonnevie, Diêm Camille G., Palmi Gudmundsson, Dorte Højsted, Helene Reingaard Neumann, Martin Greis

El largo y sinuoso camino

Lo obvio y lo obtuso. Nos hemos mal acostumbrado. El puritanismo del mainstream del último lustro nos ha sentenciado a consumos tranquilizadores de alcohol y drogas. A tal punto hemos naturalizado esa mirada conservadora que muchos críticos se mal acostumbraron a ejercer esa clase de lecturas incluso en películas que no pretenden responder ese problema con la facilidad habitual. Druk parece simple y obvia (en parte lo es), pero en el fondo contiene mas ideas que aquellas que creemos ver en una primera pasada.  

La crisis. Se ha insistido con la idea de que la película plantea una “crisis de la masculinidad”. No. Claramente hay algo más: se trata de una crisis socio económica. Una sensación de no haber dado lo que se demandaba en términos de estándares sociales y laborales. Algunos por no haber logrado formar una familia. Todos por  estar enseñando en una secundaria y no poder conectarse con otras generaciones. No me parece que sea específicamente un problema de género, sino más bien un problema de clase. La crisis es existencial pero el emergente es socioeconómico, no es un cuestionamiento de género.

La felicidad.Si bien es cierto que hay un momento en el tercer acto en el que la película pareciera convertirse en una moraleja convencional, en una suerte de resaca de todo lo consumido en la primera parte, hacia el cierre no reniega de la emoción. De hecho se trata de una emoción genuina. Quizás esto se deba a que Druk deja de lado ciertos ápices  miserabilistas, abandonando el regodeo en la desdicha -como si el asunto se tratara de enunciar las consecuencias del consumo excesivo de alcohol-, volviendo, por el contrario, a los momentos más felices que la película había sabido tener. No casualmente en esos momentos el alcohol está presente. Quizás la escena final festiva complica un poco más la lectura del film. Porque los logros alguna  vez conseguidos -impulsados por el alcohol-, tanto de los personajes como de la película, no se  pueden negar: reaparecen.

Destino. A su manera, un poco como en Casavettes, el alcohol es solo un McGuffin: lo que pasa es algo que indefectiblemente estaba condenado a pasar, por eso el alcohol se comporta como una excusa para que  suceda. El divorcio del personaje de Mads Mikkelsen (ciertamente, su rostro seco y voz áspera es quizás el mayor acierto audiovisual de toda la película) era algo que debía suceder, acaso, entonces, la rutina alcohólica no haya motorizado mas que una última aventura, un nuevo comienzo que no puede darse  sino cerrando la etapa anterior: enfrentar la infidelidad separación mediante. Incluso la  muerte de Tommy parece algo inevitable, el alcohol solo parece haberlo enfrentado más rápidamente con las penas que venía evitando enfrentarse. 

La juventud. No hace falta ser un genio para comprender que la cita de Kierkegaard diciendo que la juventud es un sueño empata en la película con el sueño alcohólico que los personajes viven durante su experimento psicológico. A su vez en ese empate también se bordea un juicio moral de parte de la película hacia los personajes. La regla de Arma Mortal: I’m too old for  this shit. O el riesgo del patetismo de mostrar a los personajes como pendeviejos, como gente que está haciendo cosas que no se  corresponden con su edad. Por suerte esa mirada normativa que prohibe a la gente de determinada edad divertirse no termina de instalarse en Druk. Hay momentos en los que el patetismo se percibe bien cerca de nuestra cara  -aquel en el que el padre es el que moja la cama-, pero afotunadamente el contrapunto hace ingresar al alcohol como motor de formas de felicidad que exceden al patetismo mencionado. 

Retorno. Con oscilaciones, con agachadas, con problemas varios pero también con aciertos, Vinterberg retorna hacia un punto en el que su cine lo hizo conocido como director: permitiéndose creer en sus personajes y en la capacidad de los mismos para construir un mundo plagado de matices, un mundo complejo atravesado por personas. Bienvenida esa vuelta.

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