París, Distrito 13

Por Diego Maté

Les Olympiades 
Francia, 2021, 105′
Dirigida por Jacques Audiard
Con Lucie Zhang, Makita Samba, Noémie Merlant, Jehnny Beth, Lumina Wang, Geneviève Doang, Camille Berthomier, Line Phé, Pol White, Lily Rubens, Anaïde Rozam, Camille Léon-Fucien, Oceane Cairaty, Rong-Ying Yang, Xing Xing Cheng, Fabienne Galula, Lilian Nze Nong, Ornella Nzingoula, Tony Zola, Léo Mira, Léa Rostain, Raphaël Quenard

Mira quien habla

El cine y la ciudad. Cosa antigua, sabida, casi tan vieja como el cine, aleación que ya conocían los hermanos Lumiére y Walter Ruttman, y que se prolonga y reinventa con cada época. El título original de París, Distrito 13 (Les Olympiades) tiene el mismo aire municipal asignado por la versión en inglés, y está bien porque se trata de otra película sobre la ciudad, sus modos de circulación y los vínculos que posibilita. Hay géneros urbanos, como el film noir y la comedia romántica. París… no es lo uno ni lo otro, sino otra cosa distinta, una mezcla que cruza con amabilidad y precisión la comedia romántica y el drama de pareja. Jacques Audiard se dedica a capturar algo así como una respiración: la trama sigue a tres personajes que se mueven, encuentran y separan en la ciudad. La cámara filma un movimiento permanente, una agitación que sacude a los protagonistas incluso en sus momentos de encierro y quietud, como le pasa a Camille, que hasta cuando prepara su tesis doctoral hace varias cosas a la vez, escribe y escucha videos, acomoda el cuerpo o se levanta para prepararse una colación. A Emilie le pasa más o menos lo mismo, pero los trabajos de ella no exigen el recogimiento de la investigación sino la velocidad y la coordinación del multitasking. Emilie alquila una habitación y Camille se ofrece como inquilino: ella se resiste durante unos minutos (prefiere alquilarle a una mujer), pero en poco tiempo ya se están acostando. Todo va bien hasta que un comentario fugaz interrumpe el contrato: ahora todo se vuelve asunto de claves y señales imperceptibles donde hay que leer en el otro la predisposición (o el rechazo) y, en última instancia, desparramar los signos necesarios para imponer los propios planes, para la reconquista.

París… transcurre toda en esos pequeños ecosistemas relacionales, como si se tratara de una microfísica pero ya no del poder sino de los intercambios humanos (no hay ningún foucaultismo que temer). El guion escrito a seis manos traza roles bien diferenciados: Emilie, que es inestable e impulsiva, no tolera las maniobras elusivas de Camille, que parece divertirse con estos juegos del gato y el ratón. No viene al caso contar todas las idas y vueltas, alcanza con decir que en algún momento aparece una tercera en discordia, Nora, que modifica la situación del dúo. Como suele suceder, cada personaje trae a cuestas un universo en miniatura, un repertorio de temas propios: la familia y la tradición, la culpa por la huida del clan, la inadecuación para cumplir con lo que los demás esperan, etc. Nora carga con un mundo personal que comunica especialmente la mano de Céline Sciamma como guionista: el personaje de Noémie Merlant (a quién ya vimos en la insoportable Retrato de una mujer en llamas, de Sciamma) parece desincronizado del resto y debe aprender a encontrar sus ritmos, sus lugares. Su historia introduce los temas de agenda pero sin contaminar demasiado el relato, como si los intereses de Sciamma por los diferentes, los mandatos sociales y la reunión de los marginados estuvieran anunciados pero sin llegar a apropiarse de la película. El cine de ciudad exige una disposición o una fluidez (o una liquidez, como ya sabía Ruttmann) poco apta para los embanderamientos. Es como si Audiard dijera que no tiene sentido ponerse a hablar de cosas, esto de colgarle a los personajes los tópicos de ocasión sobre el amor, el trabajo, la identidad y la fugacidad de los vínculos humanos, que en todo caso eso hay que filmarlo, hay que buscar la forma justa  para que se lo vea en uno o dos planos en la manera en la que los protagonistas caminan por la ciudad, cumplen con sus labores o conversan en un café sobre las cláusulas que estructuran su relación. 
En esto al menos, Audiard se diferencia de la tradición de la Nouvelle Vague, que fue, antes que cualquier otra cosa, un cine de y para la ciudad; tradición aplastante (por su peso) que parece pervivir en cada nueva película que trata de filmar una ciudad, sea Manhattan, una de Pablo García Canga, de João Rosas o la última de Garrel. Como bien lo entendió Linklater, uno de sus continuadores inveterados, esa tradición se juega en la centralidad del diálogo, en el peloteo incesante de una pareja que avanza a medida que conversa, como si la palabra fuera la condición de acceso a la experiencia de la urbanidad. En París…, en cambio, lo que se dice importa poco. Así lo certifican Camille y Emilie: él escribe sin entusiasmo su tesis y ella atiende gente en un call center. Cada uno a su manera es un profesional de la palabra que no sabe o no quiere comunicarse del todo con el otro o que, en todo caso, persigue otras vías de intercambio: el sexo, un paseo o salir a comer. La realidad que los atenaza, la ciudad, en suma, hay que buscarla, dice Audiard, en esas imágenes, hacer que los diálogos se vuelvan murmullo, perorata automatizada y despreocupada de seres que no logran darse a entender y hablan por hablar, por el placer de hacerlo (eso que ya señalaba Barthes cuando a su alrededor los intelectuales imaginaban teorías imposibles de la conversación fundadas en los principios de la cooperación y la racionalidad). Quizás por eso el segmento de Nora es el menos vital de todos, porque es allí cuando el guion impone su lógica: la protagonista tiene largos intercambios con la pornstar que se le parece y cada diálogo debe construir lo que los planos, ahora fijos, estáticos, despojados de movimientos, no alcanzan a capturar. Las charlas nocturnas, silenciosas y edificantes que Nora mantiene con su doppelgänger están fuera del batiburrillo de la ciudad, de los parloteos inconducentes en los que se sumergen Camille y Emilie.

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