Perdida
Argentina-España, 2018, 103′
Dirigida por Alejandro Montiel
Con Luisana Lopilato, Amaia Salamanca, Rafael Spregelburd, Nicolás Furtado, Oriana Sabatini, Julián Serrano, María Onetto y Carlos Alcántara.

Aquí, allá y en ninguna parte

Por Hernán Schell

El comienzo de Perdida encuentra a la policía Manuela Pelari entrando a una casa. Llega a una de las habitaciones, rescata a una chica que se encuentra atada y luego es atacada por el captor. Manuela, sin embargo, lucha con él y a puño limpio y con un par de tomas de karate (o aikido, o kung fu, la verdad es que no sé), logra reducirlo. En términos actorales, se nota que la actriz que interpreta a Manuela intenta hacernos creer que ella es lo suficientemente dura y valiente como para entrar allí sola. La vemos decidida y atenta, con el rostro enojado de quien convive todo el tiempo con la violencia. Pero el problema es que la actriz es Luisana Lopilato, una mujer de baja estatura y delgada. Verla reventar a golpes a un tipo que le lleva dos cabezas suena tan inverosímil que, a lo sumo que se trate de una ficción donde esos disparates son aceptables -una de acción, o de superhéroes-, el asunto planta una bandera: la del desprecio por el mundo que cuenta, que es el del realismo, el de un policial negro que gira en torno a la mafia de la prostitución, al abuso, la explotación sexual, los secuestros de mujeres y la corrupción policial.

No es este el único problema. Ojalá lo fuera. Perdida es dueña de un relato policial confuso, con personajes como el de Laura Laprida, que aparece de modo breve al principio para después revelarse como absurdamente clave hacia el final. Si, estamos ante un largometraje con muchas actuaciones desganadas (algo bastante usual para el estándar del cine argentino industrial), con problemas de montaje que hacen inentendibles las peleas y tedioso un tiroteo, con una música machacona y solemne en una película con una gravedad impostada e incapacitada del más mínimo momento de humor.

Si uno quisiera incluso dar cuenta de sus descuidos, bastaría con describir otra escena: allí vemos que Manuela tiene que salir de su departamento para buscar a su gato; al hacerlo, un mafioso aprovecha para entrar a su casa -en la que está una amiga interpretada por Oriana Sabatini-, y matar a su amiga para luego tirarla por la ventana. Todo en esa escena es imposible: que el verosímil tenga que forzar que Manuela vaya a buscar a su gato para que el malo pueda entrar; que Manuela deje la puerta abierta aún cuando sea una detective consciente de que su vida corre peligro; que el maleante no use algo mucho más veloz como una pistola o un cuchillo para matar a su víctima. En vez de eso decide no sólo usar los golpes sino tirarla por la ventana haciendo que el pobre personaje de Oriana quede estrellado en un auto.

Si uno lo piensa, en este último aspecto está también el que quizás sea el mayor de los problemas de la película. No sólo el hecho de que haya forzado un verosímil, sino que además lo hace para mostrarnos algo que vimos unas cuantas veces en el marco del policial: el cadáver de una persona siendo estrellado arriba de un auto. En algún punto, lo que más llama la atención de Perdida es eso: que fuerza situaciones ni siquiera para mostrarnos algo distinto sino para algo que vimos una incontable cantidad de veces. Que la policía dura que pega fuerte y está angustiada; que la escena en la cual ella hace entrega del arma y la placa; que el momento en que alguien quiere hacerse el macho con Manuela y ella lo enfrenta tomando del cuello al desubicado y tirándolo contra la pared; que la vuelta de tuerca supuestamente sorprendente; que el caso policial que además es personal por cuestiones importantes que tienen que ver con el pasado. Todas y cada una de ellas son cosas que hoy suelen parodiarse antes que filmarse seriamente, que remiten a policiales norteamericanos de otros tiempos y hoy ya muy fechados; o en el peor de los casos a malos policiales que pueden estrenar hoy el peor cine de Hollywood. De hecho, si no fuese porque trata un tema tan tristemente actual hoy en la Argentina y por algún que otro lugar del sur filmado como postal turística, los escenarios, las calles, las casas de Perdida podrían pertenecer a otro país que no es este. Basta ver la comisaría pulcra en la que trabaja Manuela, una suerte de edificio ordenado y cristalino que parece sacado de esas comisarías de cine de acción noventoso que parodiaba McTiernan en la deslumbrante Last Action Hero.

Perdida es cine nacional, si. Pero es cine nacional que parece transcurrir en un espacio irreconocible y lleno de lugares comunes y permutables por cualquier estándar genérico berreta. Es cine nacional que se hace seguido en la industria, uno que viene normalmente en forma de comedias livianas y cine de acción. Aunque hoy y aquí adquirió forma de policial. Pero la canción es la misma: que transcurra todo en Argentina pero en ningún lugar al mismo tiempo, que sea de género pero sólo en sus clichés más rancios, que sea gritón en aquello que vimos mil veces y que evite cualquier riesgo, es decir, que en el fondo no le interese demasiado ni el mundo que retrata ni sus personajes ni nada. En definitiva, un tipo de cine que se olvida a velocidad luz y sorprende menos que el recorrido de una calesita.

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