Perfectos desconocidos
España-Italia, 2017, 97′
Dirigida por Alex de la Iglesia
Con Belén Rueda, Eduard Fernández, Ernesto Alterio, Juana Acosta, Eduardo Noriega, Dafne Fernández y Pepón Nieto

El desprecio

Por Rodrigo Martín Seijas

Buena parte del cine de Álex de la Iglesia pone el foco en las miserias humanas. Eso de por sí no está mal, porque desde lo más bajo y rastrero ha sabido crear personajes interesantes y premisas atractivas, a las que rodeó de ideas de puesta en escena de gran ambición formal, siempre al borde del desborde absoluto. Los mejores momentos de películas como Acción mutante, El día de la bestia, Muertos de risa, La comunidad, Crimen ferpecto o incluso Mi gran noche (todas películas en mayor o menor medida desparejas, imperfectas, pero brutalmente sinceras) hacen del exceso una virtud y lo terrible algo particularmente fascinante. Eso es también producto de un cierto cariño. Y sino al menos de la comprensión de los personajes y sus actos horrorosos. Los relatos que suele construir el cineasta español no temen meterse en el barro, aún cuando eso suponga toda clase de riesgos.

Todo lo anteriormente dicho viene a cuestión porque en Perfectos desconocidos –remake de un pobre film italiano del 2016- no hay ni rastro de Álex de la Iglesia ni de la miseria productiva de sus películas mas interesantes. Cualquier realizador mediocre podría haber hecho esta especie de obra teatral filmada (en el peor sentido posible: las relaciones teatro cine pueden ser fructíferas, no es malo necesariamente, el problema es que el lenguaje teatral aplasta al cinematográfico en esta película perezosa) sobre un grupo de amigos que se reúnen para una cena durante un eclipse lunar y que se proponen como juego/desafío poner los celulares de todos sobre la mesa, permitiendo que se lean y escuchen todos los mensajes y llamadas que lleguen. Obviamente, empiezan a revelarse secretos, mentiras, engaños e hipocresías varias, con dosis considerables de machismo, histeria y homofobia, como para dejar en claro que todos (o casi todos) los personajes son seres bastante repugnantes.

El problema no pasa porque el film haga foco en lo peor de sus protagonistas (algo que convertiría a la película en una suerte de moralina insoportable) sino por los procedimientos a los que recurre, que van de lo calculador a lo efectista sin la menor escala. Los primeros minutos, aún con sus dosis de seriedad, no dejan de jugar con la ironía como factor cómico, algo que hacen medianamente llevadera la narración, pero ni bien queda planteada la premisa y empiezan a desatarse los conflictos de fondo, la historia entra en un tobogán indetenible. Todo se torna serio, impostado, sentencioso, autoindulgente, manipulador, vacuo, mientras la remarcación y el trazo grueso pasan a ser la norma, siempre de la mano de situaciones totalmente inverosímiles. Y la moralina que peligraba con emerger, emerge. Y eso se da porque al film jamás les preocupa mínimamente los motivos o destinos de sus personajes, las causas y consecuencias de sus acciones, sino bajar línea de manera elemental y pedante, por encima de sus personajes, pero para colmo lo hace sin confiar jamás en el poder de las imágenes en cualquiera de los procedimientos formales de eso que llamamos lenguaje cinematográfico. Lo único que tiene para ofrecer Perfectos desconocidos, detrás de su superficie lustrosa de publicidad pero básica de manual escolar, es discursividad banal, una mirada extremadamente distanciada y una acumulación de sobreactuaciones, que nuevamente nos retrotraen al lenguaje del teatro. En ese contexto, valga aclarar, debemos reconocer que Eduard Fernández tiene momentos dignos y que lo de Eduardo Noriega se merece un Razzie (el premio a las peores actuaciones del año). En medio de este despropósito, el director pone la cámara y filma el guión a reglamento, sin intentar darle un mínimo giro formal a la película (y eso que el cine ha sabido construir grandes ideas formales con los encierros…), apoyándose en recursos técnicos insípidos, fundamentalmente en una banda sonora que remarca cada secuencia innecesariamente, dado que sin esa presencia la película permitiría entrever un vacío sin cobertura.

Pero lo peor viene en el final, donde hay una vuelta de tuerca con tintes sobrenaturales que le sirve a la película para lavarse las manos y no hacerse cargo de nada de lo que venía contando. No solo es un giro torpe y arbitrario, sino también terriblemente farsante, engañoso, mentiroso, porque busca un cierre tranquilizador y hasta feliz, pero que implica ignorar y hasta avalar todas las miserias exhibidas, en pos de conservar los lazos matrimoniales y de amistad. Ese final es de un conservadurismo tan falaz como cínico. Por eso allí el film demuestra que no solo desprecia a sus personajes sino también a sus potenciales espectadores, a los que subestima en su inteligencia y pretende venderles estiércol diciéndoles que es azúcar. Pero la bosta, bosta queda. Perfectos desconocidos es una película sobre hipócritas y miserables que resulta portar las cualidades de sus personajes..

 

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