Pokémon Detective Pikachu 
EE.UU., 2019, 104′
Dirigida por Rob Letterman
Con Justice Smith,  Ryan Reynolds,  Kathryn Newton,  Ken Watanabe,  Bill Nighy, Chris Geere,  Rita Ora,  Suki Waterhouse,  Omar Chaparro

Mejor hablar de ciertas cosas

Por Ignacio Balbuena

Mis recuerdos de Pokémon están asociados a un momento específico de la infancia o temprana adolescencia. Agazapado frente a una laptop hoy prehistórica de la madre de un amigo, corriendo un emulador de Game Boy con el Pokémon Red. Es un juego bastante rudimentario, teniendo en cuenta los parámetros estéticos y tecnológicos de los juegos mainstream de hoy en día. Incluso la versión para teléfonos celulares que tuvo un boom hace unos años, Pokémon Go, está a años luz de esa representación cruda de pocos píxeles de las clásicas batallas que constituyen el núcleo en torno al cual se desarrolla el juego. Pero el juego en cuestión invitaba a recorrer sus espacios con parsimonia. Sí, era un clásico RPG japonés de batallas, pero construido en torno a un planteo bastante melancólico: un huérfano de padre que a los diez años decide emprender una aventura recorriendo el mundo, solo, por los caminos, enfrentando monstruos en la naturaleza, inspirado en como a su creador le gustaba cazar insectos en despojados ambientes rurales. A los 12 años no nos importaba mucho esto, y corríamos el emulador de game boy al 150% de velocidad para caminar más rápido y avanzar. Atraparlos a todos, como reza el mantra de la serie. Ser siempre el mejor, mejor que nadie más.

Aguantamos una generación más, con sustanciales mejoras gráficas y sonoras, pero luego, cuando la cosa se empezó a poner más rara y estrambótica nos bajamos. Aparte ya éramos adolescentes, no estábamos para el Pokémon, teníamos shooters en HD y juegos de rol sofisticados e inmersivos.  Pero claro, hoy los consumos culturales de la infancia de los que hoy tenemos alrededor de 30 años están de vuelta, más fuertes que nunca, en el medio de una vorágine que hace de la nostalgia un arma teledirigida de marketing, para que nos sintamos como el crítico de Ratatouille que se siente transportado a los sabores de la infancia (y al mundo y a un momento específico de esa infancia, no solo a los ingredientes). Eventualmente tuve la oportunidad de jugar aquellos juegos en el hardware original, como buen millennial obsesionado por experimentar tecnologías obsoletas que soy. Y la verdad que es bastante una mierda: la pantalla es chica y que darle luz directa en un ángulo específico porque al no estar retroiluminada no se ve absolutamente nada, las pilas se agotan, el sonido es bajo y lo-fi, los gráficos son básicos. Pero sin embargo, es para destacar lo notable del concepto y el diseño original, que uno se pueda sobreponer a todas esas falencias y aún así engancharse y jugar horas y horas, o días e incluso semanas.

Quizás me cautiva a mí específicamente, por recordar ese momento particular de los 12-13 años absorto en aquel emulador de la laptop vieja, o mirando el dibujo animado en Magic Kids, pero dado que Pokémon es un fenómeno cultural enorme, tiendo a pensar que no soy el único. De alguna manera, una película de Pokémon era inevitable en esta era que es por un lado adicta a su propio pasado pero también ajena a las ideas singulares, en la que todo es una adaptación, una remake, una secuela, un reboot. Y ni siquiera una película de Pokémon que adapta el esquema de los juegos clásicos directamente, sino un juego lateral, un spinoff, agregando el gesto anacrónico y canchero de un Pikachu que habla con la voz de Ryan Reynolds. Asi que sí, es el Pokémon de la infancia de los nerds, pero además tiene un componente cool! Vos lo podés disfrutar también y no sentirte culpable!. 

Mark Fisher habla sobre esto en su libro Fantasmas del Pasado, que justo estoy leyendo, y habla de algo que viene muy al caso. Fisher es como Simon Reynolds, un crítico nostálgico por la época del post-punk, en la que tanto la crítica de rock y la música de popular parecían atravesar un momento de incesante creatividad y mutabilidad, que para ambos se terminó a mediados de los ‘90 con la música rave y el jungle. Ese mismo fenómens es bastante aplicable al cine. Hoy no hay futuro, sólo un constante presente hecho de fenómenos anacrónicos que coexisten. Fisher se pone pesimista y encuentra que esto es un síntoma del capitalismo tardío. Pero me voy por las ramas. Antes que reconocerse como un militante de ‘todo tiempo pasado fue mejor’, Fisher simplemente dice que es sorprendente ver hoy ‘la persistencia de ciertas formas reconocibles’. Si hay un producto en donde esto se pone en juego es Pokémon. Si uno empieza a jugar la dupla de juegos originales de 1996, o las versiones de 2016 lanzados para la portátil de Nintendo actual, el comienzo es exactamente igual en todos. Un niño huérfano de padre emprende una aventura a los diez años, ayudado por un científico que la su propio monstruo de bolsillo para poder combatir en la naturaleza y a otros aventureros como él, para eventualmente consagrarse como el mejor. Y siempre en una perspectiva cenital, en batallas por turnos, resolviendo puzzles livianos y estrategias simples de combate. Formas reconocibles, tanto estéticas como narrativas. 

Detective Pikachu entonces, es una película interesante en tanto por momentos reafirma estas formas, como a veces se corre de ellas. Hay un niño huérfano, si, pero despojado del deseo de coleccionar bichos y combatir con ellos en batallas. Y la ambientación de la película es una especie de cyberpunk light: futurista, con luces de neón fucsia y humo en las calles, DP es una película que favorece ambientes urbanos y metálicos antes que los grandes espacios abiertos de los juegos clásicos. Las batallas Pokémon ya no son el centro del mundo, sino un hecho clandestino en una ciudad que convive con los Pokémon en armonía. Hay, por supuesto, momentos que los ñonos sabrán apreciar: el tema de Pokémon que se escucha de fondo en un noticiero, la aparición de personajes reconocibles como Psyduck, el pato con jaquecas, Charizard, el dragon cool de la franquicia (para vos, GOT, que lo mirás por tv), o una escena muy tierna con una manada de Bulbasaur, el Pokémon planta. Pero la historia no es sobre ellos. Es, como muchas películas apuntadas al público juvenil (o bueno, para chicos, porque la verdad es que DP es bastante una película para chicos), sobre la importancia de abrirse a la experiencia, de reconciliarse con la familia y de hacer nuevas amistades, aunque sean roedores eléctricos que hablan con la voz de Deadpool. Me resultó por momentos, algo parecida a Zootopia, que también mezcla una estética infantil con un policial de enigma y metáforas de trazo grueso sobre el racismo. Zootopia, eso sí, es bastante mejor, mientras que DP no es la película que prueba que adaptar videojuegos es rentable y deseable. No decepciona, pero tampoco se eleva particularmente por encima de una expectiva apenas moderada o conservadora. Está lejos de ser un desastre, pero no me dio ni un milímetro más de lo que esperaba, que no era mucho. Imagino que sin ningún tipo de apego emocional a la franquicia, quizás no haya mucho aquí para el espectador común. Los pibes chicos están meta Fornite y porquería, y Pikachu no es un ícono para ellos. Pero lo es para mí, y esta película fue suficiente para pensar un poco en eso.

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