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#Polémica: Ahed’s knee

Por Varios Autores

Ha’berechaka 
Israel, 2021, 110′
Dirigida por Nadav Lapid
Con Nur Fibak y Avshalom Pollak

A favor

Sopapos

Por Anibal Perotti

La experiencia de ver una película de Nadav Lapid en el cine se vive con todo el cuerpo: la placentera evidencia de estar frente a una obra verdaderamente singular se confunde con la sensación de haber recibido un sopapo que nos deja un poco abombados sin poder levantarnos del asiento. Ahed’s knee comienza con el rugido de una moto, un cielo extremadamente blanco y diálogos que apuntan en varias direcciones. Una ciudad bajo la lluvia filmada por una cámara que toma el agua y distorsiona la imagen mientras el sonido de las gotas golpea cada vez más fuerte.

La película cuenta la historia de un director de cine kafkiano llamado Y, doble explícito del autor, que llega a la región desértica de Arabah, entre Israel y Jordania, para presentar una de sus películas. El protagonista ironiza con el hecho de que todo es biográfico y puede ser al mismo tiempo un personaje odioso y un hijo gentil, un hombre golpeado y un humanista. También puede sentir una extraña mezcla de desprecio y admiración por la joven cándida y lúcida que lo recibe. Ella ha construido un espacio cultural desde cero para luego vaciarlo de contenido al someterse a un Ministerio de Cultura que ordena lo que los artistas pueden decir por medio de un formulario. El papel que el protagonista debe firmar para poder proyectar su película se convierte en el eje alrededor del cual se articula una danza sensual y feroz entre el director y la joven del ministerio.

La acumulación de horrores cometidos por los líderes de su país con el apoyo de la mayoría de la población genera un estado de furia que enloquece al personaje y también a la película con una serie de movimientos bruscos que evidencian de un modo un poco subrayado el colapso de los valores sobre los que este Estado ha pretendido construirse. Pero lejos de juzgar, el director muestra cuánto se ve afectado el propio protagonista comportándose como un manipulador obstinado.

Entre crisis y provocaciones, recuerdos traumáticos de su paso por el ejército, rabia y desorden, el pobre héroe termina encarnando una forma de locura perversa, contaminado por los mismos problemas de la sociedad que desea resistir. El protagonista puede ser tanto el soldado que se alinea sin inmutarse o el que llora, y también el sargento que manipula a ambos. La cámara por momentos se adhiere literalmente a los rostros y los cuerpos con una proximidad intimidante buscando las formas cinematográficas de una angustia brutal y sin salida.

Paradójicamente, la cuestión del formulario israelí pierde fuerza y se vuelve amarga al compararla con la realidad global que comenzamos a vivir poco tiempo después de la filmación de la película, siguiendo como autómatas una serie de medidas despóticas y absurdas que se presentan como condición excluyente para poder vivir en sociedad. Como el protagonista de Ahed’s knee, sostenemos la farsa del barbijo unos segundos frente al encargado de cortar los boletos y entramos a una sala.

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