#Polémica: Amor sin Barreras

Por Federico Karstulovich

Algo en contra

West Side Story
EE.UU., 2021, 156′
Dirigida por Steven Spielberg
Con Rachel Zegler, Ansel Elgort, David Alvarez, Ariana DeBose, Rita Moreno, Josh Andrés Rivera, Corey Stoll, Brian d’Arcy James, Maddie Ziegler, Ana Isabelle, Mike Faist, Reginald L. Barnes, Jamila Velazquez, Talia Ryder, Kevin Csolak, Paloma Garcia Lee, Mike Massimino, Jess LeProtto, Annelise Cepero, Arianna Rosario, Sean Harrison Jones, Sebastian Serra, Garett Hawe, Julian Elia, Jonalyn Saxer, Harrison Coll, Eloise Kropp, John Michael Fiumara, Jacob Guzman, David Guzman, Kyle Coffman, Kyle Allen, Jamie Harris, Curtiss Cook, Chryssie Whitehead, Ben Cook, Myles Erlick, Kathryn Grace, Nadia Quinn, Claudette Lalí, Ken Holmes

Los monstruos fríos

No hace falta ser un genio para darse cuenta que Steven Spielberg es un genio a la vieja usanza. Un poco como McCartney, un poco como Bowie, un poco como Sprignsteen, es uno de esos sujetos a los que la genialidad se les revela como lo más fácil y lo más dificil al mismo tiempo, sin solución de continuidad. Ese aspecto lo convierte también a él (y a su cine) en algo/alguien digno de temer y de admirar, como sucede con las fascinaciones románticas. Pero el monstruo concebido por SS, en esta ocasión, es un monstruo frío, gélido, de esos que nos dejan impávidos por su tamaño y fastuosidad, pero también de esos monstruos que nos paralizan porque sentimos que con ellos se nos va la vida, como si estuviéramos en una situación límite.

El monstruo que concibe SS en la reversión actual (innecesaria para la agenda presente, eso se agradece, necesaria para el propio Spielberg, evidentemente: gana el cine) es frío porque es perfecto, porque está plagado de ideas (como la gélida y mortal Drive de Nicholas Winding Refn), pero al mismo tiempo está vaciado de corazón, algo que el niño Steven siempre supo tener en su baticinturón de recursos humanos ante la perfección técnica. Ahí siempre radicó la diferencia: el corazón y el odio como formas de entender el mundo de las imágenes más o menos perfectibles. Pero en WSS 2021 no hay nada de eso. Lo había en la versión de Wise-Robbins del 61? Poco. Acaso porque el comentario social mediado por el artificio rimbombante y las coreografías desplegadas sobre el espacio urbano rodeaban todo ese territorio de un amianto lo suficientemente potente como para resistir los embates de cualquier latido fogoso.

En WSS 2021 no hay amor, pero hay barreras formales que construyen paredes glaciales irremontables. Digo mal: remontar las remontamos, pero nos quemamos al tocar ese hielo que nos corta y nos cauteriza a la vez. El frio nos anestesia y el movimiento no nos dispara como si lo hacía ese musical revolucionario que fue Moulin Rouge!. Pero no comparemos porque las comparaciones son odiosas y se las lleva el viento y las guitarras de los virtuosos. Aquí el musical es la excusa para que Steven vuelve sobre su propia cinefilia (un poco como lo hizo Tarantino con Había una vez en Hollywood) para echarle en cara a la corrección política del presente algo que el cine ya venía arrastrando desde hace un buen rato: imitación y registro de lo real son puras pamplinas. Por eso Steven vuela sobre el artificio de sus ideas y construye un mundo apabullante. Es más: quizás sea de una de las películas más bellamente filmadas, más perfectamente narradas. Y asi las cosas no se nos mueve ni un pelo. Por qué? Porque si con el registro de lo real (y la corrección política permeando gracias al realismo) no basta, con el artificio solito y campante tampoco.

Spielberg filma su película más preciosista (no confundir la más paisajística: ahí está la olvidable El color púrpura), la lleva a cabo con un puñado de actores no estelares, como si quisiera reinventar el cine de nuevo desde las cenizas del anonimato y la juventud de llevarse el mundo por delante tocando la puerta de los ochenta pirulos. Pero con eso tampoco basta. Más es mejor? Depende el caso. En otra operación que parecía fría y distante como lo fue la extraordinaria Las aventuras de Tintín, SS se valía de una summa artificialis para construir la mayor de las emociones, que viene con en nucleo vital del movimiento propio del cine de aventuras. Aquí, con el musical, estamos ante otro género desaforado y palpitante, de esos que piden sangre, sudor y lágrimas. Pero en algún lado del camino Steven, el joven-viejo extravió esa carta mágica que fue la identidad de su cine por excelencia.

Los monstruos fríos no asustan, en todo caso nos congelan al tocarlos.

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