Dolor y gloria 
España, 2019, 113′
Dirigida por Pedro Almodóvar.
Con Antonio Banderas, Leonardo Sbaraglia, Penélope Cruz, Asier Etxeandia, Nora Navas, Julieta Serrano, Cecilia Roth y Raúl Arévalo.

El ocaso de un autor

Por Sergio Monsalve

Compartí el canon de El Amante sobre Pedro Almódovar, durante los años en que la revista enfrentó el hype de Todo sobre mi madre, contraponiéndolo al verdadero desgarro melodramático de Matador, una de las pocas cintas de consenso crítico del realizador. Aquella película, con Agrado y Cecilia Roth, fue himno generacional, pero también un punto de inflexión en la carrera del autor, siendo bendecido por complacer a la solemnidad qualité del Oscar y Cannes. 

Así y todo, generó una ola de genuino disgusto entre quienes la consideraron un mero ejercicio de estilización autoindulgente, para contar una historia predecible, conservadora y trillada, con pretensiones de modernidad y empoderamiento progre. 

En realidad, la obra del director llevaba tiempo sufriendo un proceso de vaciamiento político, que la dejaría a merced de un contenido domesticable y pasteurizado que se encapsulaba en una burbuja de revisión irónica del kistch de tercera generación. 

Los analistas extrañarían, para siempre, los lapsos de confrontación y anarquía de los ochenta, amén de los personajes y los hábitos oscuros de personajes de la crisis española como la protagonista de Qué he hecho yo para merecer esto

La miseria humana, la pobreza alcanzaría, de ahora más, un perfil de postal inofensiva del costumbrismo en la filmografía del creador del penacho blanco y los lentes oscuros. 

Tan lejos de la negrura antifranquista de Rafael Azcona y tan cerca del neorrealismo chic de la publicidad del milagro económico, rodaría las andanzas populistas de Raimunda en Volver, sucedida por las introspecciones de cámara de Los abrazos rotos, La piel que habito y Julieta, intercaladas por la gansada de Los amantes pasajeros, cuyo vuelo bajo solo recuerdo por permitirme conocer a Pedro Almódovar en una calle adyacente de la Fontana de Trevi de Roma, cuando el cineasta se encontraba promocionando su aerolínea de cabotaje en la ciudad eterna. 

Dolor y Gloria viene a englobar el devenir accidentado del demiurgo ibérico, desde un título revelador de paradojas y dilemas existenciales. Dato no menor: asistí a una función de preestreno con la presencia del embajador y su delegación en Venezuela, lo cual despierta dudas por el conflicto de interés y la evolución diplomática de un otrora disidente, o al menos, de una figura incómoda para el poder. Hoy venden la imagen “del artista” como artículo de evasión y deleite audiovisual para una audiencia urgida de desahogo, como la de Caracas. 

Las primeras escenas del filme no me quitan el mal sabor de boca. La canción de Rosalia, lavando la ropa alrededor del río, enciende la inquietud por contemplar un arbitrario paisaje de estereotipos del desarrollismo. Causa y provoca caspa la felicidad impostada de la secuencia evocativa del intro, refrescando la memoria herida del atormentado Salvador Mallo, obvio alter ego fellinesco de la propuesta onírica y subjetiva.  

Luego viene una descripción, con voz over incluida, con láminas de presentación de diseño de Power Point, explicando las múltiples enfermedades del protagonista. Tampoco contribuyen a mitigar los daños colaterales del prólogo. La inquietud se prolonga por las siguientes escenas carentes de ritmo de montaje y de interpretación. 

Varías líneas suenan forzadas en boca de los histriones. Pero el efecto de distancia y desprolijidad logra irse depurando y amalgamando, conforme pasan los minutos de exposición de conflicto y definición de los parámetros de la historia. 

La depresión de Salvador, plástica y humana, traduce el declive de la marca Almodóvar, de su movida. Fuma chinos pensando atenuar el dolor. Reconoce una debilidad afectiva y física en el ocaso de su trayectoria. Va anticipando un cierre, un quiebre, una obligación de despedirse y de reconciliarse con su nostalgia. El recuerdo de la madre le brinda paz como el consumo de heroína. En cambio, la vida pública le estimula arcadas, desencuentros y situaciones embarazosas. En la proyección retrospectiva de una de sus primeras películas, la incomunicación provoca una de las conversaciones de sordos, más absurdas de Dolor y Gloria

Los achaques de la edad afectan su libido, su capacidad de socializar. El paciente se recluye en casa, tiendo encuentros esporádicos con ex amantes. Si acaso los besa. El sexo no le apetece como en el despertar de la juventud. La frigidez de Almodóvar es una declaración de principios. 

La comedia acompaña a la tragedia en el resto del metraje, a partir de una dosificación discreta. El último plano desnuda el dispositivo y resignifica el guion de la pieza. El balance es positivo en cuanto permite liberar el bloqueo creativo de Almodóvar, aceptando la inevitable degeneración del concepto de autor. En suma, el ying y el yang de su genio individual y colectivo.  

Comentarios