Jojo Rabbit 
Estados Unidos-Nueva Zelanda-República Checa, 2019, 108′
Dirigida por Taika Waititi.
Con Roman Griffin Davis, Thomasin McKenzie, Scarlett Johansson, Taika Waititi, Sam Rockwell y Rebel Wilson.

¿Podemos reír?

Por Ariel Esteban Ramos

Viajo a Bariloche mañana. ¿Qué programa podría ser más apropiado para discutir algunas ideas sobre una película de nazis? Pero la entrada a esta categoría es un problema, porque a esta altura sucede un poco como con las películas de superhéroes: no porque los teutones sean ni hayan sido jamás unos Übermenschen (que la inocencia les valga), sino porque nos hemos servido de los nazis y sus víctimas para pensar ya un gran espectro de eso que llamamos experiencia humana. Achiquemos un poco el espectro: nazismo y humor. ¿Se puede? ¿Está permitido? 

El inicio nos genera la primera sonrisa culpógena, porque arranca sin anestesia “Komm gib mir deine Hand”, versión en alemán de un gran éxito Beatle. El montaje muestra una posible histeria fan de los famosos encuentros de Núremberg, una secuencia que refiere a aquel famoso US Tour del ‘64 en blanco y negro. Sin trigger warning, estamos ya en esa zona ante la cual tantos millennials tiernitos piden reaseguros y salvataje emocional. Pero somos viejos, así que nos quedamos en la butaca y nos preguntamos: ¿qué función que se le va a dar a esta risa posible sobre el capítulo gordo de la historia del nazismo, una ideología directa e indirectamente responsable de 60 millones de muertos? ¿Será apenas una parodia más de todo lo absurdo que suena esta ideología a los oídos superados del siglo XXI?

Johannes “Jojo” Beltzer es un preadolescente con una Hitlermania que le quita el sueño a su madre, Scarlett Johansson (¡quién pudiera!). Las paredes de su cuarto están tapizadas de las fotos del Führer y su banda, así que el niño va a probar suerte en un campamento del Deutsches Jungvolk (como un prescolar de las juventudes hitlerianas). Lo acompañan sus compinches: el gordito Yorki (Archie Yates, que se comió toda la herencia del humor inglés) y un amigo imaginario: un Hitler clown e infantil, el enano fascista de Jojo proyectado ahí afuera, a la vista de todos. Para colmo de males, un accidente deja postrado al pobre Johannes en su casa, en donde descubre que su madre esconde a una adolescente judía, Elsa, un alter ego de Anna Frank, audaz y aguda. 

Tal vez no sea un exceso calificar a Jojo Rabbit como un capítulo de un Bildungsroman posible. Tiene un metejón importante con su refugiada, a quien interroga sobre los usos de los judíos tratando de confirmar sus prejuicios, un desfile de paparruchadas que tantos europeos creyeron durante siglos. Elsa lo confirma todo con una ironía exagerada, esperando que el niño se ilumine y entienda que esos judíos que imagina no son más reales que su amigo Hitler. Pero Jojo será impermeable hasta encontrarse con lo único que no tiene remedio. Allí deberá enfrentarse al conflicto entre lo que comienza a ver claramente y lo que su Adolf interno, cada vez menos infantil y macanudo, le grita al oído. 

Somos superados, por supuesto, y nos damos cuenta de que cada personaje dice cosas tan ridículas e imposibles como históricamente fidedignas en donde la patria es exactamente todo lo que no es el otro. El efecto, cuando todo esto se expresa con esa absoluta e infantil seriedad deudora de esos mutantes de Wes Anderson, resulta hilarante y a la vez manda a mirarse el ombligo a todos los ridículos o ridiculizables presentes posibles. Será por eso que los fascismos tienen una relación tan complicada con el humor, esa jodida enzima del discurso.

Waititi como actor de su propia película navega sin hundirse entre los Hitlers payasos de Chaplin y Mel Brooks. Tiene una ternura goofy que desarma todo resguardo mental hasta que muestra su propio enano fascista con un trabajo gestual extraordinario. El estándar es alto, sobre todo en un rubro con rivales importantes como el magnífico Oliver Masucci en “Él ha vuelto”, o el patrón oro de Bruno Ganz en “La caída”. Pero reconozcamos lo injusto de la comparación, porque a esta Hitlermovie le preocupan otros problemas.

El primero, si Jojo Rabbit es solamente la última regurgitación de culpa por el Holocausto. No es una película alemana, pero hacer mea culpa por causas ajenas o universalizables es una patología muy extendida. Pero no, al contrario. Si algo grita el guion a viva voz es que separemos la paja del trigo, que en el pueblo alemán de los 30-40 hay de todo, como en Botica. Los von Trapp de buena conciencia existen, hayan votado o no a Hitler, y algunos van por ahí dejando cartelitos para combatir al partido, a riesgo de ser los próximos ahorcados en la plaza del pueblo. ¿Qué hicieron esos?, pregunta Johannes. -Lo que pudieron. Así hay lugar para gestos arriesgados, nobles, heroicos, estúpidos, absurdos, hermosos y hasta algún guiño gay o un grupo Gestapo que coquetea con el slapstick. Todo un carnaval en el que no solamente se trata de esquivar la muerte sino sobre todo de bailar por sobre el sinsentido para no perder no digamos la cordura, sino la humanidad. Un desarmadero de monstruos.

El segundo problema es el del límite: 60 millones de muertos en la segunda guerra mundial ameritan alguna reserva de conciencia. ¿Podemos reír? Me lo respondo con una referencia, El tren de la Vida (de Radu Mihăileanu), en donde una aldea judía francesa entera se compra un tren para un éxodo permanente, haciéndose pasar por un contingente de prisioneros y guardias nazis. Son casi dos horas de humor judío sin respirar, pero se cortan en un segundo cuando algo trae el relato a la realidad. En La vida es bella, el límite claro era el del mundo infantil que debía ser protegido a toda costa. A diferencia de ellas, en Jojo Rabbit hay una propuesta de continuidad, una mélange en donde niños y adultos están expuestos desde el principio al horror naturalizado y anestesiado, en donde la risa y lo aberrante están contenidos en el mismo gesto. Y todo esto lo hace con insolencia y frescura. En este sentido, Waititi logra otra de las formas posibles de ese oxímoron que se demuestra andando: el humor en serio.

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