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#Polémica: Rocanrol Cowboys (a favor)

Por Andrés Brandariz

Argentina, 2021, 102′
Dirigida por PLASTICO

Con Juan Sebastián Gutiérrez, Pablo Sacrófago Cano, Pablo Memi, Roy Quiroga.

Muerte y Resurrección

Nunca confié en el mal
Siempre quise hablar
con Jesucristo.
Él va a vencer igual
y todos van a ir
a recibirlo.

Rocanrol Cowboys abre con una cita de Life, la autobiografía de Keith Richards escrita por James Fox que se publicó en 2010. Su gira solista con los X-pensive Winos lo había traído a la Argentina, donde encontró un furor inusual por los Stones: una especie de beatlemanía congelada. Esta sería la antesala de la primera visita de los Stones a la Argentina, en el marco de la gira de Voodoo Lounge. Ambas giras tuvieron los mismos teloneros: Ratones Paranoicos. Lo siguiente que vemos es a un tipo con el culo al aire, contorsionándose como un Jagger más endemoniado, transpirado y visceral, al calor de las masas y de ese sincopado irresistible de la guitarra eléctrica, tan stoniano y propio. Ese tipo con el culo al aire es Juanse.

Si comparamos Rocanrol Cowboys con Rompan Todo -la miniserie sobre la historia del rock en Latinoamérica producida por Gustavo Santaolalla, que se estrenó con muy pocos días de diferencia- podemos establecer que existen por lo menos dos maneras de contar una historia oficial. Una es el relato histórico, en forma de saga, que implica una selección más o menos arbitraria de qué es importante y qué no (lo cual ha originado una cantidad de memes alucinante con respecto al alto grado de relevancia que Santolalla parece haber tenido en este escenario). Una idea de evolución, según la cual el rock sería un concepto que progresa en alguna dirección. La otra posibilidad es la película tributo, que es la abierta intención de Rocanrol Cowboys en su breve duración. Movilizada por el amor y no por el deseo de establecer una historia oficial (aunque lo sea: Popart figura entre los productores de la película). Una historia necesariamente sesgada, fragmentada (lo cual señalan los reiterados cortes a negro seguidos de la mira rainbow). La ventana al backstage antes que el comunicado de prensa. “Esto no quiero que lo vea nadie, porque es para mí nomás”, dice Juanse en uno de los fragmentos que lo muestra en el estudio, errático y delirante, a años luz de cualquier rockero aplomado, comprometido y sensible de Rompan Todo

Si algo viene a establecer Rocanrol Cowboys, con su uso casi exclusivo de material de archivo y su ausencia de cabezas parlantes (hay entrevistas pero siempre están en off, puntuando y conectando el archivo), es que el rock and roll no es -sólo- una actitud de protesta. En esta película, el rock and roll es atorrante, nihilista, desubicado. Muy corrido de ese carácter revolucionario en lo político y social que Rompan Todo pretende darle, acaso para mostrar que el rock es bueno. No es que no lo sea, pero conceptualizarlo de esta manera implica meter demasiadas cosas en la bolsa del rock. Y el rock puede ser muchas cosas, pero no es cualquier cosa. En una escena, Juanse define el estilo musical de la banda como algo atemporal, en una escena local dominada por el pop y el new wave (las nuevas olas, en fin…). El rock es eso que no está de moda, que resucita cada tanto y cuya principal característica, por encima de todas, es un ímpetu primal. Es algo que excita, que da ganas de juntarse con un montón de personas a sudar y delirar. Y nada inspira eso tanto como la guitarra de rock and roll. El rock puede ser una actitud, puede ser un modo de vivir pero, ante todo, fue y es un género musical. Un género “crudo”, como se repiten varias veces a la hora de definir a los Ratones. No está domesticado, no es simpático. Y, sobre todo, no está de moda.

El documental establece el encuentro entre los Ratones y los Stones como una de las claves del derrotero de la banda. Pero también piensa en el contexto que le dio lugar: la ilusión de la bonanza menemista alimentada a base de líneas de cocaína. La fantasía primermundista fue la que, de alguna manera, pudo reunir a una banda de pibes de Devoto con una banda de pibes de Londres que habían empezado a tocar veinte años antes.

En la primera mitad del documental, el recorrido de los Ratones está puntuado por los personajes que los van acercando al universo Stone. Primero, el legendario productor Andrew Loog Oldham. Después, la posibilidad de telonear a Richards y después, los shows con Mick Taylor. El nombre de la película se le debe a uno de los testimonios de Oldham, cuando habla de la simbiosis mágica que se genera cuando hay dos guitarras sonando a la vez. Como las de Juanse y Sarcófago Cano, como las de cualquier dupla legendaria de la historia del rock. Al hablar de esta simbiosis, de esta necesaria comunión para que una banda sea algo más que una suma de individualidades, ofrece una pauta de lectura para la segunda mitad, que relata el desmoronamiento de la banda. La ruptura entre estos hombres aferrados entre sí, muertos de hambre por un sueño colectivo tan grande como estar cerca de la banda de rock and roll más grande del mundo. “Nada nos puede salir mal”, aventura Juanse en este punto. Y la verdad es que, a veces, alcanzar un sueño es lo mejor y lo peor que le puede pasar a una banda cuando es, además, un grupo de amigos.

¿Cómo continuar la relación después de un hito tan grande? La película no tiene pruritos al marcar el carácter erráticos de Juanse como motor de las tensiones en la banda. “Si Juanse tuviera un alma pura no estaríamos hablando de él, porque no habría nada que discutir”, dice Oldham, en ese tono de máxima que -muy conscientemente- adopta. En una época de moralismo al mango como ésta, resulta bastante elocuente. Quizás ese sea el mayor mérito de Rocanrol Cowboys, esa renuencia a posicionar al rock -y al rockero- como algo necesariamente noble, como para no sentir pudor de decir que nos gusta. El rock puede ser político pero también es descontrolado, egoísta, inmaduro. “Nadie lo hace como yo”, escribió el mismo Juanse. Una idea complicada cuando el cuerpo ya no es joven y comer ya no es una preocupación.

Como cualquier vínculo sin un proyecto, la banda empieza a trastabillar. Se va Pablo Memi del bajo y entra Fabián vön Quintiero. El éxito de Sigue Girando maquilla un poco la sangría. Vuelve Memi, regraban Los chicos quieren rock veinte años después. ¿Qué hace una pareja cuando está mal? Tratar de recuperar la que la hizo feliz alguna vez. Fallece el padre de Juanse. ¿Hay un signo más claro de que se terminó la adolescencia? Ratones Paranoicos deja de existir.

Es simpática la perspectiva que la película ofrece -en su carácter de biografía oficial- con respecto a la reunión de la banda en 2017. Una reunión en la que no se esconde que el principal incentivo fue económico pero que, a la vez, se plantea como un milagro: un milagro de resurrección. La conversión de Juanse al catolicismo (no tan insólita si hacemos un pequeño rastreo de la lírica de los Ratones) parece renovarlo y hacerlo abandonar sus malas maneras. Quizás sea el síntoma de una generación a la cual el espíritu rebelde y conflcitivo dejó de darle cosas. O que, abrumada por la edad, busca rebelarse desde lugares insólitos. Hay una escena genial en la que Juanse lanza una arenga religiosa en un evento organizado por la UCA, frente al Planetario. Luego de afirmar el milagro de la resurrección (y de que el público haga lo mismo), el cantante hace tronar el riff de Rock del gato. Fervor religioso y groupies calientes: patria stone, no lo entenderías.

El final, con la reunión de los Ratones, tiene una cuota agridulce. Los milagros existen, sobre todo si vienen en forma de cheque. Hay agua bendita en la sala de ensayo pero, lejos de fundamentalismos, hay un grupo de ex amigos que se juntan a tocar rock and roll, como cuando eran chicos y se juntaban a escuchar Sticky Fingers, tratando de sacar los temas de oído. Una banda muy parecida a su público, dice Oldham. Quizás ese sea otro de los hallazgos de este documental. Sus personajes son gente que -lejos de intentar escribir la historia o de darle a su pasión alguna épica ulterior- está dispuesta a dejar de lado sus diferencias para hacer eso que saben hacer como nadie. Un poco como el antihéroe de un spaghetti western (al fin y al cabo, estamos hablando de cowboys): aceptar dinero por ultimar a algún villano puede ser una forma de heroísmo.

“Elegimos cagarnos de risa”, dice Memi, a lo cual Juanse agrega: ” es como un neuropsiquiátrico en el que está todo bien”. El abrazo final entre Sarcófago y Juanse resulta particularmente elocuente para este amasijo de contradicciones que pueden ser el rock y sus personajes: más que ángeles, adictos al público y a la vibración de una guitarra cuando se toca un riff conocido por todos. No son gente fina, tampoco lo peor. El rock puede acercarse a la experiencia religiosa, pero es fundamentalmente un vicio. Un vicio el rock and roll, vicio.

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