rocanrol-cowboys

Tiempo de lectura: 4 minutos#Polémica: Rocanrol Cowboys (en contra)

Por Agustín Campero

Argentina, 2021, 102′
Dirigida por PLASTICO

Con Juan Sebastián Gutiérrez, Pablo Sacrófago Cano, Pablo Memi, Roy Quiroga.

El confeccionista fantasma

En un par de momentos de Rocanrol cowboys se subraya que Juanse es autoritario, que es un obsesivo de lo que concibe o visualiza, que acecha su obra hasta que aparezca, hasta que exista. Se queja Sarco (Pablo Cano, guitarrista de Los Ratones), lo reconoce el propio Juan Sebastián Gutiérrez, lo admite como una virtud. 

Rocanrol cowboys es una obra cuidada que proyecta la imagen que Juanse quiere dar de sí mismo, de su pasado y de su presente, de su máxima creación: Los Ratones Paranoicos. Tiene la forma cuadrada de un rocanrol de los Ratones, con una prolija suciedad, un calculado descuido. Una receta que va más allá de las cantidades de sus ingredientes, la secuencia de su colocación, el punto de cocción. Lo que lo lleva más allá es la consistencia de esa visualización, que se encarna en la cadencia y el ritmo que se presenta en canciones, se proyecta en la imágenes, en la dicción del habla y en la forma de caminar. Un curtido que se dio a lo largo del tiempo y de la experiencia vital, desde los primeros recitales vistos y escuchados y los primeros discos, los posters pegados en las paredes, las radios de fondo, los ídolos de referencia y los ídolos sobre los cuales proyectarse. 

Se nota la tijera en mano recortando un pedazo de cuero siguiendo el trazo en tiza de una silueta diseñada. Ese recorte nos lleva a una película de dos caras. El costo del cálculo y la férrea voluntad hecha relato cinematográfico es que no se descontrola nada, no se condensa ningún momento cercano a la epifanía de una revelación, de algo nuevo no visto o no encontrado. Es imposible que eso no exista en un grupo que se destacó en la tercer o cuarta capa geológica del rock argentino, en el momento de máxima exportación y de aprovechamiento de condiciones presupuestarias irrepetibles antes y después. Mucho menos en un grupo de origen barrial, de recorrida subterránea hasta megaestadios llenos. Y muchísimo menos si lo lidera alguien que se codeó con varias de las máximas estrellas con las que puede soñar un guitarrista de rocanrol de Villa Devoto -de Jagger a Maradona- curtió noches y rincones inaccesibles con los estimulantes más densos, y que un día tuvo una revelación, abandonó las drogas y empezó una experiencia religiosa. 

El sexo, las drogas, los excesos, la pulsión de autodestrucción se insinúan, se mencionan, aparecen en imágenes, pero todo en su medida y armoniosamente. Se da a entender. No se profundizan. No se desarrollan. Eso hubiese sido perfecto si nos conducía al climax de Juanse encontrando a Jesús, potenciando esa veta. También ahí se queda corto. Es nada menos que el fin de una vida y el comienzo de otra. Y aunque fuese la misma vida (y finalmente lo es, mismo cuerpo, mismo corazón, misma cabeza), la vida inscripta y tatuada en un cuerpo y una mente, eso se cuenta en off, un par de imágenes de álbum de recuerdos y el fragmento de un recital de la Universidad Católica. La canilla se cierra. El contraste dentro del recital está muy bien, el salto de una frase religiosa al riff de “Rock del gato” debió haber sido el sentido del final de la película, pero es una pequeña isla vista a lo lejos y más bien no recorrida. Es decir, reconocida como dato pero no desarrollada. Como un ejemplar salvaje visto tras las rejas en un zoológico. ¿No hay nada más que decir, que mostrar, que reflexionar respecto a la metamorfosis de un rockero curtido en los excesos que se convierte en un militante de la religión?

A ese recorte y esa concepción le corresponden ideas en toda la película. La pelea entre Sarco y Juanse se menciona y punto. No se notan tensiones, no va creciendo la intolerancia ni con la historia ni con las anécdotas ni con las imágenes. Es parte de la debilidad del final de la película (el re encuentro y el recital final quedan totalmente fuera de registro, muy por detrás de todas las imágenes y las historias que la preceden) y resulta totalmente anticlimático. 

La mano férrea de Juanse es la que empuña la tiza que dibuja el cuero que luego él mismo recorta. Esa mano y esa tiza también dejan afuera parte de la verdad que hizo que los Ratones sean los Ratones. No se menciona a los Ramones y ellos se proyectaban sobre ese póster. El cuerpo y la cara y los músculos tensos de Juanse no tienen sólo el componente Jagger. Tiene sobre todo a John Lydon de los Sex Pistols, a Iggy Pop. El de Juanse y el de los Ratones era un radar muy abierto y muy afilado. Juanse estuvo en el Luna Park de Adiós Sui Géneris, vio y escuchó todo Spinetta desde Pescado Rabioso para acá. Debe haber tenido un buen recorrido por el under porteño. Todas estas menciones resultan necesarias porque corresponden para terminar de reconocer una cartografía del territorio real único e irrepetible denominado Ratones Paranoicos. Reconocer en Los Ratones Paranoicos sólo a los Rolling Stones no es sólo empobrecedor: también es mentira. Una mentira en detrimento de la historia del grupo y de la riqueza de su música. 

Parte del ocultamiento, de aquello que se esconde debajo de la alfombra, está en la presencia de Andrew Loog Oldham. No fue sólo el productor, llegó hasta ser un integrante de la banda. Mucho hubiese ganado la película si no ocultaba la participación del productor en el recital en el que no pudo cantar por el estado en que estaba. Fue parte de la historia y su posterior devenir. 

Hasta acá escribí sólo de una cara y me falta la otra, la más noble. Pura potencia contada con discreción. Las imágenes de archivo son extraordinarias. La narración va llevando muy bien la película, hasta el re encuentro de la banda. La música suena fuerte y la película permite el placer de que las canciones se extiendan, de que las podamos disfrutar. De que se aprecie su brillo. Parte determinante del suspenso lo pone la disposición de la discografía y la elección del momento de los temas. Aunque todos estamos esperando la transformación de Juanse de rockero a religioso y ese momento está apenas presentado, salvo eso se muestran las distintas metamorfosis, el paso del tiempo y las evoluciones e involuciones. El cambio de músicos que no sabían llevar el ritmo y tocaban desafinado a músicos de síncopas y riffs que tienen la naturaleza de haber estado siempre ahí y que ellos rescataron como pocos. 

La película tiene algo sublime y quizás eso tiene que ver con la mano férrea de Juanse. Tiene estrellas muy potentes, tentaciones de desvíos en el relato que le hubiesen aportado mayor poder anecdótico. Pero hubiese sido otra película, una sobre el rock argentino. Esta película lleva muy bien la idea de Los Ratones Paranoicos como algo atemporal y más aislado que otros grupos. Ahí está Charly García tocando como un músico más. Pappo aparece varias veces, sobre el escenario y en camarines. La película esquiva la tentación y se afirma sobre lo que es: una película sobre la música de Los Ratones Paranoicos. 

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