thedarkandthewicked

Tiempo de lectura: 4 minutos#Polémica: The Dark and the Wicked

Por Varios Autores

The Dark and the Wicked
EEUU, 2020, 95′
Dirigida por Bryan Bertino
Con Marin Ireland, Michael Abbot Jr., Xander Berkeley, Lynn Andrews, Julie Oliver-Touchstone, Michael Zagst.

A FAVOR

Antes que el diablo sepa que estás muerto

Por Andrés Brandariz

But what’s puzzling you

is the nature of my game.

Desde su debut con The Strangers hace ya doce años, el guionista, productor y director Bryan Bertino ha ido construyendo una pequeña pero potente filmografía dentro de los códigos del cine de terror. Su sensibilidad está, sin embargo, en una encrucijada con respecto a las dos tendencias más reconocibles en la actualidad del género. Por un lado, tiene el pulso de un realizador cercano al cine masivo que produce Blumhouse; por el otro, su cuidado estético y su tendencia pesimista lo emparentan con el cine de terror de A24. La productora detrás de The Dark and the Wicked es Unbroken Pictures, que también estuvo detrás de la primera película de Oz Perkins -otro realizador que no parece ajustarse a ninguno de estos parámetros-. En The Dark and the Wicked, una matriz narrativa muy clásica -la invasión demoníaca- termina volviéndose una película casi reflexiva sobre el potencial destructivo del amor cuando las fuerzas del Mal lo usan a su favor.

Tribeca Dark And The Wicked 3 1080P

En esa tensión entre formas masivas y clásicas y formas mas depuradas y “arty” se puede pensar a The Dark and the Wicked. Pero también se la puede pensar como el opuesto complementario de Relic, de Natalie Erika James (otri no-estreno de 2020). En esa película, la inquietante transformación de una mujer mayor (Robyn Nevin) aparecía como una metáfora del deterioro cognitivo, y el conflicto entre la hija (Emily Mortimer) y la nieta (Bella Heathcote) venía a ser el de cualquier grupo familiar que debe decidir internar a una persona mayor. Ahora bien: si en Relic el elemento terrorífico se originaba en los procesos biológicos y en nuestra imposibilidad de controlarlos, en The Dark and the Wicked el terror también se configura -otra vez- como metáfora, aunque en esta ocasión provenga de una amenaza externa que se aprovecha de una situación de vulnerabilidad para apoderarse de las tensiones, culpas y cargos en el interior de una familia. Nuevamente la familia como origen del mal, como supo rezar durante años el terror moderno. Si bien el mal puede estar exteriorizado, la incorporación por la vía de la metáfora hace evidente la introyección.

La estructura de la película juega a despistar y nos introduce en la historia de la mano de una mujer (Julie Oliver-Touchstone) que cuida a su esposo -en aparente estado de coma- a la vez que se encarga de un rancho en algún lugar de Texas. Sus cabras están inquietas por la noche y -si hemos visto alguna película de terror en nuestra vida- sabemos que eso es una señal indiscutible de que algo maligno está presente. Eventualmente, el punto de vista se desplaza al de los hijos (Marin Ireland y Martin Abbot Jr.), que vienen a visitar al padre convaleciente. “Les dije que no vinieran”, les dice la madre, secamente. “Te dije que íbamos a venir”, responde la hija. En esta película, el amor filial es la trampa elegida para caer en los juegos del diablo. Entre ese recorrido por el horror literal del mal y el terror metafórico de la culpa y la ausencia gira el plan de Bertino.

El constante desafío a las advertencias, a los límites, es la herramienta en la que los hermanos se irán enredando en una serie de situaciones que pondrán en juego su temple y hasta su cordura. El final es desesperanzador y, en ese sentido, Bertino no hace concesiones. El amor y la devoción nos pueden traicionar cuando son cooptadas por el Mal. El cariño se vuelve la medida de nuestra desgracia, una trampa que el Diablo sabe usar muy bien. Bertino lo sabe, y nos advierte.

EN CONTRA

Mamarrachito mío

Por Mariano Bizzio

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Desconozco qué cosa pudo haberle pasado a un director tan talentoso como Bryan Bertino como para que toda la pólvora se le haya mojado en tan poco tiempo. Un tipo que supo construir una carrera en torno a climas, decisiones visuales, construcciones elípticas y, fundamentalmente, en torno a la imagen y la confianza de su potencia como tal estrena material en la nueva década como si se tratara no de un experimentado en el género, sino de un novato plagado de todos los ticos necesarios para llamar la atención. Decir sin decir, entonces, es lo que convierte a la película de Bertino en una traición ya dio al género sino a su propia historia. Como si se hubiera olvidado de lo aprendido, como si hubiera decidido reemplazar la indeterminación y la duda material por la metáfora grosera, por las alegorías rampantes.

En esta incursión tan A24 que lo acerca a los directores que odian el terror (Eggers, Aster, Guadagnino, etc) Bertino pone la cámara no donde hay que ponerla sino donde estiliza. Como segundo recorrido no narra personajes sino que narra ideas preconcebidas en donde los personajes son una mera excusa argumental. Tercero, no narra la incomodidad sino que la explicita todo el tiempo, recordándonos que somos limitados y el infortunio de los personajes debe ser designado como síntoma (no habían cerrado el antro del psicoanálisis en el cine?). En definitiva, The Dark and the Wicked no have mas que proseguir con la receta de los desaguisados de los farsantes de turno que revolean planos y trucos previsibles a lo loco, pero que en el fondo parecen detestar cualquier cosa que se asemeje al género que los cobija.

El terror no se merece esta clase de tratos. Nosotros como espectadores tampoco

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