L’île au trésor
Francia, 2018, 97′
Dirigida por Guilaume Brac

El escultor de los kilómetros 
Argentina, 2019, 80′
Dirigida por Mauricio Sallesses

Cierta idea de pueblo 

Por Sebastián Rosal
 

Unos adolescentes, casi niños, intentan entrar en la Ile de Loisirs, un parque público en algún rincón paradisíaco de la región parisina. No tienen previsto pagar la entrada, aunque es posible que tengan el dinero para hacerlo: lo que está en juego es el riesgo, la aventura, la transgresión. Los guardias de seguridad, dos negros de porte imponente, se lo impiden, con firmeza pero con buenos modales, un poco como los padres regañan a sus hijos. Los chicos se van, urden un plan, intentan entrar nuevamente al parque, se divierten, con la distendida seriedad con la que los niños juegan. El sol brilla en el verano francés, el agua del río que deben cruzar a escondidas para poder ingresar centellea, se oyen a lo lejos los gritos de la gente divirtiéndose. El parque es menos un espacio que un período de sus vidas, la materia en la que, sin que ellos lo sepan, se van fraguando los recuerdos felices del futuro; es también el sosiego para los adultos que disfrutan también allí del río, el lago y el bosque, para los jóvenes que juegan sus juegos de seducción, para la autoridades que en las sombras velan porque todo funcione, para convertir en realidad ese sueño leve y dulce que vuelve cada temporada. 

Ese es el mundo de L´Ile au tresor, una serie de viñetas en las que Guilaume Brac actualiza el universo de Robert Louis Stevenson, con su fiebre del verano y su goce en estado natural, una oda “a la infancia eterna”, como anuncia la dedicatoria final. Pero lo hace entendiendo que en la actualidad la aventura se desplaza: ya no hay mares ni islas por descubrir o conquistar, más bien el ocio y las mieles del tiempo quitado a la producción y dado al descanso alojadas en las semanas de vacaciones en las que los trabajadores y los estudiantes disfrutan del parque. Ese hilo, que liga un mundo pretérito con el presente, se despliega para establecer otra conexión decisiva, porque la tradición en la que se asienta este documental ligero y feliz, soleado y suavemente nostálgico es, tal vez, el mayor aporte francés al cine, el sitio insospechado en el que parecen haber encarnado las viejas premisas de la Revolución Francesa de libertad, igualdad y fraternidad: la idea de que es posible un humanismo  hedonista basado en la naturaleza, el sol y el juego, el vértigo del galanteo y los amores de verano. 

La argentina El escultor de los kilómetros, de Mauricio Sallesses, se ubica en las antípodas ya no solo geográficas del paraíso parisino. El barrio de Virrey del Pino, en el interior profundo de La Matanza, aloja también sus trabajadores. Entre ellos se encuentra Moyano. Así, a secas, con el orgullo por la herencia familiar que no es inusual en la gente de provincias. Como a tantos, la esperanza de escapar de un futuro desangelado lo llevó al conurbano; pero a diferencia de otros, Moyano se las arregló para tener una vida que es una y muchas: nacido y criado en el monte tucumano, hijo de un padre asesinado durante su adolescencia, pastor evangelista, guitarrero y, por sobre todo, artista que recicla en esculturas los neumáticos descartados como basura en la zona. Sallesses retrata con empatía hacia su personaje todas esas aristas, pero se detiene en su trabajo minucioso con las gomas. Estatuas de Messi y Pokemon, dinosaurios y loros tropicales se acumulan en el fondo de su casa para luego ser exhibidos al costado de la ruta, a la espera de los ocasionales compradores. No falta algún mecenas intentando hacer de su obra kitsch el raro arte nuevo de algún museo de prestigio. Pero si bien parece haber poco en común entre Moyano y los bañistas franceses, o entre los adolescentes seductores y glamorosos y los vecinos interesados en la escultura de goma de Homero Simpson, algo aparece de manera transversal. Lo que cose ambas películas es cierta idea de pueblo y de felicidad posible, una visión que sabe alejarse de cualquier atisbo de miserabilismo o de falsa compasión; que reconoce que esa sencillez en absoluto está exenta de alguna impensada forma de sofisticación; y que entiende el valor de pertenencia a la clase trabajadora, al pueblo (esos conceptos cooptados por discursos que suelen someterlos cuando dicen defenderlos) es capaz de resistir con un secreto e impensado orgullo, ligado a ciertas formas de placer como antídoto frente a los malos presagios que insisten desde unos y otros lados. Con el mismo optimismo a toda prueba de Moyano, no es poco recordar que el cine aún puede hacer posible desmarcarse de ese batifondo persistente.

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