Los hedonistas
China, 2017, 26′
Dirigida por Jian Zhangke
Con Liang Jingdong , Han Sanming , Yuan Wenqian

De China con humor

Por Sebastián Rosal

Aún cuando el siglo XXI esté bien avanzado, y las redes sociales y toda la parafernalia asociada a las nuevas tecnologías hayan creado la ilusión de una aldea global o de alguna de esas imágenes análogas que ya forman un lugar común en el imaginario público, pocas cosas siguen resultando tan misteriosas para Occidente como China, ese Otro al que se sabe siempre allí desde el fondo de los tiempos, impertérrito, aunque sin terminar de poder cartografiarlo con precisión. El enigma se agiganta porque viene asociado a un nuevo y poco disimulado resquemor, dado porque hacen ya varios años que de forma no tan silenciosa pero persistente los chinos parecen avanzar incontenibles hacia el dominio de la economía mundial. Las ficciones y documentales de Jia Zhangke han sido siempre, desde su soberbia Platform para acá, una radiografía precisa de aquel país, una de las pocas ventanas por fuera del férreo control oficial (otro ejemplo notable son las películas de Wang Bing) desde la cual asomarse a ese universo inaccesible y elefantiásico, con el foco puesto, de manera casi obsesiva, en las transformaciones que se están operando con el paso vertiginoso desde el comunismo de Mao y su Revolución Cultural a la nueva economía de mercado, o en todo caso a esa mezcla en la que conviven un desenfrenado laissez faire económico con el inquebrantable control por parte de la casta del Partido de todos los mecanismos de la vida social, con su estela de habituales privilegiados por un lado y una masa descomunal de desplazados por el otro. El desplazamiento al que Jia observa con mirada de entomólogo excede las condiciones sociales y laborales para expandirse a las aceleradísimas transformaciones culturales que los nuevos tiempos trajeron, a ese sincretismo desordenado, tan fascinante como espurio, en el que conviven tradiciones locales con celulares de última generación, fast food chatarra y Torres Eiffel de cotillón, como quedara evidenciado en The World, otro momento cumbre en su filmografía.

A simple vista The hedonists podría verse como un divertimento menor en la carrera del director, por su brevedad y porque por primera vez utiliza la comedia como medio para instalarse en ese mundo que conoce a la perfección, un mundo que se encuentra ingresando aceleradamente en la modernidad aunque no parece saber muy bien cómo manejar sus consecuencias. Una enorme mina a manos del Estado debe cerrar sus puertas, porque importar el carbón sale mucho más barato que extraerlo. Los tres hedonistas del título son en realidad obreros de la mina, esa mano de obra sin ninguna calificación llegada desde las profundidades de la China rural y explotada, en aras de la construcción del socialismo, con una fruición digna del Manchester dieciochesco. Difícil creer que haya “un montón de oportunidades ahí afuera”, o que de haberlas sean interesantes, tal como el burócrata gerente les asegura, pero ante la situación impuesta los tres amigos no tienen más remedio que salir al mundo e intentar conseguir un nuevo trabajo que les permita subsistir, con una sonrisa permanente en la cara y buscando placer allí donde no parece haberlo en absoluto, para honrar el título de la película. Hasta ese momento, nada indica el tono zumbón y satírico que las cosas tomarán de allí en adelante, más bien parece tratarse de un eslabón más en su serie de retratos certeros de la realidad, aunque esta vez la manera resulte algo maniquea en la presentación de sus personajes y un tanto abrupta en relación a su habitual paciencia para plantear las situaciones. Pero a partir de allí la necesidad de los hedonistas por encontrar trabajo se articula en una serie de viñetas, de episodios siempre corrosivos aunque más o menos felices según el caso, más o menos efectivos en su comicidad, desde la obviedad bastante burda en la escena en la que el propio Jia interpreta a uno de estos nuevos ricos de Beijing o Shanghai con ínfulas de pequeños déspotas, hasta el cierre en el que de manera mucho más inteligente la acción se instala en uno de esos parques temáticos que mezclan aldeas reconstruidas e historias de dinastías milenarias con atracciones al estilo Disney.

Menos de media hora de The hedonists alcanzan sin embargo para ver que las preocupaciones temáticas permanecen en el cine de Jia, tanto como el respeto por sus perpetuos perdedores y su dignidad constante, pero también que algo parece haber mutado, y tal vez definitivamente, desde sus films iniciales a sus últimas producciones, tal vez desde A touch of sin en adelante. Precisas, despojadas casi hasta el minimalismo, aquellas primeras películas eran capaces de registrar el cambio y sus consecuencias, y de encontrar para ello una forma que era capaz de fluir sigilosamente, que parecía tener algo de casual, capaz de conmover en su despojo. La troupe de actores que recorrían en su camión desvencijado las pequeñas aldeas del interior en Platform, los elegantes paseos en moto del protagonista de Still life, el trabajo del sastre de pueblo en Useless, por poner algunos ejemplos, eran capaces de hablar por sí mismos desde la (aparente) sencillez de su planteo. Aquí, continuando de alguna manera lo que ya se había insinuado en Mountains may depart, su último largometraje (en especial en el segmento final, con la acción desarrollándose en Australia), todo se ve en exceso lustroso, sofisticado, basta ver cómo el uso y abuso del dron en casi la totalidad de las escenas deriva en movimientos de cámara que parecen no tener otro fin que el mero virtuosismo, que un formalismo que más de una vez tiene algo de vacío, de giro en falso. El brillo en la superficie parece ser la consecuencia de mayores recursos, de presupuestos más generosos, de otras posibilidades para su cine. No tiene que ser necesariamente mala esa situación, pero es como si Jia hubiera empezado a desconfiar de la belleza de lo simple que siempre supo hallar en toda su obra para reemplazarla por una ampulosidad que parece ser signo de los nuevos tiempos. Lo que se avecina bien puede ser una encrucijada en la que se abre un enorme signo de pregunta. En tal caso, su futuro es igual de incierto que el de esa China a la que sus películas vuelven una y otra vez.

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