Transit
Alemania, 2018, 101′
Dirigida por Christian Petzold
Con Franz Rogowski, Paula Beer, Godehard Giese, Lilien Batman, Maryam Zaree, Barbara Auer, Matthias Brandt, Sebastian Hülk, Emilie de Preissac, Antoine Oppenheim, Louison Tresallet, Àlex Brendemühl

Tradiciones, transgresiones y tránsitos

Por Hernán Schell

En Notorious, Alfred Hitchcock construía una historia de amor y espionaje poniendo como contexto al mundo post Segunda Guerra Mundial. Era una película pasional y no exenta de perversión, pero también un largometraje que parecía estar poniendo todos los conflictos internacionales y tragedias posibles (desde el nazismo, pasando por las nuevas tecnologías armamentísticas y las burocracias de las más altas esferas de poder) como excusa para contar la historia de un trío amoroso. Décadas después, un admirador de Hitchcock como Francois Truffaut hacía algo similar en El último subte: construir una historia de amores y desencuentros poniendo como escenario el contexto de la Francia de la época de la resistencia. No se trata de que estas no tuvieran un discurso sobre esos temas, sino que lo que se notaba era que les importaba más las historias intimistas que cualquier conflicto internacional o histórico, y en el caso de Truffaut esto se develaba con una película que cerraba sus planos sobre sus personajes, y que casi nunca nos mostraba un plano general que nos avisara de la época en la que transcurría su relato o necesitaba mostrarnos esvástica alguna.

A Petzold, se nota, le gustan Hitchcock y Truffaut. Y es posible que Transit sea un poco una conjunción de las dos cosas. Su trama es compleja: en un tiempo de una Europa convulsionada y llena de persecuciones, un hombre huye de Alemania como un prófugo hacia Francia tomando por cuestiones de supervivencia la identidad de un escritor muerto. Cuando llega a Francia se enamora de una mujer, que es curiosamente la propia esposa del muerto, a la espera de un marido que nunca va a llegar. No es la única espera que habrá en la película, ya que en alguna medida todos en la película están esperando algo, mayormente tener la posibilidad de ir de Marsella a otra parte (México por ejemplo) para huir de toda esa pesadilla.

Si uno la piensa, la trama recuerda en algo a Vértigo en esta idea de la relación con los difuntos y también de la idealización y enamoramiento de ellos; incluso hay un plano, que alude seguramente a la canónica película de Hitchcock, en la cual un hombre ve el cadáver de una persona que acaba de suicidarse tirándose desde las alturas. Y sin embargo, a diferencia de Hitchcock, acá no hay momentos espectaculares o catárticos, o siquiera demostraciones fuertes de afecto.

Por el contrario, parte de la tensión pero también desesperación de Transit reside en que sus personajes pueden tener grandes pasiones, pero nunca pueden demostrarlas. A lo sumo, lo que pueden es demostrarlas a medias. De ahí que sean claves las miradas discretas de un personaje que rara vez mira a la cara y que parece tener muchas veces en su rostro una expresión de furia o un gesto de afecto a punto de manifestarse.

Si en algún punto la película desespera, es porque estas cosas nunca se manifiestan. Hay muchos secretos y muchas vergüenzas en Transit, también mucha presencia de miedo por parte de gente que tiene que pasar lo más desapercibida posible en un lugar que justamente y tal como lo indica el título, debe ser de tránsito.

Por estas características es que es clave en el film de Petzold uno de sus rasgos más originales: el hecho de ser una película que adapta una novela que transcurre en la época de Francia ocupada por los nazis al tiempo presente. De este modo, la película siempre está generando esta sensación rara de estar viendo una suerte de anacronismo constante, donde una Europa afectada por un movimiento tan parecido a aquel que destrozó el continente en la década del 30 y 40 se encuentra en una película con celulares y autos de estos tiempos.

Hay tres razones posibles para hacer esto. La primera puede ser cinéfila, y tiene que ver con las influencias de Truffaut y Hitchcock que se mencionaron en el primer párrafo. Después de todo, si a estos realizadores siempre les importó más las historias personales que las cuestiones históricas al punto tal de anteponer relatos de pasiones amorosas a cuestiones como el nazismo, ¿por qué no lo iba a hacer Petzold? Sacarse de encima la reconstrucción histórica es un poco eso: decir que se privilegia más los sentimientos que cualquier otra cosa.

La segunda puede ser política. Pensar una historia de la Francia ocupada por los nazis en un contexto de la Europa presente es pensar que hay gente que está viviendo como los franceses de ese tiempo, y ante esto la figura de los refugiados europeos es lo primero que a uno se le viene a la cabeza.

La tercera tiene que ver con la característica misma de sus personajes. Transit es, después de todo y como se dijo, una película con personajes que están en un estadio intermedio: con sentimientos que no terminan de expresarse, con un espacio en el que están y no están al mismo tiempo, la característica anacrónica de esta suerte de Europa de los 40 en una historia que parece transcurrir hoy es una forma perfecta de representar esta situación indefinida en la que ellos están. Esto no es otra cosa que un código clásico del melodrama, en donde la puesta en escena era ante todo una expresión cabal de un estado sentimental. Y la característica principal de Transit es descubrir que a veces no hay sentimiento más desesperante que el que se reprime, ni melodramas más conmovedores que aquellos que en vez de gritar, se deciden por la más triste de las implosiones.

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